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Luis Herrero Goldáraz

Otra columna de Año Nuevo

Tener niños en casa es lo más parecido a vivir en la cabaña de Blancanieves, rodeado de pájaros y ardillas que lo van a uno desvistiendo de sus obligaciones juveniles

La vejez quizá sea lo que ocurre entre que te sientas media hora antes de las doce frente al televisor, echando un duelo de parpadeos con tu cuenco de uvas, y que te llevas la primera a la boca a mitad de año ya, con la coronilla todavía despeinada después de que te despierten del sofá a pocos segundos de las campanadas. Entre ambas actitudes se resume toda una genealogía. Y es posible que uno nunca se sienta tan en contacto con la extinta estirpe familiar que cuando, a eso de las siete de la tarde del día 31, descuelga el teléfono y dice, a quien quiera escucharlo: "para mí que las uvas cada vez las ponen más tarde, yo no sé si llegaré a las doce".

Entrar en las últimas horas del año y sentirlas como si fuesen a durar más que el año mismo es una de esas fronteras vitales de las que uno sabe que ya no volverá, principalmente porque no compensa. Funcionan igual que las hileras esas de pinchos curvados pensadas para que los coches puedan circular en una dirección, pero nunca marcha atrás. La imagen es bastante acertada porque, más allá de que nos ayude a imaginar la vida como tránsito o como río manriqueño, nos recuerda que la clave para sobrellevarla sin demasiados sobresaltos consiste en asumir su inevitabilidad. Además, solo así puede uno abandonarse plenamente a lo que de verdad tiene sentido en la existencia, que es babear.

El babeo precampanadas encierra una experiencia deliciosa que se vuelve todavía más placentera si hay niños en casa, para generar contraste. Yo tengo para mí que los niños son pequeños milagros con piernas no por la vida que aportan, sino por la que quitan. Y esto lo digo no tanto por la energía que todo el mundo dice que exige criarlos —ya ves tú cuánta energía se necesita para ejercer de tío— como por las responsabilidades de las que le permiten a uno ir desprendiéndose, paulatinamente, para legarlas como un testigo sobre sus hombros.

Tener niños en casa es lo más parecido a vivir en la cabaña de Blancanieves, rodeado de pájaros y ardillas que lo van a uno desvistiendo de sus obligaciones juveniles al son de la música de la imaginación. Con ellos pululando por ahí puede uno entregarse al sueño dulce sin miedo a que se le pase la hora de las uvas. Y, todavía mejor, saber que todas las cosas que deben hacerse para que el año arranque con buen pie, desde recoger la mesa hasta incendiar la casa por una disputa en el Monopoly, serán hechas sin excepción. Después sonarán las doce campanadas y habrá chillidos y habrá petardos y habrá expresiones de admiración. Quizá también la canción de Pocahontas, que por ahí empieza sin que los mayores nos tengamos que sentir obligados a verla. E infinitos ruegos para no irse a la cama antes del día 2. En poco tiempo habrá champán y la primera copa antes de una noche de fiesta absolutamente abominable. Y uno podrá seguir durmiendo, tranquilo y orgulloso del legado traspasado, haciendo las veces de año que termina para que otro nuevo pueda comenzar.

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