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Pedro de Tena

La falacia hipócrita de las "Consombrero"

Es escandaloso el tratamiento que toda la autoproclamada progresía española está dando al uso del hijab y el burka en estos días, cuyo uso defienden por ¡razones de libertad individual!

María Jesús Montero con un conjunto beige de lana, de la que destaca el puño con pelo. Un look más invernal que contrastaba con el de Elma Saiz, de blanco y azul, más primaveral. | Gtres

No es que se cabalguen contradicciones, como dijo el macho alfa de Galapagar. Es que la izquierda en España, en este caso desde el PSOE a Bildu, con Junts y PNV de mamporreros travestidos, se autodestruye poco a poco en un proceso de aniquilación sistemática de todo aquello que no les conduce al poder. Cuando menos el marxismo se ufanaba de su razón y su ciencia. Tenía un fundamento racional e ilustrado. O eso defendía..

Pero ya no. Aliada al separatismo, al islamismo y a los Estados enemigos del Occidente democrático, todo lo que tenga por meta el fin de la identidad nacional y europea, o de sus tradiciones, incluso de la suya propia, es bienvenido. Por eso, bastantes socialistas no se reconocen en este conglomerado. Hasta los anarquistas decían destruir para construir. Ahora se trata de destruir sin nada que ofrecer a los supervivientes.

Corría, se cree porque no es seguro, el año 1925, en todo el apogeo de la Dictadura de Primo de Rivera, que contó, como es sabido, con la colaboración institucional del PSOE y de Largo Caballero, uno de los primeros jinetes de la contradicción socialista. Luego, entre muchas otras cosas, vino el golpe de 1934 y luego la deseada Guerra Civil, todo justificado por la oportuna feria de las mediaciones sucesivas y "objetivas" que ofrece el marxismo a sus devotos.

Un buen día, contó Maruja Mallo, una de las intensas mujeres de la generación del 27, a Federico García Lorca, a Salvador Dalí, a Margarita Manso y a ella misma, se les ocurrió atravesar la Puerta del Sol y quitarse el sombrero – no el velo cristiano, ni mucho menos el hiyab, el nicab, el chador o el burka- porque esa prenda les causaba congestión en las ideas. Sólo por ello fueron apedreados en plena calle por su falta de respeto al "uniforme de la decencia pública" que obligaba al el uso del sombrero. Más tarde, y gracias a aquel desafío, se conoció a aquellas mujeres, y a otras que se les unieron, como Las Sinsombrero.

En la II República no se prohibió legalmente el uso del velo religioso que, desde San Pablo, cubrió la cabeza de las mujeres cristianas, pero se entendió ardorosamente que aquella costumbre católica chocaba frontalmente con la voluntad de construir un Estado laico. Se combatió al velo de otras maneras como la limitación de las procesiones en espacios públicos; la presión, y muchas veces, la agresión contra los curas y monjas (que acabó en genocidio) y su negación en escuelas y hospitales públicos (hasta se impidió a las monjas llevar hábito).

Cuando yo era niño, doce años después del fin de la Guerra Civil, recuerdo perfectamente que las mujeres, mi madre entre ellas, iban con velo (mantilla), un velo negro pero transparente, a la Iglesia y que los hombres se situaban en el lado el Evangelio mientras las mujeres lo hacían en el de la Epístola. Poco a poco fueron decayendo tales usos, sobre todo durante los años del Concilio Vaticano II. Finalmente, el uso obligatorio del velo fue omitido, que no prohibido, en el Código de Derecho Canónico de 1983, durante el papado de Juan Pablo II.

Ni que decir tiene que aquella imposición de cubrirse la cabeza en señal de modestia o sumisión era muy mal vista por todos los que entonces nos oponíamos a la dictadura. ¿A alguien le cabe duda de que dicho Concilio contribuyó a ensanchar el horizonte de libertad de la mujer en toda la Iglesia? Y así fue celebrado por los demócratas de entonces. El velo era sumisión, desigualdad, atavismo y sacralización de la vida y su desaparición casi total fue aplaudida, especialmente por la izquierda.

Por eso, es escandaloso el tratamiento que toda la autoproclamada progresía española está dando al uso del hijab y el burka en estos días, cuyo uso defienden por ¡razones de libertad individual!, fíjense, qué gran libertad la de una mujer que se ve forzada por una cultura religiosa dominada por los hombres, como la musulmana, a tapar su cabeza o toda su cara por imposición legal (Sharía) y miedo social.

La falacia es de tal calibre que sólo cobra cierto sentido cuando se la contempla desde el odio a la religión católica y al peso de su historia en España. El velo religioso sólo es algo terrible para la dignidad de la mujer si se es cristiano, pero si se es islamista, entonces no. Hasta Bildu, la heredera de aquella ETA que asesinó a 58 mujeres sin importarles qué llevaban puesto, defiende ahora la libertad de conciencia para las usuarias de burka y hiyab.

Ni una palabra sobre su significado. "Encerrada en el harén, oculta bajo sus velos, todavía no se tiene la seguridad de que no inspire deseo a nadie: inspirar deseo a un extraño ya es faltar al esposo y a la sociedad", escribió Simone de Beauvoir que se estará removiendo en su tumba al escuchar las proclamas neocomunistas de Podemos, de Sumar y de los embozados proetarras en favor de la libertad de indumentaria para la mujer musulmana y contra la estigmatización de la población islámica.

(Eso no quita que se ataque la enseñanza católica, por ejemplo, concertada o no o se prohíba el jamón en los colegios porque ofende a los alumnos musulmanes.)

Que ni siquiera se exija a los clérigos y ayatolás la libertad de cualquier mujer musulmana en España, y fuera de ella, para decidir si lleva o no hiyab, burka o lo que sea, es penoso y conduce a pensar que la única razón que queda en esta izquierda es la razón del poder, de todo lo que conduce a él con el fin de "reemplazar" a sus enemigos con los medios que sean. Conviene estar a bien con las minorías, las que sean y como sea, para acabar con la mayoría española que aún existe. Si es de tradición judeo-cristiana, cuanto antes.

Por eso, he decidido que, a partir de ahora, cuando me refiera a esas mujeres que nutren todos los partidos y movimientos de esta izquierda cada vez más arracional e insensible a sus contradicciones e inconsecuencias, las voy a llamar Las Consombrero. Seguramente, si el viaje en el tiempo fuera posible, trasladadas a la Puerta del Sol del año 1925, hubieran estado entre los que apedrearon a Maruja, Margarita, Salvador y Federico. No tengo duda alguna.

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