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La España que perdimos

Por una vez tendrán razón las generaciones más jóvenes en echarnos algo en cara. Lo hemos arruinado todo. Y lo hemos arruinado todos.

Por una vez tendrán razón las generaciones más jóvenes en echarnos algo en cara. Lo hemos arruinado todo. Y lo hemos arruinado todos.
Felipe VI, abanderado en los JJOO de Barcelona 92 | Cordon Press

Crecí en una España de abundancia y prosperidad que jamás verán nuestros hijos y nietos. Crecí en una España segura, cuya mayor quiebra al respecto era ETA, la cual, a la vez, era el horror que nos unía a la inmensa mayoría en el lado bueno de la historia, en el compromiso moral cotidiano de luchar contra el terrorismo. Crecí en una España de piso propio, vacaciones, trabajo y buena educación para los hijos. Donde un sueldo medio daba para mantener a una familia y no solo a duras penas a uno mismo. La España de las clases medias que hoy han sido arrasadas. La España en la que podías hacer la compra sin endeudarte con la tarjeta de crédito. La España que giraba sus ojos hacia el Atlántico y volvía a ser situada en el mapa muy lejos de nuestras fronteras. La España que remaba contra las crisis económicas en lugar de cruzarse de brazos y poner el cazo en la puerta de algún ministerio. Esa España la vi yo con mis propios ojos.

Donde podías montar un negocio, trabajar duro y vivir bien. Una España con más niños que perros. Una España donde esencialmente había españoles en cualquier rincón. Una España sin una epidemia de carencias afectivas y soledad. Una España sin trabajos indignos, porque no existe tal cosa. Una nación que se podía recorrer de norte a sur sin perder nunca la sensación de estar en casa. Donde los nacionalismos excluyentes eran cosa de 'frikis', y sus ideas de injusticia universal tenían un impacto anecdótico en la vida del resto de la nación. Una España que no admitía chantajes de minorías. Más aún: una España en la que pertenecer a una minoría artificialmente construida no constituía una forma de vida, de ganarse la vida.

Crecí entre españoles orgullosos de su pasado, de su país y de su bandera. Donde la política no era lo más importante. Donde lo más visto eran siempre los programas de humor y no las tertulias políticas. Donde lo políticamente correcto solo era una excusa para facilitar la vida a los columnistas satíricos. Donde la enseñanza era la forja de una vocación para mañana. Donde los medios eran el cuarto poder y no una mano tendida a los políticos a la espera de dádivas y acuerdos. Una España donde los periodistas morían con las plumas puestas. Y tanto que morían, a menudo a manos de ratas de ETA.

Crecí en una España alegre. Una nación que no ocupaba el primer puesto en el consumo de ansiolíticos en el mundo, ni el tercero en antidepresivos en la UE, con un aumento del 57% en solo doce años. Una España de familias, de hogares, de coexistencia natural entre el campo y la ciudad. Una España de terrazas a rebosar, restaurantes en cada esquina y discotecas para todos los gustos. Pero también una España madrugadora, responsable, donde la mayoría de los ciudadanos se enfrentaba al futuro con la seguridad de quien sabe que depende solo de sí mismo. Una España donde los niños eran alegres, y su risa contagiaba todo alrededor en vez de herir susceptibilidades y despertar el rencor de los psicópatas.

Crecí en una España con plazas, ciudades viejas y ciudadelas vivas. Con su tráfico, su bullicio y esa felicidad del caos, no un erial empobrecido sin coches, primero, sin comercios después. Una España donde los alcaldes servían a su pueblo, no a los dinosaurios de Bruselas. Una España, la de los 90, donde la presión fiscal era del 32% del PIB, frente al 38% actual, y ya era un escándalo. Una España donde el Estado no robaba al ciudadano medio más del 54% de sus ingresos. Una España donde estar parado era un demérito y no algo de lo que presumir. Donde las ayudas sociales eran ayudas sociales y no un incentivo para no trabajar. Donde los sindicatos todavía no eran un ministerio del Gobierno, a sueldo y ascendencia.

Una España en que traer un español al mundo era una ilusión compartida por la mayoría. Donde los mayores tomaban el sol en terrazas y parques, la muerte en soledad era algo marginal, y donde la imagen de un anciano rebuscando en los contenedores aún podía conmocionar a todo el país. Una España donde los jóvenes más brillantes querían vivir, o al menos volver. Donde los mejores en cada sector encontraban sueldos acordes a su formación, sin necesidad de largarse en busca de un mundo mejor. Una España en la que los socialistas todavía tenían cierto respeto por las instituciones y era posible alcanzar pactos de Estado. Una España sin ciberdelincuencia generalizada, donde las tasas de okupación eran irrelevantes, y en la que salía más caro robar, violar y asesinar, siempre y cuando no lo hicieras desde el Gobierno.

Una España donde los servicios públicos lo eran de verdad, y donde los servidores públicos tenían cierta consciencia de serlo. Donde la cultura y la historia eran un elemento de cohesión nacional y no la enésima razón para la división. Donde vivir en la llamada España vaciada era algo más que sobrevivir. Una España donde las tesis del ecologismo ideologizado ocupaban el último lugar en las preocupaciones de los ciudadanos; en la que se hablaba más de conservación del medioambiente y menos de apocalipsis ambiental capitalista.

Una España que trabajaba duro hasta la jubilación, con la tranquilidad de saber que había una hucha para las pensiones. Una España donde una titulación superior garantizaba un buen sueldo y estatus. Una España donde podías conducir con cierta libertad, dentro de normas razonables, y donde podías conducirte con esa misma libertad, sin el temor de estar arruinándote la vida entre multas y prohibiciones, y sin preguntarle al Gobierno qué maldito coche te deja comprar.

Una España, en fin, de virtudes y defectos, donde se vivía increíblemente bien. Por una vez tendrán razón las generaciones más jóvenes en echarnos algo en cara. Lo hemos arruinado todo. Y lo hemos arruinado todos.

En España

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