Colabora
Diego González

El Chernóbil Sanchista

El gobierno del PSOE está tomando decisiones que afectarán no solo a los españoles que las padecen sino a las próximas dos o tres generaciones.

EFE

Ciento doce años después del inicio de la Primera Guerra Mundial, existen zonas de Francia donde la vida florece pero los humanos no pueden asentarse. Lugares donde la devastación fue tal, que se consideraron irrecuperables; espacios donde la batalla fue tan fiera, que fueron designados como inhabitables. Los nietos de los nietos de los soldados que combatieron en aquellas trincheras encuentran cada año toneladas de munición sin detonar, incluyendo proyectiles con gas venenoso, potentes explosivos o granadas de mano. En una fecha tan cercana como 2014, dos obreros de la construcción belgas murieron en la explosión de una bomba enterrada un siglo antes en el lugar donde se estaba levantando un edificio. Las consecuencias de las guerras perduran décadas después de que callen las armas. En el norte de Francia, donde se libraron las horrendas batallas del Somme o Verdun, a esos lugares se les llama Zona Roja.

En abril se cumplirán cuarenta años del desastre de Chernóbil. Dos mil quinientos kilómetros cuadrados de territorio en Ucrania y Bielorrusia siguen sin ser accesibles por la contaminación radioactiva. La zona de exclusión es más grande que la provincia de Vizcaya; de norte a sur mide ochenta kilómetros. Se calcula que no será habitable de manera segura durante al menos un par de cientos de años más. Decisiones que se tomaron en los años ochenta llegan hasta nuestros días.

El lector más agudo ya habrá visto venir la analogía desde varios kilómetros de distancia. El gobierno del PSOE está tomando decisiones que afectarán no solo a los españoles que las padecen sino a las próximas dos o tres generaciones. Y lo que es peor, lo está haciendo a cambio de nada: únicamente para mantenerse en el poder, para prolongar una legislatura agónica que cuando llegue a su fin solo habrá servido para imputar o condenar por corrupción a los colaboradores y familiares más próximos del presidente. No hay ningún análisis serio de las consecuencias de las decisiones que se toman; vivimos en un cortoplacismo insoportable en el que lo único que cuenta es que Sánchez aguante un día, una semana, un mes más en La Moncloa. Pero los hijos de nuestros hijos tendrán que cargar con las consecuencias de lo que hoy está perpetrando Sánchez con el único fin de seguir cobrando del presupuesto, de seguir mirándose al espejo y que ese rostro cadavérico y demacrado pueda decirle "eres el presidente del Gobierno, eres importante".

Dentro de la Zone Rouge hay localidades que solo existen en el limbo administrativo; pueblos que quedaron arrasados hasta los cimientos donde no quedó un solo muro en pie, y que no fueron reconstruidos tras el armisticio. Cien años después permanecen en el mapa pero solo de forma simbólica. Sus nombres figuran en las señales de las carreteras y en donde antes se encontraban hay carteles que juran que allí se alzaba un lugar donde la gente vivía. "Aquí estaba la iglesia", reza un cartel en mitad de un monte lleno de cráteres cubiertos por la hierba. "Ayuntamiento", se lee en otra señal metálica en mitad de un bosque. Cuando dentro de unos años, o quizá menos, empiecen a suceder cosas inevitables, a los españoles nos pasará lo mismo. "Aquí estaba la separación de poderes". "Por aquí pasaban los contrapesos democráticos". "En este lugar se alzaba el respeto por las decisiones judiciales". Aún no sabemos cuál va a ser el precio a pagar y durante cuánto tiempo, pero hay cosas que no van a ser gratis. Amnistiar a unos golpistas a cambio de una investidura traerá consecuencias más pronto que tarde; que el Fiscal General del Estado sea un delincuente al que su sucesora indulta de forma encubierta corroe las instituciones. Blanquear a los terroristas responsables del asesinato de cientos de personas, cuando han dejado bien claro que no solo no se arrepienten sino que están orgullosos de haber asesinado a niños delante de sus padres, envía un mensaje atroz a la próxima generación. Regularizar a cientos de miles de personas llegadas ilegalmente al país cuando los servicios públicos ya están chirriando y comprar o alquilar un piso es un sueño imposible para una pareja provocará, inevitablemente, un choque social. Aumentar el gasto en pensiones un 45% en siete años, obligando al Estado a endeudarse en decenas de miles de millones cada año incluso con cifras récord de recaudación, impedirá el mantenimiento de infraestructuras o la inversión en vivienda, y alentará un conflicto generacional. Es un doble proceso de degradación, material y política, que seguiremos sufriendo mucho tiempo después de que Sánchez y su familia de presuntos corruptos abandonen el Palacio de la Moncloa.

"Qué más da que la nada fuera nada/si más nada será, después de todo,/después de tanto todo para nada". Con este terceto cerraba el inmenso José Hierro el último poema de su último libro publicado, Cuaderno de Nueva York. Lo peor del Chernóbil sanchista, de la Zona Roja que estos años ominosos dejarán en las instituciones españolas, es que no habrá servido para absolutamente nada. Una sociedad polarizada, unas instituciones vaciadas, infraestructuras clave del Estado en manos de la misma gente que ha jurado destruirlo, todos los consensos rotos y peores servicios públicos a cambio de impuestos cada vez más altos solo habrán servido, única y exclusivamente, para que un narcisista que medró a partir de los prostíbulos de su suegro pueda sacudirse de encima el complejo de inferioridad. La terapia más cara de la historia.

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