
El socavón que media entre palabras y hechos lo definió magistralmente Tono en el siglo XX en una de sus obras teatrales:
– Mi hija, aquí donde usted la ve, pudo haberse casado con un duque.
– ¿Y por qué no se casó?
– Porque no quiso el duque.
Hace algo más de un año, Josep Borrell calificaba al régimen de Nicolás Maduro de "autoritario" y "dictatorial", y anunciaba que revisaría las sanciones. Las sanciones fueron revisadas y nada más, a menos que consideremos la incontinencia declarativa de Bruselas como algo más. Todo lo que ha hecho por Venezuela la Unión Europea, los demócratas americanos, los centristas patrios, y demás agentes de las buenas palabras es nada. Y, contra todo pronóstico, todo lo que han obtenido a cambio es nada.
La diferencia entre el consenso de las palabras y la eficacia de los hechos la ha puesto sobre la mesa Donald Trump, con la increíble operación de extracción –más bien extirpación- de Nicolás Maduro.
Uno esperaba al menos un gesto de disimulada alegría entre quienes llevan años criticando el autoritarismo chavista. Pero si nos fijamos en el arquetipo de los voceros oficiales, Josep Borrell ha sido bastante claro en la Cope, sin mencionar siquiera el éxito de la operación, y denunciando que todo lo que Donald Trump ha hecho es un plan para robar recursos a Venezuela, discurso que aplauden por igual Diosdado Cabello e Irene Montero, valga la redundancia. Josep Borrell representa a la perfección al tipo de político europeo que ha logrado eternizar las dictaduras cubana y venezolana. Cínico, acomplejado, traidor, y modosito.
Muchos hemos criticado la inacción de cierta derecha española en interminable viaje al centro cuando las urnas le han permitido cambiar las cosas. Pero cambiar políticas es cansado, genera polémicas, y altera al enemigo. Es más cómodo gestionar empleo y economía y no tocar nada de lo que se criticó gruesamente durante la campaña. Es más fácil traicionar a los propios, que incomodar a los ajenos.
Donald Trump ha llegado a la Casa Blanca por segunda vez en una posición muy distinta: ahora tiene 79 años, no necesita dinero, vive una vida extra después de sobrevivir a un atentado, y no tiene el menor interés personal en el poder, en el aplauso del electorado, ni en perpetuarse. No tiene ninguna cadena que le amarre a la tentación de lograr el aplauso del enemigo, no le preocupa demasiado lo que se diga de él, y sus decisiones responden, después de todo, a una mezcla de servicio a la nación, vanagloria, cierto resentimiento contra Joe Biden y Barack Obama, y ansia de diversión, no necesariamente por este orden.
Todo esto le está permitiendo algo insólito: cumplir su palabra, para bien y para mal. Prometió demoler el imperio woke, recuperar el papel protagonista de Estados Unidos, solucionar guerras, y derrocar la tiranía de la izquierda allí donde suponga una amenaza. Se ha ido de la OMS, ha levantado las alfombras de la vergüenza de la ONU, ha enviado a la cama sin cenar a los burócratas de la Unión Europea, ha reforzado la defensa de Israel sin matices, ha desmantelado las ruinosas políticas verdes de Joe Biden, ha declarado la guerra a los cárteles de la droga, y se ha llevado por delante a Nicolás Maduro. Por revertir todo lo que prometió revertir, hasta le ha dado la vuelta a la pirámide alimenticia, creada en los 90 por un grupo de expertos vendidos a los intereses de la industria, en una inmensa mentira a la que nadie hasta ahora se ha atrevido a meterle el diente.
Ante todo esto, incluso entre los conservadores, hay dos actitudes: el entusiasmo de quienes celebran que al fin alguien intente hacer algo por romper la hegemonía progresista, y la legión de remilgados santiguándose a cada segundo, porque está loco, porque hace cosas, porque quiere petróleo, o porque va a provocar una guerra mundial nuclear con aniquilación de toda la humanidad. Es tal el terror siquiera a mencionar su nombre que ayer el líder del PP escribió en un tuit que en pocos días "se ha descabezado el régimen chavista" y "se va en la buena dirección". Se, se, se. Desagentivación de época que define el pánico a mencionar a Donald Trump, y al tiempo, trata de ser partícipe de sus logros.
En un brochazo tan gordo como eficaz, durante los últimos años, las cosas en Occidente pueden resumirse así: la izquierda, ahora siempre extrema, no para de hacer. La derecha, ahora centro, no para de hablar. Los votantes ya lo han entendido. Por eso alguien debería explicarles a los líderes de la coral acomplejada del "se, se, se", si es que quieren oírlo, que la cobardía ha dejado de ser mainstream. Que no estamos en 1996. Que la izquierda ha barrido Occidente en dos décadas y ha destrozado una bellísima civilización que creíamos eterna, y ahora solo hay una salida: levantarlo de nuevo o morir.
