
Donald Trump ha vuelto a alborotar el gallinero con su propuesta de que un millón y medio de palestinos abandonen la Franja de Gaza, ahora mismo un montón de ruinas inhabitables, para emigrar a Egipto y Jordania. Es interesante estudiar las reacciones que ha suscitado esta propuesta. Sobre todo, si la analizamos con un mínimo contexto histórico.
Nunca nos cansaremos de insistir en que el drama de Oriente Medio es una herencia envenenada de la Gran Bretaña, que a través de dos guerras mundiales jugó al gato y al ratón con árabes y judíos, prometiendo la misma tierra a unos y a otros, estableciendo alianzas contradictorias entre sí. Al fin la ONU toma cartas en el asunto y el 29 de noviembre de 1947 establece la partición del antiguo mandato británico de Palestina en los siguientes términos: un 56% del territorio para el futuro Estado de Israel, un 42% para un Estado árabe, mientras que Jerusalén y Belén tendrían estatus diferenciados. Fíjense en el tiempo que hace que podría estar en marcha la solución de los "dos Estados"… si de verdad se hubiese querido esta solución.
No se había secado la tinta de la resolución de la ONU y cinco potencias árabes ya estaban intentando echar a los judíos "del río al mar". La joya de la Corona de la ofensiva la constituía la Legión Árabe, ejército regular de Transjordania y Jordania mayormente mandado por oficiales británicos. Esto es importante. Londres creía que los árabes acabarían prevaleciendo y el Estado judío sucumbiría antes de nacer. De hecho, no sucumbió de milagro. Imagínense un país que todavía ni existe, que tiene que comprar armas de contrabando en el mercado negro post-Segunda Guerra Mundial, sobre todo, curiosamente, en la entonces Checoslovaquia. En aquellos primeros días, la URSS fue un aliado tácito pero fundamental; algún woke se llevaría sorpresas si estudiara. El cacareado apoyo americano llegó tarde y mal, como casi siempre.
Pero lo que más nos interesa recordar hoy es que en aquel momento nadie hablaba de judíos y palestinos, porque palestinos eran todos los que vivían en Palestina —algo que nunca había sido un país—, y la confrontación era entre judíos y árabes. El rey de Jordania, cuyo reino era mayormente un desierto, ansiaba aquellas tierras. Prueba de ello es que, cuando la guerra árabe-israelí de 1948 no acabó como a algunos les habría gustado, es decir, cuando Israel no sólo resistió, sino que logró anexionarse territorios inicialmente asignados a los árabes, los que no se anexionó no pasaron a llamarse Palestina ni nada parecido. Fueron limpiamente ocupados por las potencias árabes.
En sucesivas guerras, Israel ha ido ganando terreno que la propaganda oficial gusta de llamar "territorios ocupados". No creo que haga falta ser Clausewitz para comprender que, cuando alguien declara una guerra, pueden pasar dos cosas: que la gane o que la pierda. Todo eso tiene consecuencias. Las fronteras de nuestra Europa se han redibujado una y otra vez por este motivo.
¿Liberó Isabel la Católica Granada, o la "ocupó"? No parece muy lógico atacar constantemente un país y, siempre que sale mal, decir que era broma y pretender que las fronteras vuelvan al punto de partida. No digamos si eso pasa en Israel, donde cada intento de "desocupar" territorios conquistados en guerras mayormente defensivas, ojo, se ha saldado con el agrandamiento de las amenazas existenciales para el Estado judío. Desde los túneles del terror de Hamás hasta la indigna connivencia de agencias de la ONU con la industria antisemita de la muerte.
Seamos serios por una vez. Los autoproclamados civiles palestinos son un arma de guerra. Son escudos humanos de organizaciones asesinas que han tomado el relevo de los antiguos ejércitos regulares que, uno tras otro, se estrellaron contra Israel. Ser "palestino", hoy, es no aspirar a otra cosa que a morir matando. El odio antes que la vida. El genocidio judío como razón de ser. Mientras Gaza sea eso y sólo eso, no hay nada que hacer. Va siendo hora de probar otra cosa.
Lo que propone Trump no sería una derrota para el pueblo palestino. Sólo lo sería para aquellos que lo han utilizado y podrido hasta la médula. Si los habitantes de Palestina hubiesen sido una sola vez libres de mirar por su futuro, quizás habrían comprendido hace tiempo que sus mejores opciones pasaban por la convivencia pacífica con Israel o, si eso no es posible, pues sí, con la emigración. Muchos judíos europeos no eran ni querían ser sionistas antes de que Hitler les convenciera de que no tenían otra. A lo mejor algunos "palestinos" deberían empezar a interrogarse sobre por qué su propio experimento sionista siempre sale mal. Y cuántas veces te puedes equivocar de enemigo.