
Yo sí creo en el cambio climático. Para ser más precisos: creo que no hay mucho en lo que creer, que estamos ante una evidencia. El planeta ruge. Los elementos se desmadran. Las cuatro estaciones de Vivaldi pertenecen al pasado. De sequía en DANA, de tsunami en incendios de Los Ángeles, de olas de frío en olas de calor, es difícil negar que tenemos la Naturaleza cada vez más polarizada, como la política. Es muy posible que haya una relación más directa de lo que parece entre lo uno y lo otro.
Reconocer que un problema existe no es incompatible con discutir la solución que algunos proponen. No digamos sus pretensiones de ser los propietarios ideológicos del problema. Se puede admitir que la violencia de género existe y pensar que Irene Montero la ha empeorado creando una bien engrasada y subvencionada industria de rentabilización de la victimización. Se puede estar de acuerdo con que tenemos un problema con la inmigración irregular y no "comprar" la xenofobia como mal menor. Puedes constatar el cambio climático y desconfiar del ecopostureo.
Robert Graves, el célebre autor de Yo, Claudio, escribió otra obra, menos conocida por el gran público, pero celebrada por los eruditos como trascendental, titulada La Diosa blanca. Es una especie de tratado alucinante que busca las raíces de toda la lírica occidental en el matriarcado perdido. La tesis viene a ser que hubo un tiempo en que la divinidad fue femenina, la poesía fue sacerdotal, no ornamental, y la Humanidad vivía acompasada con los ritmos de la Naturaleza y de la tierra. Luego vinieron el patriarcado, la sociedad industrial y el lío. Desde luego no se puede tomar como referente científico a Robert Graves, menos cuando escribe en estado de trance. Pero interesa saber que La Diosa blanca se gesta cuando su autor ha dado portazo a la Gran Bretaña donde nació para instalarse en una casita en Mallorca donde presumía de levantarse con las gallinas, acostarse con la caída del sol y comer las verduras de su huerto. Digamos que había cierta coherencia entre vida y obra.
Yo me fío más de Robert Graves que de Greta Thunberg. Seguramente el cambio climático empezó cuando la Humanidad, que para variar consideraremos unisex —dejemos descansar un momento el Barça-Madrid entre matriarcado y patriarcado— se apartó de un modelo de vida horaciano para lanzarse al progreso al galope. El progreso se paga. No hay más sin menos. Cuando el hombre blanco coloniza América, tanto la del Norte como la del Sur, se impone porque en ambos hemisferios la idea de progreso es más sugestiva y potente que la de equilibrio natural. La cultura más ambiciosa y depredadora es la que prevalece siempre. Por un tiempo. Con sus pros y sus contras. Sin eso no tendríamos electricidad ni agua corriente ni vacunas, nos seguiríamos muriendo de enfermedades que ahora se curan, no pasaríamos de los 40 años de vida, desconoceríamos la alfabetización universal, la imprenta, etc. Por las mismas, hemos conocido la contaminación, la especulación, la trata de personas, las guerras. Hemos conocido sobre todo la masificación humana. Somos simplemente demasiados como para pretender que reciclar las basuras o volvernos veganos va a salvar el planeta. El planeta con todos nosotros dentro no da más de sí.
Tampoco sería la primera vez que ocurre, oigan. Aunque nos guste pensar que todos nacimos con Jesucristo, la antigüedad de la vida en la Tierra es abrumadora y ya ha pasado por unas cuantas catarsis. Extinciones de especies. Glaciaciones. Etc. Los defensores de la teoría de Gaia, que tiende a ver el planeta como un organismo vivo, casi autoconsciente, sugieren que este se autorregula, y que se podría estar autorregulando ahora para acabar con la primacía de la especie humana, tan amenazadora para el conjunto. Si "compramos" esa teoría, su corolario lógico es que, si un endurecimiento climático hace definitivamente inviable la vida humana en la Tierra, eso sería una obvia tragedia para nosotros, pero una anécdota para el universo. Después vendría otro tipo de vida y ya está. Siempre he desconfiado del ecologismo androcéntrico. Me parece como poco una contradicción. O eres androcéntrico —y entonces vale todo para defender los intereses de tu especie, y al cuerno el resto— o eres ecológico, y entonces dejas de verte como el Rey de la Creación, cuando bastan cuatro meneos climáticos para borrarte del mapa.
Evidentemente entre ese fatalismo y la ecohisteria habría un punto medio –"sostenible", dirían algunos— consistente en alcanzar un cierto compromiso. Y aquí entran todos esos congresos, simposios y activismos a favor de una "transición ecológica" que haga el tema más razonable y llevadero. El problema, en mi humilde opinión, es que todo esto llega tarde. Muy tarde. Para tener un verdadero impacto, teníamos que haber estado por la labor mucho antes. A estas alturas ya buen remedio no hay. A buenas horas mangas verdes.
Lo cual no es difícil de entender a poco que conozcas cómo funciona la toma de decisiones políticas en todo el mundo. Los gobiernos viven al día. Me imagino a los primeros expertos serios y convincentes sobre el cambio climático llamando educadamente a las puertas de las Administraciones hace mucho, mucho tiempo, y siendo ignorados con la mayor frialdad. Vamos a ver: ¿por qué creen ustedes que el sistema de pensiones pende de un hilo, y que para tapar eso las suben a costa de disparar linealmente e irresponsablemente los impuestos, es decir, de machacar al contribuyente para multiplicar a los dependientes? Quien dice pensionistas dice funcionarios, empleados públicos o cualquiera cuyos ingresos provengan del Estado. ¿Por qué creen ustedes que Muface va a explotar? ¿O que no se hizo nada durante quince años para prever la sequía en Cataluña? ¿Por qué el Plan Hidrológico acabó en un cajón? ¿Por qué hubo que confinar a la gente en casa cuando el Covid? ¿Para evitar los contagios o para ocultar el colapso de un sistema hospitalario claramente desbordado e insuficiente?
Resumiendo: las catástrofes no se encaran hasta que ya las tenemos encima con carácter irrevocable. E incluso entonces sólo se encaran para sacar tajada política, no una verdadera solución. Disfruten del planeta mientras exista o, mejor dicho, mientras existamos nosotros en él. Y mañana será otro día para la eternidad.