
La reflexión política y la política se empobrecen visiblemente en nuestro país. Frente a cualquier cosa medianamente relevante y, sobre todo, frente a cualquier cosa irrelevante, no hay más que respuestas reactivas y sólo en dos sentidos: o a favor o en contra. Los intentos de explicar y de entender qué ocurre quedan aniquilados por la fuerza de la reacción, nunca mejor dicho. Esa fuerza expulsa, en su fanatismo cognitivo, cualquier aproximación no encuadrada en sus términos. De este modo, no se entenderá qué está pasando, pero a cambio se sabe cuál es la reacción: la actitud que hay que adoptar. Primero, estás a favor o estás en contra. Después, si hace falta, que no suele, se inventa algún por qué.
Este método absurdo, pero eficiente —mínimo esfuerzo— está teniendo como consecuencia actual la incomprensión de un acontecimiento que ha desatado, en España, pasiones contrarias. Contrarias, sí, porque en la política son muchos más los que se pronuncian con excitada indignación contra la segunda presidencia de Donald Trump. Esto, en un país que es, por decisión propia, insignificante en el orden internacional, resulta indiferente. Los hechos seguirán su curso ajenos a las indignaciones políticas españolas. Y las indignaciones españolas seguirán ajenas al curso de los hechos. Pero hay una parte de la política que va a salir perjudicada de la incomprensión. Esa parte es el partido de centroderecha.
Con Trump no van a cambiar las bases del orden internacional. Los Estados Unidos no dejarán de ver como aliados a los que han sido sus aliados ni de considerar adversarios a los que venía considerando adversarios. Cambiará la forma de tratarlos. Trump, como ya mostró en su primera presidencia, cree que ser impredecible es ventajoso y esto amplía el margen de incertidumbre. Sigue la "madman theory", la teoría del loco, como la llamó Nixon, que no siempre funciona, o casi nunca, pero que siempre ha tenido adherentes. Por más que haya interesados en infundir temores a los que desean estar atemorizados, el cambio no está en ese ámbito.
El cambio que representa el segundo Trump es de otro tipo y, para decirlo en corto, es un cambio cultural. Las políticas de identidad, que los progresistas norteamericanos inventaron, adoptaron, exportaron y llevaron a extremos delirantes, se han desacreditado por sí mismas, en su obcecada y forzosa aplicación. Sus armas de choque, la censura y la cancelación, son incompatibles con principios democráticos básicos. Pese a presentarse como un movimiento de abajo-arriba, su gran herramienta ha sido el poder institucional, que no es sólo poder político. Y esto es lo que cambia. Los guardianes de la ortodoxia están perdiendo poder institucional. El cambio no lo traen Trump ni sus MAGA ni Musk; todos ellos llegan porque ese cambio estaba en marcha.
Un partido de derechas español tendría que estar contento y atento frente a un cambio cultural influyente y que casa con su cosmovisión. Pero hay serios —¿o cómicos?— indicios de lo contrario. Indicios como los que acaba de ofrecer el eurodiputado González Pons, que escribe regularmente en la prensa, en un elogio a la obispa episcopaliana que aprovechó un servicio religioso de la inauguración de Trump para censurar al presidente. A lo mejor la modernización del PP consiste en pasar de elogiar a los obispos a elogiar a las obispas. Pero, si la actitud de Pons, tópico truculento tras tópico truculento, es representativa, el cambio cultural que viene y que, en teoría, les conviene, les pasará por delante.