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Francamente, Escarlata...

No me cuentes películas. Que no es gente de paz toda la que lo parece.

No me cuentes películas. Que no es gente de paz toda la que lo parece.
Biden | LD/Agencias

Me siento a escribir estas líneas cuando el acuerdo para el alto el fuego en Gaza vuelve a pender de un hilo. No tanto el acuerdo en sí, como su calendario. Las dilaciones de última hora tienen que ver con eso. Probablemente buscan poner a Joe Biden en una situación parecida a la que se encontró Jimmy Carter cuando la crisis de la toma de rehenes en la embajada americana en Teherán le costó la presidencia. Y los rehenes fueron liberados nada más salir él de la Casa Blanca. Una bofetada en su cara y una caricia en la de su sucesor, Ronald Reagan.

¿Se repetirá ahora la historia? Joe Biden y Donald Trump se disputan la "gloria" de la liberación de los rehenes israelíes que siguen en los túneles. Al césar lo que es del césar: la Administración Biden llevaba largos meses encallada con este tema. Con toda su política en Oriente Medio en general. ¿La desencallará Trump y, de ser así, para bien? Veremos. Parece incontestable que el nuevo presidente de Estados Unidos impone más en según qué partes del mundo. Por otro lado, no hace falta ser un genio para mejorar lo que había.

Hablábamos del relevo del recientemente fallecido y hagiográficamente llorado Carter, por Reagan. Para quien haya visto o leído Lo que el viento se llevó, fue como si saliera de la Casa Blanca Ashley Wilkes, el lánguido caballero sureño —como Carter mismo— del que Escarlata O’Hara se pasa toda la película atolondradamente enamorada, para que entrara Rhett Butler, un carácter masculino más práctico, más enérgico, que lleva a su vez toda la película esperando que ella se dé cuenta de que es el mejor. Que no se da cuenta hasta que ya es demasiado tarde.

Mencionaba los orígenes sureños de Carter. Un político rodeado de una tenaz aura angélica. Como si fuera demasiado bueno para ser presidente y sólo como expresidente pudiera explayarse como hombre de paz y campeón de los derechos humanos. Ejem. ¿Qué quiere decir ejem? Pues, sencillamente, que una cosa es la leyenda y otra la realidad.

Como buen "caballero" del Sur, Carter creció en un entorno donde la segregación racial (que los negros no pudieran vivir como los blancos) estaba muy normalizada. Es interesante recordar que era incluso una de las banderas del ahora tan "progre" Partido Demócrata, pero que en origen se fundó para defender los intereses de los terratenientes esclavistas del Sur. Los que perdieron la guerra en Lo que el viento se llevó, pero les costó mucho más que eso cambiar el chip. Los demócratas americanos no se vuelven antirracistas hasta bien entrada la década de los 60. Carter, que fue un presidente de los 70, se cuidó mucho de cortar amarras con la segregación racial hasta tener ya firmemente encarrilada su carrera política.

También fue muy mejorable su gestión de uno de los asuntos más oscuros de la historia americana del siglo XX: la matanza de My Lai en Vietnam. El 16 de marzo de 1968, entre 347 y 504 civiles vietnamitas indefensos fueron asesinados, previa violación en grupo y mutilación salvaje de casi todas las mujeres, niñas y niños, en una aldea tomada por oficiales del ejército americano que se volvieron locos. Fue un tremendo escándalo que llevó a la condena por crímenes de guerra del que mandaba el pelotón de la compañía responsable, el teniente William Caley Jr. Le impusieron la cadena perpetua, pero Richard Nixon se la conmutó por un arresto domiciliario del que sólo cumpliría tres años y medio.

Qué malo era Nixon —que además fue el presidente del Watergate—, ¿verdad? No como el bambi de Carter, casualmente nacido en Georgia, como William Caley Jr. ¿Fue por eso por lo que no se le ocurrió nada mejor que defender a su paisano asesino, animando a sus vecinos y votantes a circular en coche frente a la casa del reo, tocando el cláxon y clamando por su liberación? Todo eso mientras el auténtico héroe de My Lai, otro oficial estadounidense, Hugh Thompson Jr, el que le paró los pies a Caley, alertó a sus superiores de la matanza y puso a salvo a todos los civiles que pudo, caía en el ostracismo más absoluto. A la América profunda, Thompson no le caía bien. A Carter, tampoco.

Seguimos. Carter triunfó con los acuerdos de Oslo, en los que por primera vez la OLP de Arafat reconoció el derecho de Israel a existir. Luego pasó lo que pasó y hemos vuelto a estar en las mismas. Pero la importancia de Oslo es que se realinea todo el tablero diplomático de Oriente Medio. Algo que no habría ocurrido de no ser por un presidente egipcio, Sadat, que tras empezar a ganar, pero acabar perdiendo, la Guerra de Yom Kippur, aceptó un acercamiento a Israel que en realidad era una forma de acercarse a Estados Unidos, huyendo de las zarpas de la Unión Soviética. Golda Meir, entonces primera ministra judía, supo darle la vuelta a las presiones de Kissinger para no imponer a El Cairo una derrota definitiva demasiado humillante, reivindicando un nuevo estatus para su causa y su país. Si les interesa el tema les recomiendo que busquen información sobre Ashraf Marwan, que fue yerno de Nasser, después hombre de confianza de Sadat y probable agente doble del Mossad. Su actuación pudo ser bastante más decisiva que la de Jimmy Carter, que llegó a la hora de las fotos y los cafés.

Veremos qué pasa ahora. A poco que se consume el canje de rehenes israelíes por presos de Hamás, a razón de 30 o incluso 50 de los últimos a cambio de uno solo de los primeros —si eso no es "desproporción", que baje Dios y lo vea…—, sin duda el presidente de Estados Unidos, saliente o entrante, se apuntará un buen tanto. Qué pasará el día después, ya lo veremos. Pero francamente, Escarlata: no me cuentes películas. Que no es gente de paz toda la que lo parece.

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