
Circula un vídeo por ahí —por ahí circula de todo, menos lo diseñado para circular— que es de esos que se narran como si los hubiese vivido uno mismo. Es un vídeo que al mirarlo no me cuesta ponerme de protagonista, vivirlo desde los ojos de la cámara. Verme haciendo de canguro de los hijos de mi hermana, por ejemplo, yendo de camino a la nevera y escuchando de repente el silencio, sabiendo a estas alturas la de cosas que caben ahí dentro. Aproximándome al cuarto de los niños exudando mi desesperación a pasos tan exageradamente lentos que no me sorprendería aparecer en próximos carteles que anuncien un nuevo blockbuster de terror. Comprobando que allí, por Dios, no hay silencio porque nunca ha habido nadie. Y escuchando de repente una risita en el otro extremo del pasillo, como si quisieran invitarme a huir. Yo conmigo mismo, ahí de pronto, hablando para darme ánimos. ¿Qué es lo más grave que podrían haber hecho? Y tomando el aire necesario antes de tocar la puerta y descubrirlo: el último Pollock jamás pintado sobre unas sábanas blanquísimas, como para adornar mi funeral.
El vídeo es divertido por lo que ocurre entonces, que no es otra cosa que un chaval casi en pañales adoptando el mismo gesto de incredulidad pasmosa que el adulto que lo mira. Dando vueltas sobre sí mismo, genuinamente intrigado por esa obra de arte que acaba de aparecer mágicamente bajo sus piernas. Rascándose la coronilla y devolviendo una mirada limpia, una mirada desconcertada como de estrella del Madrid delante de una pizarra táctica. Una mirada de incomprensión. Lo mejor, en cualquier caso, es que no hay mentira en ese gesto. Se trata de una mirada ingenua que pregunta legítimamente qué fantasma es el responsable de semejante cumbre pictórica, que lo tienen que canonizar. Y a mí me gusta sobre todo porque es la mirada de todos los hombres que en la tierra han sido. La mirada del: "A mí no me preguntes qué ha pasado aquí. La realidad es demasiado compleja como para andar buscándole a estas horas una explicación".
El colmo del asunto es que ocurre que es verdad. La realidad tiende a ser más bien compleja y, si nos ponemos a sacarle punta, nunca se termina de explicar. En la vida es posible ver a un asesino apuñalar en directo a su víctima y descubrir después, en mitad del juicio, que le estaba practicando una traqueotomía. Yo qué sé. Que resulte que quién lo vio todo es en realidad miope, que un tren pasaba y lo distrajo, que la navaja homicida era idéntica a otras tantas y que entre los doce hombres del jurado existía uno con piedad. Algo así. En la vida, en general, es más sencillo hacer de abogado defensor que de fiscal porque ninguna prueba es nunca igual de concluyente que la duda razonable que se le pueda contraponer.
Para evitar ese callejón sin salida, para evitar la eterna incertidumbre de no entender apenas nada, la humanidad se vio obligada en algún momento a quitarse el pañal, se introdujo dentro de unos pantalones y se inventó la fe. Fue la misma que nos permitió ir atando cabos y evidencias a base de pegar saltitos, ejercicio al que llamamos ciencia. Y a partir de ahí diferenciamos a los adultos porque son quienes, delante de cualquier caos que los señale, se disponen a buscar indicios que ayuden a orientarse dentro de él, y no bifurcaciones infinitas que les permitan evitar la responsabilidad de tener que elegir al menos un camino entre los demás.
Hace un tiempo, delante de una catástrofe, a un político se le habría exigido precisamente que tratase de explicarla. Sobre todo si esa explicación pudiese tener que costarle el puesto. Hoy parece suficiente con que explique muy tranquilo que la realidad es demasiado compleja como para andar buscándole una explicación.
