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Ícaro: la semana en llamas

La caída no vendrá por una película, ni por un documental, ni por Filmin. Vendrá por la imposibilidad de sostener indefinidamente una mentira sin recurrir al silencio forzado.

La caída no vendrá por una película, ni por un documental, ni por Filmin. Vendrá por la imposibilidad de sostener indefinidamente una mentira sin recurrir al silencio forzado.
Cuenta de X de @JaumeRV

Tan acostumbrado está el catalanismo en determinar la realidad desde TV3, que la irrupción de "Ícaro: La semana en llamas", ha soliviantado al nacionalismo contra la plataforma audiovisual filmin para que la elimine de su cartelera. No se conforman con llevar 40 años falsificando la realidad de Cataluña, sino que quieren impedir cualquier otra mirada sobre su realidad que no sea la suya.

La película/documental plasma la mirada de Elena G. Gordillo y Susana Alonso sobre la actuación de la policía nacional antidisturbios (UIP) en los turbulentos días que siguieron en Barcelona a la sentencia del Tribunal Supremo (2019) sobre la intentona secesionista de 2017. Véanla, la Plataforma filmin la estrenó el 9 de enero y la eliminará el 31. Si no la quitan antes.

Curiosamente, la operación de la UIP tomó el nombre del mito griego Ícaro. Ni pintado para las circunstancias. El mito de Ícaro no es una fábula sobre la libertad, sino una advertencia contra la hybris: la soberbia de quien se cree capaz de trasgredir las reglas sin pagar precio alguno. Ícaro no cae por volar, sino por creerse impune. Y eso es exactamente lo que revela esta semana en llamas: un nacionalismo que ya no se conforma con imponer su relato, sino que exige obediencia preventiva.

Durante décadas, el catalanismo político ha construido una realidad paralela desde TV3, la escuela y el aparato cultural subvencionado. Una realidad donde el español es tratado como lengua sospechosa, donde disentir equivale a traicionar, y donde la violencia se justifica si se ejerce en nombre de la nación. La catalana, claro. Cuarenta años de ingeniería cultural han creado un ecosistema en el que la pluralidad no es una amenaza abstracta: es un delito moral.

Por eso la emisión en Filmin no ha sido recibida como lo que es: una pieza más en el debate público, sino como una provocación intolerable. El problema no es su enfoque, el problema es que exista.

La reacción ha sido inmediata y reveladora: boicot, intimidación, pintadas y acusaciones de "colaboracionismo con la represión española". El manual completo del fascismo cultural, ejecutado por quienes se proclaman antifascistas. No se pide crítica, ni contraste, ni réplica: se exige censura. Y se exige con la convicción de quien lleva demasiado tiempo mandando.

El lenguaje no es casual, es el mismo que utilizaron todos los regímenes que confundieron cultura con propaganda. La historia ofrece inquietantes paralelismo. En la Unión Soviética, el realismo socialista no se imponía por su calidad artística, sino porque cualquier otra mirada era "contrarrevolucionaria". En la Alemania nazi, Joseph Goebbels no prohibía solo lo que consideraba falso, sino lo que escapaba al control del relato nacionalsocialista. En la China de Mao, la Revolución Cultural no buscaba convencer, sino borrar. El patrón siempre es el mismo: no se debate, se elimina.

Pero lo más grave de esa semana infame de 2019 no ha sido la presión del independentismo radical, esperable en quien lleva décadas practicando la exclusión, sino la rendición preventiva del propio sector cultural. Las declaraciones de Jaume Ripoll, director editorial y cofundador de Filmin, son la prueba definitiva del grado de interiorización del miedo: "Si lo hubiera visto antes no lo habríamos colgado".

Esa frase no expresa una discrepancia estética ni una reflexión editorial serena. Expresa miedo. Expresa sumisión. Expresa la aceptación implícita de que hay relatos que, en Cataluña, no deben circular. No porque sean falsos - eso exigiría refutarlos - sino porque incomodan al poder simbólico dominante. Es la autocensura elevada a virtud. Es el reverso del comisario cultural con idéntica eficacia.

Jaume Ripoll no defiende la libertad de programación; se disculpa por haberla ejercido. No reivindica el derecho a mostrar miradas diversas, lamenta no haber pasado antes el filtro ideológico adecuado. Su declaración no protege a Filmin del nacionalismo: lo legitima. Les dice, en esencia, que tenían razón en presionar. Que el castigo funciona.

Y ahí está el verdadero núcleo del problema: el nacionalismo no necesita ya imponer la censura desde las instituciones, porque ha conseguido algo más eficaz y más perverso: la censura interiorizada. Productores, editores y gestores culturales saben qué se puede mostrar y qué no. Saben cuándo mirar hacia otro lado. Saben cuándo pedir perdón. Y siempre, poner el cazo. Las excepciones, como los diamantes, son pocas, pero sublimes: "Prefiero ser toro en una dehesa extremeña, que ser oveja en Cataluña". Echen cábalas de quién puede ser la sátira, no se lo he puesto difícil.

Este es el Ícaro del nacionalismo catalán: un movimiento que, embriagado por su hegemonía cultural, ya no distingue entre crítica y traición, entre pluralidad y amenaza. Pero como en el mito, el sol no perdona. La caída no vendrá por una película, ni por un documental, ni por Filmin. Vendrá por la imposibilidad de sostener indefinidamente una mentira sin recurrir al silencio forzado. Y cuando un proyecto político necesita silenciar para sobrevivir, ya ha empezado a caer.

CODA: Este artículo podría haberse titulado pensando en los amos de la masía: "Una mirada distinta". ¿Pero quién hay hoy en ese mundo dispuesto a tolerar otra mirada que no sea la suya? No he querido entrar en la película, háganlo ustedes sin intermediarios, sólo reflexionar en voz alta sobre el integrismo fascistoide de la sociedad catalana que le lanzaba adoquines a la Policía Nacional al grito de "¡som gent de pau!".

Esta es la cruda realidad de una sociedad divida en dos, pero mangoneada por una, y reducida al silencio la otra. Seguramente sin proponérselo, un policía la describía con estupor al final de la batalla, así: "Para unos eras, lo que nos cantan, fuerzas de ocupación, y para otros eras prácticamente el ejército americano liberando Francia en la segunda guerra mundial. Y ni una cosa ni la otra, nosotros somos policías. Unos nos tiraban piedras, cócteles molotov, y huevos; otros nos traían postres caseros, banderas de España, flores y dibujos de sus hijos. Somos policías, somos profesionales, no necesitamos ni una cosa ni otra. Bueno, entre un abrazo y un insulto, pues está claro ¿No?". Por eso, la presencia de la Cataluña reducida al silencio es cariña, pero clandestina.

Gracias, esta es vuestra casa. Seguramente en Soria o Sevilla no entenderán este agradecimiento tan especial, pero en Cataluña así lo sentimos quienes no tenemos necesidad de odiar para ser.

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