
Algunos blancos, anglosajones y protestantes (WASP se dice en inglés) nos insultaron llamándonos cerdos (PIGS) cuando la crisis del euro en 2010. Es el acrónimo formado por Portugal, Italia, Grecia y Spain. Hace unos días otro WASP, este con mucho poder, nos calificó de BRICS. Dicen que se hizo un lío con la geopolítica. Aunque los trumpologos diplomados afirman que fue un aviso. Vaya usted a saber.
Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica crearon en 2010 una alianza política y económica: los BRICS. Tres días antes de la investidura, el presidente Trump llamó a Xi Jinping y le invitó personalmente a su toma de posesión. China es, después de Japón, el mayor tenedor de deuda pública de Estados Unidos. En febrero de 2020 Trump visitó la India. El primer ministro Narendra Modi era y es un importante aliado de su Administración. Se comprometieron a fortalecer una Asociación Estratégica Global Integral entre ambos países: "Como líderes de democracias soberanas y vibrantes que reconocen la importancia de la libertad…". Tras la victoria, Modi felicitó a su "amigo" Trump. Es de sobra conocida la fascinación que el jerarca Putin, y en especial su poder absoluto, ejerce sobre el republicano. Visto lo visto, ser un brics no es mala cosa y, además, te tratas de tú a tú con el que manda.
Pero no, España no lo es. No caerá esa breva de poder cantarle las cuarenta a esos WASP engreídos y protestantes. Mientras, la portavoz Alegría, con cara de "alelá", dice que "no somos brics porque no somos emergentes". Efectivamente, son divergentes. Unos catetos con ínfulas.
Aprovechando la invitación a la jura de Trump, unos patriotas europeos, pero de aquí cerca, organizaron un pase privado de Bienvenido, Mister Marshall. Al final no pudo ser. Mientras paseaban por Washington se les ocurrió un eslogan muy original: "¡Hagamos España grande otra vez!" (HEGO). La tropa está un poco despistada porque no precisan en qué momento de nuestra historia sitúan ese "otra vez". ¿La expulsión de los judíos o la de los moriscos? Porque esto va de expulsiones. Seguro que no se refieren a esos años, recientes, en los que centenares de miles de compatriotas emigraron. A Hispanoamérica primero, a Europa después y muchos de ellos ilegalmente.
Entre las Órdenes Ejecutivas que el presidente Trump firmó mientras despachaba con "la canallesca" así como en plan colegas, hay una desconcertante. Es la que instruye al Administrador de la Administración de Servicios Generales a que se promueva "una bella arquitectura cívica federal". En 60 días le tiene que presentar recomendaciones para que "los edificios públicos federales sean visualmente identificables como edificios cívicos y respeten el patrimonio arquitectónico regional, tradicional y clásico, a fin de realzar y embellecer los espacios públicos y ennoblecer a los Estados Unidos". Y lo es, desconcertante, no tanto por su contenido, que también, sino porque refleja esa necesidad de todo el que se cree tocado por los dioses, por intervenir en el espacio público, conformándolo a su gusto. ¿Recibiría Albert Speer alguna carta así?
Me queda la duda del alcance de ese propósito de "embellecer los espacios públicos". Les pongo un ejemplo. La sección 10 de la Orden Ejecutiva Protegiendo al pueblo americano contra la invasión, firmada el 20 de enero, insta al Secretario de Seguridad Nacional para tomar "con prontitud todas las medidas apropiadas y asignará todos los recursos legalmente disponibles o establecerá contratos para construir, operar, controlar o utilizar centros para detener a extranjeros sujetos a deportación". ¿Qué diseño arquitectónico emplearan para ennoblecer los centros de detención de los Estados Unidos? Seguro que al tratarse de extranjeros inadmisibles y removibles (inadmissible and removable aliens) no es necesario que muestren mucho espíritu cívico.
En los EEUU, según datos de 2022, las personas que carecen de estatus legal permanente y se enfrentan a la posibilidad de ser deportadas suman unos 13 millones. Muchos llevan años en esa situación. El Consejo Americano de Inmigración (AIC) elaboró un informe —publicado el pasado mes de octubre— de lo que supondría una deportación masiva para el Gobierno Federal. Los costes —en una estimación conservadora—, serían de al menos 315 mil millones de dólares (302 mil millones de euros. El 20% del PIB español) y no sería posible "sin una detención masiva como medida provisional". Para poner en contexto la escala de la detención de más de 13 millones de inmigrantes indocumentados, la población carcelaria y penitenciaria total de Estados Unidos en 2022 era de 1,9 millones de personas.
Los autores realizan otra estimación: "Arrestar, detener, procesar y deportar a un millón de personas por año". El costo final de una operación tan prolongada sería de un promedio de 88 mil millones de dólares anuales, para un costo total de 967,9 mil millones en el transcurso de más de una década. "Esto requeriría que se construya y mantenga una capacidad de detención del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) 24 veces mayor que la que existe actualmente". El gobierno federal también estaría obligado a establecer y mantener "más de 1.000 nuevos tribunales de inmigración para procesar a las personas a ese ritmo", concluyen.
Recuerdo que Cayetana Álvarez de Toledo afirmó en una entrevista que los demagogos, los populistas, son los que ofrecen "soluciones simples, sencillas a problemas que son complejos, la realidad es compleja".
Este pasado martes, al finalizar el servicio religioso de investidura la reverenda Mariann Budde, obispa episcopal de Washington, le imploró a Trump: "En nombre de nuestro Dios, te pido que tengas misericordia de las personas en nuestro país que ahora están asustadas". El presidente respondió a la salida: "No creo que haya sido un buen servicio. Podrían haberlo hecho mucho mejor". Seguro que si necesita dinero para pagar las deportaciones masivas, su colega Xi Jinping le compra unos miles de millones de deuda. Los brics están para eso.