
Desde la intervención de Trump en Venezuela, un escalofrío recorre al Gobierno de Sánchez. El efecto del escalofrío es, por naturaleza, contradictorio. Por un lado, Sánchez se ha puesto en modo apocalíptico por el descabezamiento del régimen chavista, acción que considera gravísima y amenazadora para todo el universo. La ha condenado por violar la legalidad internacional con la rotundidad que no ha tenido para condenar la violación de los derechos humanos y civiles en Venezuela. Por otro, desde el escalofrío del 3 de enero, el presidente del Gobierno se ha puesto a anunciar envíos de tropas a distintas latitudes como si quisiera decirle a Trump que hay en el mundo alguien, su némesis, que también puede mover efectivos militares de aquí para allá, pero con los designios balsámicos y virtuosos de los progresistas que encienden velitas y tararean "Imagine".
La reacción contraria a la intervención de Trump fue de manual de irrelevancia, pero la imponía también lo comprometido que está el PSOE en la ciénaga bolivariana. Hay en marcha una maniobra de relaciones públicas para cambiar esa percepción. Se está haciendo lo imposible, porque imposible es, para hacer creer que Zapatero tiene en estos momentos un papel de intermediario con los de Trump de cara a la transición venezolana. El expresidente pasaría así, de la noche a la mañana, de colaborador con la dictadura a negociador de la ruta hacia la democracia. De blanqueador del chavismo a liberador de Venezuela. De amigo de Maduro a estar a partir un piñón con Marco Rubio. Fantástico.
Más sencilla es la utilización por Sánchez del miedo cerval que despierta Trump en una parte de la sociedad española. Igual que se valió del poso de antisemitismo para relanzarse subido a la desinformación sobre la guerra en Gaza y apoyó actos contra la Vuelta ciclista o la cínica tontería de RTVE de salirse de Eurovisión - total, para perder, mejor no ir -, ahora espera nutrirse del antitrumpismo ambiental. El personaje que sale de este nuevo guion es "Sánchez, el presidente del Gobierno que planta cara al salvajismo de Trump" y que le dice las verdades del barquero, incluso en inglés, orgullo de presi que sabe hablarlo. El riesgo que corre el personaje Sánchez como líder internacional del antitrumpismo es el de hacer un gran ridículo.
Con la probable intención de no hacerlo del todo, se ha puesto a jugar a soldaditos. El martes, enviaba tropas a Ucrania. De paz, por supuesto, pero tropas al fin. El jueves, las mandaba a Palestina. Con casco azul o con casco de la UE, que es un casco inseguro. Para que se organice una fuerza multinacional, que será, si es, europea a fin de velar por un acuerdo de paz entre Ucrania y Rusia tiene que haber un acuerdo de paz que no hay. Pero Sánchez no puede esperar. Tiene que aparentar que es el personaje relevante que no es y, de paso, atrapar al PP en las redes del relato, algo que está más a su alcance. El martes, a Ucrania, el jueves a Palestina y el lunes, eso esperamos, tendrá que anunciar el envío de tropas a Groenlandia. Ahí es donde puede probar el personaje que tiene los medios y el valor de estar a la altura de las firmes declaraciones que se lleva el viento.
