
Vean lo que pasa cuando uno tiene la mala suerte de que le "gobiernen" como a esos niños cuyos padres divorciados no se pueden ver y tienen la custodia compartida. Eso es lo que nos ha pasado a los catalanes (aka, españoles nacidos en Cataluña) que hemos tenido que apechugar con el procés.
Ya se habrán enterado de que el rodalies, los trenes de cercanías en Cataluña, ahora mismo no van. O van cuando les da la gana. Ciertamente qué decir de Renfe, de Adif y de la seriedad con que se toman las inversiones y el mantenimiento de la infraestructura, sobre todo desde que el tema está en manos tan seguras como las del ministro Óscar Puente. Pero oigan, ya me dirán de qué sirve, de qué nos sirve a los catalanes de carne y hueso, haber tenido una recua de ¿líderes? autonómicos capaces de tumbar gobiernos -de eso presumen- por la amnistía o por la financiación "singular", pero no para que los trenes salgan a su hora. Cuestión de prioridades.
Que vivimos todos (todos los españoles) en un país cada vez más de pandereta, con impuestos suecos y servicios ugandeses, es una evidencia nefasta. Nada más nos faltaba encima que la Generalitat procesista, la de la republiqueta de los ocho segundos, se instalara en el cuánto peor, mejor. Durante años han dejado pudrir la Renfe en Cataluña, entre otras cosas para poder jactarse de que los Ferrocarriles de la Generalitat (en familia, ferrocatas), funcionaban mejor. Que eso es verdad. Tan verdad como que en ferrocatas sólo se puede ir de Barcelona al Vallès y del Vallès a Barcelona. El resto del territorio, que se muera de asco.
Como siempre, no importa que las cosas funcionen, sólo de quien depende hacerlas no funcionar. Se nos plantea como gran solución el traspaso, o semi-traspaso, del cercanías de Renfe a la Generalitat, y a Salvador Illa le empiezan a crecer los enanos. El tema llega en el peor momento, cuando vías y trenes ya están en las últimas. Los maquinistas se amotinan. Los indepes ponen el grito en el cielo como si ellos no hubieran sido los primeros en dejar pudrir esta "infraestructura de Estado" y ni planes de contingencia tuvieran hechos por si pasaban desgracias como la de Gelida.
El procés salta del tren en marcha (cuando no descarrila) para volver a la carga en diligencia, anteponiendo una vez más los intereses políticos de ellos, y sólo de ellos, al interés general. Más madera, es la guerra. No a favor de los catalanes, sino contra España. Da igual que los de Puigdemont se apresuraran a colocar amiguetes en las empresas públicas españolas responsables del servicio-estropicio (puestazos a los que no han renunciado), da igual que su política de confrontación sistemática con "Madrid" nos deje a todos a los pies de los caballos. Odiar no es gratis. Y que te odien, tampoco.
Pedían y piden la independencia. Cuando desde que se fue Pujol no han sido capaces de gobernar medio decentemente una autonomía. Convirtiéndonos a todos en rehenes de su incompetencia y de su frivolidad. Ahora que estamos tan cabreados, con razón, sería el momento de sentarse a reflexionar, de sacar conclusiones y de exigir responsabilidades. De preguntarse qué queremos ser de mayores. Comulgar con una sola rueda de molino más nos puede salir muy caro. Hay corrupciones que matan.
