Del desencanto al espanto
Visto lo visto desde 2018, lo que crece en nosotros es el espanto, primero sorpresivo y ahora alucinado.
Los más jóvenes no hablan ya de desencanto, porque éste forma parte de su experiencia vital. Del desencanto hablamos los más viejos, los que vivimos la Transición española. Las izquierdas suelen referirse al desencanto como un fenómeno de psicología social que se produjo en España cuando se percibió con claridad que, tras la muerte de Franco, las cosas no iban a cambiar ni tan rápidas ni tan a fondo.
Muchos de nosotros, entonces de izquierda confusa, no entendimos la Transición, un bien político y convivencial mayor que, hoy se ve en Venezuela, y se verá en Irán y Cuba, no es fácil de conseguir ni de desarrollar con tino y templanza. Para aquellos de nosotros, que soñábamos con un mundo libre y justo, por ese orden, queríamos no sólo terminar con la Dictadura sino "revolucionar" el tejido nacional en una dirección igualitaria sin menoscabo radical de las libertades individuales.
Podría decirse que el primer desencanto fue el devenido de la constatación de que una cosa es el ritmo de las ensoñaciones y otra muy distinta la posibilidad de las realizaciones cuando la gravitación de la realidad (la económica, la social, la internacional…) ejerce su nebulosa pero efectiva fuerza sobre los comportamientos.
Haber visto a Carrillo con la bandera española aceptando la nueva monarquía restaurada por Franco fue la primera señal de un disgusto moral que iba a durar años. Por el carril de las derechas, la comprobación de que un régimen se suicidaba tras varias décadas de funcionamiento bastante exitoso y sin peligro inminente de batacazo, fue una decepción escatológica.
Aquel primer desencanto afectó a izquierdas y derechas. A unas por revelarse estéril toda utopía ingenua y a otras por demostrarse que la continuidad de una dictadura sin dictador era imposible. La película El desencanto que hacía la autopsia familiar de los Panero fue su más terrible expresión. La consecuencia fue, milagros de la Historia, que la Transición pudo tener lugar sin demasiada oposición debido precisamente a ese escepticismo blando.
Pero hubo otro desencanto mayor, que fue el que empezó a percibirse tras los primeros gobiernos de Felipe González. La distancia entre el dicho del "cambio" y el hecho del "cambiazo" fue colosal. No fue por lo de la OTAN, ni siquiera por lo de los GAL, ni por lo de la reconversión industrial. Fue más que nada por le exhibición de la miseria moral de los comportamientos de los dirigentes, su enriquecimiento, su corrupción, su altanería y, encima, su estúpida suposición de superioridad moral
Luego vino el PP y se tuvo otro desencanto, casi desde el principio, con su asociación con el separatismo en la intimidad, pero se remontó con percepción de que las cosas funcionaban. Tras la boda de El Escorial y los alardes pro angloamericanos de Aznar, la desilusión creció en la "mayoría natural" pero roló a confusión tras la inoperancia pasmosa del 11-M.
Tras el paréntesis circense de un Zapatero que enseñaba la ceja pero ocultaba la pérfida intención de volver al Frente Popular y su absoluta demostración de la incapacidad de gestionar, el desencanto cayó de nuevo en el campo de un PP que aceptó completamente las consecuencias del zapaterismo, salvo en la sección económica. Su consecuencia fue el desmadre interno, Vox y la inferioridad moral.
Para su final en 2018, ya estábamos todos, a izquierda y derecha, totalmente desencantados de que la democracia fuera otra cosa que un modo, y no muy eficiente, de resolver algunos problemas casi siempre creando muchos nuevos, pero bueno España, aunque magullada, seguía en pie y la corrupción de los partidos y su hegemonía en la vida nacional ya parecía consustancial al sistema. Parecía que, aún así, la nave iba, aunque ya sabíamos que los de a pie no pintábamos nada en nada.
Ha sido desde hace poco cuando hemos pasado del desencanto al espanto. El desencanto es un sentimiento pasivo de reconocimiento de que los sueños sueños son y que los culpables del vacío que dejan somos nosotros mismos por no saber distinguir entre fantasías y realidades. Otra cosa bien distinta es el espanto que empezamos a intuir desde 2015. Estaban a punto de gobernar personas a las que, salvo el poder y sin saberse para servicio de quién, no les importa nada.
El primero que lo sintió fue el propio PSOE que advirtió con horror cómo el podemismo bolivarianizado, batasunizado y esquerrado, sembrado por Zapatero, se encarnaba en un Pedro Sánchez abierto a cualquier fechoría con tal de mandar. Lo intentaron eliminar a tiempo, cierto, pero fracasaron y finalmente, sucumbieron ante la ocupación vertical del socialismo vertical y jacobino que siempre practicaron. Quien a vertical mata…
Visto lo visto desde 2018, lo que crece en nosotros es el espanto, primero sorpresivo y ahora alucinado. Estamos en manos de unos piratas crapulosos y barriobajeros que lo mismo toman dinero del tráfico ilegal de lo que sea, que hacen negocios con una pandemia, que pactan con cárteles internacionales tutelados por Rusia y China, que aplauden y amedallan a asesinos y ladrones, que desprecian al Congreso y a los Tribunales o que descuartizan la patria común sin el menor escrúpulo. No, la nave ya no va.
Con todo, lo más espantoso es la comprobación de que todo el entramado institucional creado desde 1976, ha sido incapaz de detener a los piratas que han asaltado el barco. ¿Por qué iba a ser capaz de echarlos una vez que su tiranía amoral se ha adueñado de casi todo? El espanto es una incógnita. Alerta del peligro y puede producir una reacción liberadora, pero también puede desencadenar la sumisión absoluta. Está por ver cuál es la naturaleza del que sentimos.
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