
En contra de lo que asegura la peña ultraizquierdista empotrada en el Gobierno, la exigencia de resultados como requisito para el otorgamiento de las becas de estudios es precisamente lo que beneficia a las clases menos pudientes, para que sus hijos con talento y capacidad de sacrificio puedan llegar a los puestos más altos del mundo académico y profesional. Por el contrario, repartir becas a todo el mundo únicamente en función de la renta convertiría este sistema de apoyo al estudio en una ayuda social más, que perpetúa las desigualdades y desincentiva a los que poseen talento, inteligencia y capacidad de esfuerzo.
Las becas al estudio no son un derecho irrestricto, como pontifica la izquierducha. En realidad, una beca es un contrato por el cual todos los ciudadanos ayudamos a los mejores estudiantes con pocos recursos a completar un recorrido de excelencia en su formación académica. A cambio, el alumno tiene que demostrar con resultados que es merecedor de ese dinero. Si esa segunda parte no se cumple, el contrato se disuelve sin más.
El sistema de becas no es democrático, sino meritocrático, que es cuando estas ayudas cobran todo el sentido. Becar a burros y gandules es tirar un dinero que puede aprovechar mucho mejor la élite de estudiantes brillantes procedentes de familias desfavorecidas, los únicos que deberían tener acceso a estas ayudas públicas. En todo caso, el listón para mantener las becas está tan bajo que hay que ser muy perro para no cumplir el requisito y quedarse fuera del reparto. Hablamos, además, del país con un sistema educativo público que figura a la cola del mundo occidental año tras año. En ese contexto, aprobar el 40% de las asignaturas y créditos anuales para disfrutar de una educación universitaria gratuita no es precisamente el decimotercer trabajo de Hércules, como sugieren los podemitas cuando se refieren a este asunto.
Hay que reformar el sistema de becas pero, como siempre, en sentido exactamente contrario al que pregona la extrema izquierda: introduciendo una mayor exigencia académica a los becados a los que, en función de su situación económica, se les podría financiar incluso el coste de oportunidad de sus familias, que se ven privadas del sueldo de uno de sus hijos durante los cinco años que duran los estudios universitarios. Es la única manera de que la educación sea un ascensor social, para los hijos de las familias que no pueden pagarse colegios privados y estudios de posgrado en internados de lujo, que es de donde proviene la gran mayoría de los podemitas, empeñados ahora en destrozar las posibilidades de prosperar de los que ya no les apoyan, a ver si pueden rapiñar algún voto más.