
La relación pública del partido de la oposición con el partido de Puigdemont muestra oscilaciones mareantes. Unas veces, el PP da señales de que mantiene buena sintonía con Junts o de que quiere y puede mantenerla. Otras veces, manifiesta su insalvable distancia con el partido del golpe separatista. Ejemplo de ello es el episodio del decreto ómnibus. El PP pasó de votar con Junts en aparente coalición ad hoc contra una barrabasada más de Sánchez, a criticar duramente que éste cediera ante el partido separatista con el fin de salvar parte del decreto. La crítica del PP apuntaba contra Sánchez, no contra Junts, pero hacía notar lo dañino que era inclinarse ante las exigencias del prófugo. La cuestión, por simplificar mucho, es que hay días en que Junts es, para el PP, relativamente bueno y días en que es condenadamente malo.
Estos bandazos los produce un mar de fondo que mueva la barcaza del PP, bien hacia Junts, bien contra Junts, desde la fallida investidura de Feijóo en 2023, hecho y fracaso que dejó clara la dificultad del partido para gobernar España en las condiciones de fragmentación política, sin los comodines que antes representaban CiU y el PNV. Pero en el mar de fondo se detecta además una corriente de tipo psicológico, que toma cuerpo como un sueño o una ilusión. Es el sueño de que el prófugo ponga fin a una legislatura imposible que Sánchez quiere llevar, eso dice, hasta el mismísimo final y apurando el cáliz hasta las heces. Esta ilusión se ha extendido a un sector de la derecha que hace cábalas sobre la posibilidad de que el de Waterloo pase de las amenazas a los hechos y no ve imposible que haga caer al Gobierno un día de estos.
El sueño de que Junts tumbe a Sánchez se asienta en coincidencias con el PP en asuntos económicos y fiscales, pero elude la confrontación con los grandes obstáculos. Para hacerse una idea de los obstáculos sólo hay que pensar en todo lo que ha tenido que hacer Sánchez, y sigue haciendo, a fin de lograr el apoyo de Junts. Lo que ha hecho Sánchez y con él su partido es pedir perdón por haber evitado el golpe separatista de 2017. Es echar abajo todo lo que se hizo contra el golpe, incluida la condena a los golpistas. Es eliminar los instrumentos legales que existían para hacer frente a un acto ilegal de esas o parecidas características. Es poner en marcha vías para dar satisfacción a las reclamaciones más rupturistas del separatismo. Si, a pesar de este ritual de humillaciones, Sánchez no ha conseguido el apoyo incondicional de Junts, ¿puede creer el PP que el prófugo hará el trabajo sucio de tumbarlo para que llegue Feijóo a la Moncloa sin hacerlo pasar por un calvario parecido? ¿Sólo porque están de acuerdo en quitar tal o cual impuesto?
No sólo es improbable. Es imposible. Aunque el PP pidiera perdón por mandar a la policía para impedir el referéndum ilegal —cosa que Pablo Casado prácticamente hizo—, aunque se humillara como se ha humillado Sánchez, ni por esas harían los de Puigdemont de porteadores del PP en su camino hacia Moncloa. El mundo de ayer, el de aquella CiU, dejó de existir. Y los del prófugo parecen contentos con el tira y afloja que tienen montado con Sánchez. Los socialistas, se recordará, decían no hace mucho que los de Junts no pintaban nada, que eran irrelevantes. Pero para estar muertos, consiguen poner muy nervioso al Gobierno.Y con esto, el prófugo ya tiene cuerda para rato.