
El próximo año el Gobierno continuará buscando rédito político instigando el encono entre españoles. Cien actos programados para recordar un pasado que creíamos haber dejado atrás. "¿Cómo podríamos reconciliarnos los que nos habíamos estado matando los unos a los otros, si no borrábamos ese pasado de una vez para siempre?", se preguntaba el diputado Marcelino Camacho en el debate sobre la Ley de Amnistía en octubre de 1977. El cincuentenario de la muerte de Franco es una nueva oportunidad para que los propagandistas de La Moncloa sigan removiendo muertos. "Nosotros, precisamente, los comunistas, hemos enterrado nuestros muertos y nuestros rencores", afirmaba Camacho. El secretario general de CCOO pasó en prisiones y campos de concentración cerca de 14 años.
La tercera edición del Día de Recuerdo y Homenaje a unas víctimas y desprecio a otras ("como vivas permanentemente recordando no saldrás del rencor", le dice Andrés Trapiello a su entrevistador Jorge Bustos) se celebró el pasado 10 de diciembre. El presidente Sánchez se sinceró, y pensando en sus negocios con los herederos de ETA, les dijo a los asistentes que "no hay concordia cuando se pactan leyes con los enemigos de la libertad y la igualdad". Acto seguido anunció la creación de un comisionado especial y "un comité científico formado por expertos de reconocido prestigio". Los dirigentes del PSOE, que no pasan de antifranquistas de guardarropía, sueñan con provocar la ruptura democrática que su inexistente partido fue incapaz de forzar en 1975.
"No te lo perdono", le largó un Sánchez flojo de remos a Felipe VI en Paiporta. Es algo más que la rabieta de un cagueta ensoberbecido. Es el anuncio de una amenaza cada día más cierta: socialistas y comunistas están emperrados en arramplar con la monarquía heredera de Franco. "¡No al rey impuesto!", titulaba Mundo Obrero el 25 de noviembre de 1975. Los actos que se organicen el próximo año serán un ensayo del argumentario. Cuentan con la colaboración de una derecha auténtica que ya pidió la cabeza del rey por firmar la Ley de Amnistía.
Ese comisionado especial y sus científicos de reconocido prestigio deberían resolver sobre unos muertos muy incomodos. Qué hacer con los dirigentes del PCE asesinados por su Partido durante el franquismo. Qué hacer con los que pidieron el asesinato de sus camaradas, con los que lo autorizaron y con aquellos que ejecutaron la sentencia. ¿Merecen reconocimiento esos antifranquistas que fueron víctimas del comunismo? ¿Lo merecen sus verdugos?
"Una injuria y un desafío al mundo democrático. Franco ha asesinado a Agustín Zoroa. La humanidad progresiva contestará". El 1 de enero de 1948, Mundo Obrero, el semanario que el Partido Comunista de España editaba en el 15 de la rue de Montmartre de Paris, comunicaba que "el héroe de España" había sido fusilado. El presidente Sánchez no habrá oído hablar de este miembro del Comité Central del PCE. Y, pese a ser una dirigente comunista, la vicepresidenta Yolanda Díaz posiblemente tampoco. Pero lo que sí es seguro es que ambos le considerarían merecedor de reconocimiento y reparación por ser una víctima de la dictadura. Fue verdugo de los suyos antes que víctima. Pero ¿importa eso a estos farsantes?
En mayo de 1945, Darío —nombre de guerra de Agustín Zoroa— envió un informe a Santiago Carrillo pidiendo el asesinato de un miembro de la dirección del PCE que se encontraba en Madrid: "el hombre orquesta —así se refiere a Gabriel León Trilla— aparte de ser un provocador por sus métodos de trabajo, sería bueno matarlo para evitar la caída de otros camaradas" (Carta de Darío a Santiago, mayo de 1945. Informe sobre camaradas, Jacques 33. AHCCPCE). Trilla no era un militante cualquiera, fue uno de los fundadores del PCE en 1920. Volvió clandestinamente a España en 1944 por orden de la dirección. Carrillo, instalado en Francia, aprobó su ejecución. Una persona de confianza de Trilla, la comunista Ángeles Agulló, organiza la celada. Le cita el 6 de septiembre de 1945 en la salida de Altamirano —en la estación de Metro de Arguelles—. Caminan de noche hacia el encuentro con sus ejecutores. Estos, los comunistas Carranque y Olmedo, lo conducen a punta de pistola hasta el Campo de las Calaveras —el actual Estadio Vallehermoso—. Le asestaron varias puñaladas mortales. Desnudo y tirado en el suelo, ensangrentado, simularon un ajuste entre homosexuales.
En la presentación de Miseria, grandeza y agonía del PCE —celebrada en el Círculo de Bellas Artes de Madrid el 24 de octubre de 2017— Gregorio Morán, miembro del PCE hasta meses antes de su legalización, rememoraba cuando, rebuscando en el Archivo del Comité Central, encontró el cable que Santiago Carrillo envió a Dolores Ibárruri "desde Toulouse o París, no recuerdo ahora, se lo manda a Moscú, y le dice que el asunto Trilla se ha acabado, se ha terminado".
La comunista Ángeles Agulló participa en el asesinato de otro camarada —el 15 de octubre de 1945, también en Madrid— y acaba siendo condenada por aquellos que la mandaron traicionar a los suyos. Zoroa, el que pidió el asesinato de Trilla, recibe en Francia la orden de la dirección del PCE. De vuelta en España supervisa la ejecución. Fue el 27 de marzo de 1946 en Valencia. Ángeles sabía demasiado.
¿Propondrá el Gobierno que se le conceda una Declaración de reconocimiento y reparación personal al "héroe" Agustín Zoroa? ¿La recogerá en su nombre Enrique de Santiago, secretario general del PCE y diputado de Sumar? "Ya es hora de que hablen los muertos comunistas, no sólo sus asesinos", reclamaba Jorge Semprún en 1980.