La rebelión de los suburbios
Al igual que ocurrió en Estados Unidos, el gran cambio político en España ha comenzado en las ciudades medianas.
Se dice que todo acaba llegando a España. Tarde, pero llega. También se dice que Aragón es nuestro Ohio y que quien gana ahí acabará ganando en el resto del país. A la vista de lo que ocurrió el pasado domingo en las elecciones, podemos afirmar que esta premisa también se cumple, aunque con una década de retraso.
Si uno mira detenidamente los resultados aragoneses, comprobará que la sangría del PP hacia Vox se dio precisamente en las ciudades medianas: Calatayud, Fraga, Monzón… Por el contrario, en Zaragoza capital se mantuvo prácticamente igual y, en los pequeños municipios, su pérdida de votos fue sustancialmente menor.
Conviene recordar que suburbs en inglés no significa exactamente lo mismo que «suburbios» en español. En Estados Unidos, los suburbs son esas zonas residenciales de casas con jardín y valla blanca que tantas veces hemos visto en el cine. Y fue ahí donde Donald Trump marcó la diferencia en 2016.
Traer a colación el término no es casual. Son precisamente las ciudades intermedias las que más se parecen —social, demográfica y urbanísticamente— a ese modelo: urbanizaciones horizontales, dependencia casi absoluta del coche y un modo de vida más estable que sofisticado. Ahora bien, ¿por qué es precisamente en estas zonas en donde comienza el cambio?
Por un lado, suelen ser los más perjudicados con la gentrificación. Por lo general, los que residen allí son los expulsados por los altos precios de las grandes capitales, donde la vivienda se ha convertido en un bien inaccesible para buena parte de la clase media. Son familias que no se marchan por elección, sino por necesidad. Buscan estabilidad, espacio y precios asumibles, pero también arrastran la sensación de haber sido desplazadas de los centros de decisión económica y cultural. Ese traslado físico desarrolla una sensación de agravio hacia el sistema que acaba teniendo también consecuencias políticas.
De igual forma, son zonas mucho más sensibles a los desequilibrios económicos. Al no contar con el dinamismo de las grandes ciudades —sostenidas en gran medida por el funcionariado que vive allí y por las sedes de las compañías— ni con las redes de apoyo y cohesión de los pequeños municipios, las ciudades intermedias quedan en una posición más vulnerable. Allí, los ciclos económicos se notan antes y se amortiguan peor: el cierre de una empresa, el encarecimiento del crédito o la subida de impuestos tiene un impacto más directo y palpable en la vida cotidiana. Y cuando la incertidumbre económica se instala, el voto tiende a moverse.
Para más inri, son también las más vulnerables a los efectos que generan los cambios demográficos asociados a la inmigración, ya que no cuentan con la capacidad de absorción de las grandes capitales ni con la homogeneidad social de los pequeños municipios. En ellas, cualquier alteración en el equilibrio poblacional se percibe con mayor rapidez y menor margen de adaptación. La inseguridad, la presión sobre los servicios públicos o la competencia en determinados sectores laborales se convierten así en factores políticamente decisivos.
Si el PP quiere detener esta fuga de votos, debe actuar precisamente sobre estos factores. No bastará con apelar al voto útil ni con reforzar el discurso nacional, sino que tendrá que ofrecer respuestas concretas a la inquietud económica, a la presión sobre la vivienda y a la percepción de inseguridad que se concentra en las ciudades intermedias. Es ahí donde se está decidiendo el desplazamiento electoral y es en ese espacio en donde se jugará su capacidad de recuperación.
Las elecciones no se están ganando en las grandes urbes ni en los pueblos vaciados, sino en ese cinturón intermedio que rara vez ocupa titulares. Quien entienda lo que ocurre en esas avenidas comerciales, en esas urbanizaciones horizontales y en esos barrios de clase media desplazada entenderá hacia dónde se mueve España. La rebelión no viene del margen, sino del centro
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