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Carmelo Jordá

Universidad pública: ¿tiene Ayuso la culpa?

La izquierda y las universidades públicas han sido, son y serán los principales culpables de su inmenso descrédito.

Ayuso destaca a Madrid y Andalucía como motor económico de España. | LD/ Agencias

Hace una cantidad ya casi insoportable de años estudié Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid y la experiencia fue poco menos que devastadora: la facultad de Ciencias de la Información era un océano de desidia, mediocridad, deshonestidad intelectual, vagancia y desvergüenza de todos los modelos.

No había forma de desprecio por el saber y el trabajo que no encontrase acomodo entre aquellas paredes brutalistas; la falta de seriedad y rigor eran la norma y la calidad educativa una excepción tan difícil de encontrar como una aguja en un millón de pajares. Recuerdo con claridad que solo tuve un profesor excepcional entre los más de treinta que, por lo general, sufrí. Mencionémosle porque lo merece: era Fermín Bouza. Además, otro par de ellos fueron buenos, se tomaban en serio su trabajo y no eran una nulidad intelectual o vagos desvergonzados. Eso fue todo, uno de cada diez y les juro que estoy siendo generoso.

Ya que hemos citado al bueno, recordemos también que el decano y responsable de aquel desastre absoluto era entonces Javier Fernández del Moral, que según leo en la Wikipedia sigue siendo tutor en un máster en la misma facultad. No hace falta que me digan nada sobre el nivel que tendrá ese curso, ya me hago una idea.

Aun así, en aquella época la Complutense tenía más prestigio, al menos en su licenciatura de periodismo, que las universidades privadas, consideradas segundos platos para aquellos a los que no les alcanzaba la nota de Selectividad.

Está claro que parte de esa reputación se debía al desconocimiento total sobre lo que ocurría en aquel antro del no saber, pero con el tiempo las cosas han cambiado mucho: la realidad de la universidad pública española ha transcendido y el hecho de que sus títulos no tienen ningún valor en el mercado de trabajo está en la mente de todos. Tanto es así que las propias universidades han desplegado un universo de másteres con los que sacarle los cuartos a los estudiantes a cambio de unas clases igualmente nefastas y, con suerte, unas prácticas.

Del otro lado, las universidades privadas han seguido un camino opuesto: han mejorado sus planes de estudios, ofrecen un entorno de seriedad intelectual, trabajo y respeto por el estudiante y la materia a estudiar, utilizan mejor sus recursos y, desde luego, son un trampolín real al mercado laboral. También en esto hay excepciones, por supuesto: ahí tienen la que aprobó la tesis fake de Pedro Sánchez, que seguro que tenía eso en la cabeza cuando habló de "chiringuitos".

Pedro Sánchez obvia su pasado como profesor de una universidad privada y dice ahora que son "chiringuitos"

Así las cosas, este curso mi hija ha empezado su propia aventura universitaria y lo ha hecho, por supuesto, en una universidad privada, lo que supone un notable esfuerzo económico –les aseguro que prefería no tener que pagarla y poder irme de vacaciones– para una familia de clase media. Un esfuerzo que aun así hacemos porque valoramos la importancia de la educación, cosa que no ha hecho durante las últimas décadas la universidad pública española, sumergida en sus chanchullos, sus corruptelas y una ausencia atroz de dignidad académica. Por cierto, todo impulsado ferozmente desde una izquierda igualmente corrupta y chanchullera: ahí tienen el máster de Begoña como exquisito ejemplo y resumen de ello.

Una izquierda y una universidad que ahora claman por la decadencia de lo público y el auge de lo privado y señalan a Díaz Ayuso o Juanma Moreno. Mienten: ellos han sido, son y serán los principales culpables de ese inmenso descrédito. Ojalá en el pecado lleven la penitencia y sigan hundiéndola hasta tal punto de que se les acabe el chollo y tengan por fin que ponerse a trabajar.

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