
Por qué negar lo evidente. Esa es la cuestión intrigante en el asunto de los mensajes que envió el fiscal general para conseguir datos confidenciales con los que contraatacar a la presidenta de Madrid y "ganar el relato". O, dicho con las palabras del director de gabinete del dimitido Lobato, para generar "máximo ruido y jaleo" a fin de "tapar" situaciones políticas de riesgo. Aunque la cuestión ya no tiene por único gran protagonista al imputado García Ortiz, sombra de sombras. Quien ha asumido en primera persona la responsabilidad de negar lo evidente es, nada menos, que el presidente del Gobierno. Negar la evidencia en este caso particular y peculiar significa subir un peldaño en la escalera de falsedades y entrar en el cavernoso aposento de la mentira desnuda. Aunque es difícil asegurarlo, probablemente nunca antes se había comprometido tanto Sánchez contra la verdad.
Y con mayor peligro. Se lanzó en picado el otro día desde Bruselas con esto: "Horas y horas de tertulias, ríos de tinta en los medios conservadores diciendo que el fiscal general tenía que dimitir y resulta que hoy en el informe de la UCO se dice que no hay ningún mensaje que pruebe esa acusación de tan grave". De modo que el paracaídas con el que se lanza a asegurar que no hay pruebas es el resultado de "cero mensajes" que encontró la UCO en el móvil del fiscal entre el 8 y el 14 de marzo. Mira tú, siete días sin un maldito mensaje de WhatsApp, ¡quién los pillara! Y tanto. Ese "cero mensajes" sólo puede ser el fruto de un borrado de mensajes practicado en el móvil del fiscal. Lo es, entre otras cosas, porque se tiene constancia de mensajes suyos en los móviles de algunos de sus interlocutores esa semana del "cero". Sánchez finge ignorarlo —tiene que ser fingida esa ignorancia— y dobla la apuesta: "La pregunta es quién va a pedir disculpas". Hombre. El fiscal es quien tiene que pedirlas por el borrado de mensajes que iban a ser objeto de investigación.
No llegará con las disculpas. Se llama borrar pruebas. Como apuntaba el notario y expresidente de Hay Derecho, Ignacio Gomá Lanzón, en su cuenta de X, se perfilan "nuevas tendencias en el Derecho Penal: si se ha limpiado la escena del crimen, el acusado es inocente y automáticamente hay que pedirle perdón". El periodista David Alandete, un día antes, anotaba lo siguiente: "En 1974, Nixon tuvo que dar unas cintas. Había borrado varios minutos. La noticia era el borrado [ponía una foto de la portada del New York Times con la noticia]. Pero viendo la calidad de cierto periodismo español, la noticia hubiera sido: El FBI no encuentra grabaciones sobre el Watergate en las cintas de Nixon". Ni una prueba contra Nixon en las cintas borradas. Quién lo podía imaginar.
Nixon sólo se libró del impeachment porque dimitió antes. Sánchez se siente lo suficientemente a salvo como para proclamar que el equivalente de las cintas borradas, los "cero mensajes", son la prueba incontestable de la inocencia del fiscal: ¿Que si le apoyo? ¿Después del informe de la UCO? ¡Doble apoyo y más! Así acaba el año. Con la mentira fácil y la sonrisa forzada. Pero volvamos a la cuestión. Qué le costaba ampararse en la ambigüedad. Decir algo que no le comprometa, tipo: está bajo investigación judicial, ya se verá, yo mantengo la presunción de inocencia. Pero no. La mentira desnuda. ¿Cuál es el móvil? Y no hablo del dispositivo, del terminal. En el caso del fiscal, la cuestión se ve más clara. No tiene mucho sentido que borrara los mensajes que ya se conocen. Lo que tiene sentido es que borrara mensajes que no se conocen. De interlocutores que aún no están bajo el foco de la investigación. El objetivo del borrado sería, entonces, proteger a esos interlocutores para que no salgan a la luz. ¿Fue uno de ellos el presidente del Gobierno? Su negación radical y temeraria de la evidencia incita a pensar que está como estuvo Nixon, borrando cintas (hoy mensajes) para protegerse.