
"Todas las secuencias han llegado a su conclusión. El tiempo no puede esperar. Atravesaré el mundo y volando llegaré hasta el espacio exterior:
Y yo te buscaré en Groenlandia…"
Eso cantaban Los Zombies, uno de los grupos de La Movida madrileña. Eran los libres y divertidos ochenta. Ahora, a un presidente un poco zumbado, se le ha metido entre ceja y ceja que quiere Groenlandia y nos va a dar el año si no le ajustan antes la medicación y se le pasa la perra.
El Acuerdo entre los Estados Unidos y el Reino de Dinamarca, firmado el 27 de abril de 1951, establece que "Sin perjuicio de la soberanía del Reino de Dinamarca sobre dicha zona de defensa… el Gobierno de los Estados Unidos de América, sin compensación para el Gobierno del Reino de Dinamarca, tendrá derecho, dentro de dicha zona de defensa y los espacios aéreos y aguas adyacentes a ella, a: mejorar y, en general, adecuar la zona para uso militar; construir, instalar, mantener y operar instalaciones y equipos, incluidos instalaciones y equipos meteorológicos y de comunicaciones, y almacenar suministros". Vamos, que los USA pueden hacer y deshacer a su antojo y además no tienen que pagar un dólar.
En una reciente entrevista con el New York Times, realizada en el Despacho Oval, le preguntaron a Trump por qué, si no tiene límites para incrementar la presencia militar, insiste en la propiedad de Groenlandia. Es psicológico, contestó. "Porque creo que es lo que psicológicamente se necesita para el éxito. Creo que la propiedad te da algo que no se puede hacer con un contrato de arrendamiento o un tratado". Que el terreno no esté en venta y que sus propietarios se opongan, es irrelevante. Se va, patada en la puerta y a otro asunto. Para eso eres el más fuerte.
Aunque a él seguro que le chincharía la comparación (si leyese Libertad Digital), hay algo de Vicente Férnandez (Y mi palabra es la ley) en el presidente Trump. La periodista del NYT le pregunta: ¿Ve algún control sobre su poder en la escena mundial? ¿Hay algo que pueda detenerle? "Sí, hay una cosa, responde. Mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede pararme. Y esto es muy bueno. Yo no necesito leyes internacionales. Yo no quiero dañar a la gente". Si no oponen resistencia, se entiende. Todo por el bien de los USA. El Padrecito Trump (como el Padrecito Stalin) tiene el ego tan inflamado que terminará levitando.
Coincidiendo con la entrevista, al presidente le muestran el vídeo del asesinato de una mujer (Renee Nicole Good, 37 años, estadounidense, blanca y madre de tres hijos). Se acaba de producir. Ha dejado a su hija de 6 años en el colegio. Se acercan unos agentes de inmigración (una versión actualizada del Ku Klux Klan), ella se pone nerviosa con el coche y uno de ellos la descerraja tres tiros. Trump acusa a la muerta de haber actuado violentamente. El vídeo demuestra lo contrario. "Yo no quiero dañar a la gente". A su gente.
282.000 dólares, ni uno más, ni uno menos. Los ahorros de una vida con los que el agente de la CIA Nathan Muir (Robert Redford) pensaba comprar una propiedad en la urbanización Green Turtle, en Bahamas. Ya se estaba despidiendo de sus colegas de Langley (unos víboras de colmillo retorcido) cuando los comunistas amarillos detienen a su amigo, Tom Bishop (Brad Pit). Spy Game es la película y el desenlace es como lo de Maduro, pero con los chinos de malos. Robert Redford soborna a unos funcionarios para dejar a oscuras la prisión de Su Chou. Se queda sin ahorros, pero los americanos, que llevan visores nocturnos, arrollan a los malos y salvan a Brad y a la chica. Lo normal.
Lo mismo sucedió en la Operación Resolución Absoluta, solo que esta vez no se sobornó a nadie para provocar el apagón de Caracas. Los USA han demostrado que pueden manipular la infraestructura crítica de una nación para facilitar una incursión militar mientras se comen unas pizzas (cerca del Pentágono hay tres pizzerías). Se ha difuminado la frontera entre sistemas civiles y militares. El secretario de Guerra USA, que antes era presentador de la FOX (como Javier Ruiz, de TVE) se burló de las defensas aéreas rusas instaladas en Caracas. Desde Moscú, Dmitri Medvédev (el que le calentó la silla a Putin) advertía: "La operación en Caracas se ha convertido en la mejor prueba de que todo Estado debe fortalecer sus fuerzas armadas al máximo. Y el máximo fortalecimiento que garantiza la protección de un país solo significa una cosa: ¡Un arsenal nuclear! ¡Larga vida a las armas nucleares!". En declaraciones a Le Monde, Tatiana Kastouéva-Jean, directora del Centro Rusia del Instituto Francés de Relaciones Internacionales, afirma que "las armas nucleares marcan la diferencia. Estados Unidos jamás atacará a una potencia nuclear. Esto solo avivará el problema de la proliferación nuclear entre regímenes autoritarios y dictatoriales de todo el mundo".
El mundo se lo reparten tres grandes depredadores, afirma el que fuera ministro de Exteriores, José María Margallo: EE.UU., Rusia y China. Mientras, aquí, a lo nuestro: La Unión Europea culpable… de lo que sea, pero culpable. Pero esto ya se lo cuento en la próxima, que queda mucho año por delante.
Posdata: Parece que Trump va a recibir a María Corina Machado en la White House. Le preguntaron en Fox News si aceptaría el Premio Nobel de la Paz que Machado quiere compartir con él. "He oído que ella quiere hacerlo. Sería un gran honor". Ayer la despreció. Hoy agradece que se humille. "Es una mujer agradable", dijo. ¿Se humillará?
