Español sí, pero en la Super Bowl
No es que lo de Bad Bunny no me haya resultado musicalmente epatante, es que tampoco desde el punto de vista de la política la cosa ha sido para tanto.
Tengo que empezar por confesarles que, al menos hasta ahora, si me hubiese cruzado con Bad Bunny en cualquier calle de Madrid –¡o de la maravillosa San Juan de Puerto Rico!– no le habría reconocido. Es más: incluso después de la catarata de los últimos días si entrase en un garito y estuviese sonando alguna de sus canciones no creo que fuese capaz de reconocerla.
Admito, en suma, que no conozco al personaje y la verdad es que si no lo conozco es porque no me interesa nada, lo siento mucho, supongo que es una cosa generacional, me queda muy lejos.
Así que asisto un tanto atónito a toda la vorágine alrededor de Bad Bunny –qué nombre tan latino, por cierto – y especialmente al follón que se ha montado tras su actuación de la pasada madrugada en la Super Bowl, que ha tenido a una parte de las redes en éxtasis.
Para que vean los esfuerzos que hago por ustedes y por esta bendita profesión, incluso he hecho el esfuerzo de ver los casi 14 minutos de espectáculo, mucho más televisivo que musical, antes de escribir estas líneas. Les confieso que, más allá de la maravillosa realización, me ha dejado frío. Y esto tampoco debe sorprendernos: como les decía antes hay un océano generacional que me separa de Bad Bunny y de buena parte de las canciones que hoy en día triunfan en las listas de éxito –les ahorro la perorata de abuelo cebolleta sobre que la música de verdad es la de antes y todo eso–, pero no creo que eso sea lo más relevante del caso: no es que no haya visto nada que me resulte musicalmente epatante, o que, sinceramente, me parezca que el señor Bunny ni canta muy allá ni baila demasiado, es que tampoco me parece que desde el punto de vista de la reivindicación política la cosa haya sido para tanto.
Sí, ha sido todo en español –menos la parte de Lady Gaga, tan aburrida como siempre–, pero es que este señor canta siempre en español, todas sus canciones son en la lengua que llevaron Colón, Cortés y Pizarro a aquel continente. Y sí, era puro latino, como lo son muchas zonas de muchas ciudades de Estados Unidos, como lo eran ya, ¿recuerdan?, West Side Story y sus puertorricans, hace sesenta y cinco años.
Reconozco que el momento en el que pasa algo influye en su significado, pero vamos a ver, que hace más de cinco décadas que Ella Fitzgerald cantó en una Super Bowl, solo tres años después del asesinato de Martin Luther King, tampoco es que lo de ahora sea descubrir el Mediterráneo, ¿no?
Eso sí, como Trump es el elefante de todas las cacharrerías ha puesto a caer de un burro a Bad Bunny. Así es el mundo de hoy: los cantantes les dicen a los gobernantes democráticamente elegidos cómo deben gobernar y éstos les dicen a los cantantes cómo deben cantar. De locos.
Pero lo mejor de todo no ha sido eso, lo mejor ha sido la emoción de todo nuestro rojerío porque se hable en español en América. ¡En español, esa lengua de la colonización y el genocidio! Y ya el remate es ver a algunos, como el Follonero, por poner un ejemplo, emocionados por tal reivindicación de la lengua de Cervantes. Pero eso sí, siempre que sea en la Super Bowl de Santa Clara, California, y no en un comercio o una escuela de Barcelona, ahí ni se te ocurra hablar en ese idioma opresor y franquista.
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