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Pablo Molina

El Decálogo de Feijóo

Es Vox quien debería fijar los límites programáticos para otorgar su confianza a los candidatos del PP, puesto que es el partido al que los populares van a pedir el voto

Europa Press

Guardiola y Azcón ya cuentan con el decálogo que Feijóo ha inspirado a su partido (como Yavé hizo con el pueblo judío a través de Moisés), para conducir las negociaciones de cara a la formación de los gobiernos autonómicos tras las recientes elecciones. Salvando las distancias (a favor de Feijóo, por supuesto) estamos ante los diez mandamientos que deberán cumplirse en los acuerdos que puedan alcanzarse con Vox, cuyos votos son imprescindibles para que el PP pueda seguir gobernando Extremadura y Aragón.

Lo primero que sorprende es que el PP haya elaborado un documento de ese tipo antes de sentarse con el partido de Abascal, lo que indica la escasa confianza de Génova en sus candidatos locales a la hora de liderar las conversaciones para la investidura. Por otra parte, es Vox quien debería fijar los límites programáticos para otorgar su confianza a los candidatos del PP, puesto que es el partido al que los populares van a pedir el voto. Comenzar las negociaciones con una imposición desglosada por puntos (algunos de ellos contradictorios; luego iremos con eso) no parece la mejor estrategia para llegar a un acuerdo rápido.

Todo parte de un malentendido en las filas del PP: aún no se han enterado de que no tienen mayoría absoluta y que, por tanto, tienen que bajarse los pantalones ante Vox para poder gobernar. Es duro, claro, pero el mandato de las urnas es inequívoco y, como partido ganador, es el PP el que debe transigir y hacer esfuerzos, en lugar de reclamárselos a la formación cuyos votos pretende aglutinar.

Hay dos cosas sorprendentes en los diez mandamientos elaborados por la dirección nacional del partido de Feijóo. La primera es que, después de establecer en el punto número dos que "Los acuerdos se ceñirán a las medidas que legalmente pueden adoptarse por parte de cada Administración", argumento perfectamente razonable, en el epígrafe octavo se refieren a las políticas climáticas, la política energética y la política migratoria, competencias exclusivas todas ellas del Estado, como es bien sabido.

El segundo despropósito aparece en la parte final cuando el PP exige evitar "cualquier forma de chantaje parlamentario", una expresión innecesariamente ofensiva y contraproducente si lo que se pretende es alcanzar un acuerdo que otorgue estabilidad a los nuevos gobiernos. El broche definitivo lo pone el punto décimo y último, al exigir "el compromiso de aprobación de cuatro presupuestos" años antes de que sus candidatos los hayan presentado, un abuso especialmente ridículo ante el que los de Abascal pueden sentirse legítimamente insultados.

A la vista de todo ello cabe preguntarse si el marco negociador establecido por la dirección nacional del PP es un documento leal, fruto de la mejor voluntad de los populares para alcanzar un acuerdo con Vox, un tirón de orejas por todo lo alto a Guardiola y Mazón o una pantomima de cara al electorado popular para distinguirse del partido conservador, la obsesión enfermiza del equipo de Núñez Feijóo.

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