Elegía a un viejo panda
No hablamos de un oso chino, sino de un legendario automóvil.
"Sostenibilidad" es una palabra mitificada por el moderno ecologismo y cuyo significado no corresponde exactamente a la intención con que fue acogida por dicho movimiento.
Lo que quería decir exactamente era "durabilidad", lo contrario al moderno concepto de la obsolescencia programada, la cortísima duración de tantos objetos que nacen condenados a durar muy poco y a ser sustituidos en pocos años, con el consiguiente perjuicio de los sufridos consumidores.
Nada menos ecológico que las cosas de vida funcional breve y destinadas a pasar en unos años al vertedero y, en el mejor de los casos, a los circuitos de reciclaje, un truco que lava la conciencia de los consumidores voraces engañados por los mitos sobre el ecologismo.
Estamos hablando de diversos electrodomésticos, de reproductores multimedia, de coches eléctricos, de molinos eólicos y de espejos solares, por citar solamente algunos ejemplos.
Para justificar la irrupción en el mundo del consumo de tantos y tantos ingenios monstruosos suele presentarse su implicación como "ahorradores de energía" y, por tanto, como luchadores contra el supuesto cambio climático: una verdadera trampa en el solitario con que se entretiene el mundo de lo falsamente ecologista.
La trampa consiste en que, al valorar la limpieza ecológica de estos objetos, no se han tenido en cuenta los costes energéticos y el gasto de materiales escasos que ha implicado su fabricación, ni tampoco los que se derivarán en el futuro de su desmontaje y reciclado.
Porque habrá que desmantelarlos y, en el mejor de los casos, reciclar los valiosos materiales, como litio, cobalto y tantalio, que atesorarán sus industriales restos.
En las elementales cuentas sobre el resultado ecológico final de sus costes habrá que tener en cuenta todo: la producción, los gastos durante su funcionamiento y, no lo olvidemos, los de su desmontaje y reciclado; no hablamos de cálculo integral, sino de elementales cuentas aritméticas.
Y ahora viene lo de mi viejo Panda. Aquel modelo de coche utilitario que, allá por los setenta del siglo pasado, lanzó al mercado Fiat y acogió nuestra Seat como verdadero heredero del mítico 600.
Mi viejo y querido Panda duró catorce años y sucumbió en perfecto estado hasta caer víctima de unos borrachos que se estrellaron contra su venerable estructura mientras, afortunadamente sin ocupantes, dormía legalmente estacionado en las proximidades de mi domicilio madrileño.
Aprendí muchas cosas ante los restos de mi coche, como que el seguro se inhibía ante el alcoholismo de los agresores, dejándome abierta la vía penal; en definitiva, me hicieron "la mundial", porque el excelente estado del Panda prometía prolongar todavía más sus servicios.
Con él, mi esposa y yo recorrimos varias veces toda España, salimos indemnes de la inmersión de sus bajos en el mismísimo mar cuando, rodando para Televisión Española, filmábamos los criaderos de ostras de la Bahía de Cádiz, o cuando continuaba marchando mientras embarrancaban los cuatro por cuatro en las arenosas costas de Doñana.
Solo una pequeña crítica a mi querido Panda: su diseño casi cúbico, poco aerodinámico, le hacía tambalear ligeramente cuando el viento arreciaba. Bueno, entonces con ir un poco más despacio bastaba, pues tampoco eran nunca "ecológicas" las grandes velocidades.
Consumía gasolina, muy poca, lo que quiere decir que pocos años después de su catastrófico final habría sido municipalmente excluido de la posibilidad de circular por buena parte de Madrid acusado de "insostenible". No hay duda: nos hemos vuelto locos.
Afirmo categóricamente que tanto aquel viejo automóvil como tantos y tantos aparatos y objetos del pasado inmediato eran mucho más sostenibles que sus sustitutos actuales; nunca la necesidad de renovación a corto plazo fue condición amiga de la economía de la naturaleza. Sí, realmente nos hemos vuelto locos.
Por añadidura, adquirir uno de aquellos automóviles encajaba en el presupuesto de los ciudadanos de economía media, como en mi caso, de un profesor de instituto, sin adeudarse de manera preocupante: no es que fuera barato, sino eu era, simplemente, asequible.
Tenía razón Don Hilarión, el viejo boticario de La verbena de la Paloma: "Hoy las Ciencias adelantan que es una barbaridad". Serán las Ciencias, pero lo que es todo lo demás… y, en concreto, en la ecología, ni mucho menos.
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