Herencia recibida
Gracias al último premio Nadal hoy sabemos que nuestra guerra civil no terminó en 1939, por ejemplo, sino en 1975.
Este martes, el ministro Puente dijo una cosa irrebatible. Dijo: "La red ferroviaria no es una tetera". Y permitió que el peso muerto de esa verdad cayese a plomo bajo los pies, quién sabe si de toda España. Después procedió a explicarse: "No se arregla en dos días". Lo que vino a confirmar que todos los males de este Gobierno podrían resumirse en el que ya sentenció, hace siglos, a Carlos II: la herencia recibida.
Yo escuchaba a Puente y no sé por qué me puse a pensar en las fronteras. Son tan difusas. ¿Cuántos días de enero han de pasar para que podamos dejar de felicitar el nuevo año? ¿Y de marzo? ¿Cuántos lustros, desde la marcha de Rajoy, para que lo que funciona mal en España no haya sido culpa suya? ¿Existe un punto vital, uno concreto, en el que podamos decir que ahora sí, a partir de aquí nuestro fracaso es sólo nuestro, y no de que nuestros padres no descubrieran a tiempo el método Montessori?
Gracias al último premio Nadal hoy sabemos que nuestra guerra civil no terminó en 1939, por ejemplo, sino en 1975. Y yo supongo que si no seguimos a bombazos todavía es porque en algún momento tenía Uclés que matar al padre, para lo cual ayuda bastante que, de hecho, ya esté muerto.
En Valor sentimental, todavía en cines, un hombre regresa a la vida de sus hijas después de habérsela perdido. Son vidas lastradas, no necesariamente destrozadas pero sí dolientes, ligeramente desajustadas, de esas que recuerdan a remiendos. Para tratar de reacoplarse a ellas, el viejo sólo necesita conseguir que la actriz más cotizada de Hollywood acceda a rodar su último guion, algo tremendamente realista si se tiene en cuenta que lo difícil no es decir las cosas, sino decirlas a la cara. La película es magnífica porque logra representar con fuerza dramática algo tan evidente y simple que resulta casi imposible de ver. A saber: que de las herencias recibidas no hay nadie exento, ni siquiera los padres. Y que quién sabe. A veces parece bastar con entender que todos venimos de la misma herida compartida. Y que no nos queda otra. Si no eres tú quien renuncia a hacerlo, quizá tus nietos, que ni han nacido, seguirán felicitando este año que no los conoce como si fuera nuevo. En fin. Ojalá bastase.
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