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Madrid

Dumping emocional

Hemos entrado en la parte del año en la que Madrid no es ella sino sus madrileños. Esa fascinación que atiborra de viandantes la Gran Vía en diciembre se torna en rechazo.

Hemos entrado en la parte del año en la que Madrid no es ella sino sus madrileños. Esa fascinación que atiborra de viandantes la Gran Vía en diciembre se torna en rechazo.
Gran Vía | LD/Agencias

Algo deben tener Madrid y sus calores para que yo lo mire y me entren ganas de ser tan desprendido como él —o ella, quién sabe, en esto Madrid se me antoja como el mar— ahora que camino por la vía muerta del verano y me recreo sintiendo, de pronto, espacio por sus avenidas. Madrid en agosto es un deleite perpetuo de asientos libres en el metro; de incontables huecos en los que aparcar —aunque yo no tenga coche con el que hacerlo—; de mesas sin colas en las terrazas; de una fina y nobilísima soledad; de parques que se agitan si los miras; de fuentes que recorren, por debajo, la ciudad; de guiris blanquísimas con vestidos vaporosos; de vapores que rebotan en el asfalto y las convierten de improviso en rollizas Marilyns, con sudores deslizando por lugares que es mejor no imaginar. Madrid en agosto es también Alaska en enero dentro de sus oficinas. Taxis que se van con menos prisa que con la que volverán. Un letargo infinito para quienes nos quedamos. Fruta, helado, cerveza, vino y todo lo demás. En mi mente, que la paseo con la nostalgia de quien ya percibe septiembre agazapado por las esquinas, más que una ciudad es un mito. Una Arcadia incomprendida en la que trabajar no duele y en la que se han cogido vacaciones hasta sus más ilustres delincuentes, permitiendo que, ahora sí, uno pueda descender por la carrera de San Jerónimo con la tranquilidad pasmosa del ciudadano de Gotham que sabe que ahí arriba brilla, impávida, la batseñal.

He dicho que algo tiene Madrid y es eso: una entereza como de ciudad vampiro, o de hinchada de fútbol sudamericano. Es salir el sol con inclemencia y por sus puertas abandonan hacia la costa todos los que alguna vez han dicho haberla amado, igual que jóvenes promesas que se van a Europa para labrarse un futuro más próspero, más ilusionante y, sobre todo, más sacable en Instagram. Se trata de una cosa curiosa porque durante el resto del año Madrid funciona a la inversa, haciendo de imán. Pero ni siquiera entonces recibe el reconocimiento de ciudad refugio. Y tiene que conformarse con servir siquiera de rellano necesario: un lugar de paso que permite detenerse para coger impulso, o detenerse antes de descender.

Hemos entrado en la parte del año en la que Madrid no es ella sino sus madrileños. Hoy, aquella fascinación que atiborra de viandantes la Gran Vía en diciembre se torna en sutil rechazo. Y ese rechazo que genera se concentra sobre sus bastardos habitantes, que pasean por el litoral español teniendo que quitarse más miradas de la nuca que mosquitos. También hoy dicen de ella cosas feas e incomprensibles. Anglicismos con acento extraño que pronuncian quienes más la necesitan con embeleso: "dumping fiscal". Por eso a mí Madrid en agosto me recuerda a aquel amigo que un día abrió la puerta y se encontró a su casi algo, que le traía una planta como prueba definitiva de amor. No de ella hacia él, eso habría sido ilógico, sino al revés. "Hay que regarla una vez cada dos días en su cantidad justa de agua", le dijo. "Si la cuidas bien le salen unas flores monísimas. Así podré ver en septiembre cuánto ha florecido nuestro amor". Después cerró la puerta y se marchó a la playa. Y mi amigo se quedó allí mismo, sujetando una maceta sin pétalos, mirando al cielo en su pequeña terraza sin sombra y rascándose la coronilla sin pelos mientras pensaba en que para pruebas de amor definitivas casi mejor cenar en Tagliatella, que obliga a quienes se quieren a pagar la cuenta entre los dos.

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