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Emilio Montilla

La prostitución y la hipocresía política

En vez de regularla, aquellos que nos gobiernan pretenden prohibir la prostitución mientras se gastan el dinero público en consumirla y viven de sus beneficios.

José Luis Ábalos, Begoña Gómez y Pedro Sánchez celebran en Ferraz la victoria en las elecciones de abril de 2019. | Europa Press

¿Puede un presidente declararse abolicionista mientras duerme en viviendas pagadas con el dinero de la prostitución? Esta es la gran pregunta que ha estallado esta semana con las revelaciones sobre el suegro de Pedro Sánchez.

Dichos hechos eran sobradamente conocidos entre quienes nos movemos en las redes sociales, pero ha sido Feijóo quien por fin le ha puesto el cascabel al gato.

Como era de esperar, el equipo de opinión sincronizada monclovita ya se ha lanzado a intentar enfangar el debate para que no se hable de lo importante.

Nos argumentan que las saunas gays regentadas por Sabiniano son lugares donde los usuarios practican libremente el sexo y que intentar mezclarlas con la prostitución es claramente homofobia.

Lo que los sincronizados no nos cuentan es que la célebre sauna Adán, cuyo administrador fue durante muchos años el padre de Begoña Gómez, no era un local de sexo sin más: era célebre por ser frecuentado por jóvenes inmigrantes de pocos recursos que ofrecían sus servicios a cambio de un módico precio. Es más, Bobpop, uno de los ídolos de nuestra izquierda cañí, en su novela "Mansos" dice literalmente lo siguiente: "la sauna Adán, donde los chaperos te follan por cuarenta euros". Más explícito, imposible.

No se trata de criminalizar a nadie por acudir a un local de sexo —entre los heterosexuales por ejemplo son cada vez más populares los establecimientos de intercambio de parejas, allá cada uno lo que hace con sus gónadas—, se trata de que, según han puesto de relevancia diferentes medios de comunicación, en ese local en concreto se toleraba e incluso se promovía la prostitución para captar más clientela.

Ironías del destino: Bob Pop, gran vocero de Sánchez, contó en su novela lo que se hacía en la sauna Adán

Sin ir más lejos, Cristina La Veneno afirmó en 2006 en un programa de televisión que un exnovio suyo acudía al programa en busca de dinero, ya que dormía y era chapero en la citada sauna. Es más, el susodicho, el cual responde al nombre de Andrea, ha confirmado en televisión en la tarde del viernes que prestaba sus servicios sexuales en dicho local.

De igual forma, los sincronizados no nos dicen que, según han puesto de relevancia distintos medios, en el mismo edificio en el que se encontraba la sauna había un piso propiedad de Muface que, por algún motivo que desconocemos, tenía alquilado la familia de Begoña Gómez por solo 850€ al mes. Dicho piso fue dividido en 14 habitaciones y en el mismo, supuestamente, también se practicaba de forma continua la prostitución. De igual forma, las mismas fuentes periodísticas afirman que la familia era dueña de un prostíbulo en Segovia donde también hubo notables irregularidades.

Lo que me parece más intolerable de todo esto es que los trabajadores sexuales tengan que sufrir las consecuencias de un presidente que intenta desesperadamente limpiar su imagen.

Los liberales siempre defenderemos que aquellos individuos que libremente lo elijan puedan ofrecer sus servicios sexuales a cambio de una contraprestación económica, ya que el Estado no es quién para restringir la libertad individual siempre y cuando su ejercicio no conculque el derecho de un tercero.

Por el contrario, aborrecemos a aquellos individuos que, como Pedro Sánchez, pretenden utilizar al Estado para imponerles a otros su moral particular. Porque además, en este caso, no es ni siquiera una moral particular auténtica: supuestamente, el presidente no habría tenido ningún problema en beneficiarse del dinero de la prostitución para vivir en casas de lujo mientras los pobres chaperos de la sauna Adán ofrecían sus servicios a cuarenta euros.

La ley que el presidente quiere aprobar es un ataque contra la libertad individual y un acto de suma hipocresía, ya que prácticamente no ha habido solo caso de corrupción desde los años 90 en los que haya estado inmiscuido el PSOE y que no haya estado relacionado con la prostitución.

La prostitución debería ser una actividad regulada, ofreciendo así seguridad jurídica a quienes la practican y suponiendo una fuente de ingresos para el Estado. En cambio, aquellos que nos gobiernan practican un cinismo extremo queriendo prohibirla mientras se gastan el dinero público en consumirla.

Decía Séneca que "la peor esclavitud es la de quienes se creen libres". Pedro Sánchez pretende imponer su falsa moral desde lo alto de un púlpito construido sobre las espaldas de los mismos que ahora quiere criminalizar. Sin embargo, los verdaderos esclavos de esta historia no son los trabajadores sexuales afectados por su ley abolicionista, sino aquellos que lo aplauden, lo jalean y lo acompañan en su infamia.

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