
La salud es como la alegría, que se te mueve una tecla y tienes alergia. Somos frágiles y mortales. La hipocondría a menudo no es desvarío, sino prevención, salud. Más vale prevenir, que decía Ramón Sánchez Ocaña. Tengo en mi biblioteca el libro "Primeros auxilios para hipocondríacos", de James Gorman, que podría haber sido más divertido, pero aún tiene algún golpe de gracia. En la contraportada figura una foto del autor, con una bolsa de hielo en la cabeza y un termómetro en la boca, junto al texto biográfico: "James Gorman vive en Nueva York y tiene 38,8 de fiebre".
La madre de la hipocondría es el miedo. En El caso del señor vestido de violeta, de Mihura, Roberto Zarzalejo es un torero peculiar que sufre un trastorno desconocido para la medicina del momento, tiene "complejo de viejecita". Le atiende en consulta el prestigioso Rimosky. "Pues lo que yo tengo, doctor Rimosky, y se lo voy a contar en cuatro palabras, es un caso único en la historia de la medicina…", pero el médico le interrumpe: "¿Quiere hacer el favor de callarse? No me gusta que los enfermos me digan lo que tienen... A mí lo que me divierte es acertarlo... ¿Sabe usted?"
El célebre doctor le diagnostica el complejo de viejecita, "un instintivo medio de defensa para el que siente cerca el peligro y se refugia en una falsa vejez prematura. Al convertirse en viejos, se encuentran más protegidos por los hombres". "¿Va usted a decirme que lo que yo tengo es miedo?", pregunta el torero un tanto decepcionado porque querría tener alguna dolencia más espectacular. "Naturalmente, usted tiene un miedo espantoso", zanja Rimosky.
La enfermedad es el mayor miedo de los tiranos, más aún de los que nunca soñaron con alcanzar el palacio y viven en una prolongada ensoñación, porque es una de las pocas cosas que escapan de su control. Stalin vivía obsesionado con la posibilidad de morir envenenado y mandaba examinar cada plato antes de comer. De Hitler se ha dicho que traía loco a su médico con todo tipo de síntomas menores. Y el norcoreano Kim Il Sung estaba obsesionado con vivir más de cien años y se sometía a tratamientos extraños como transfusiones de sangre de jóvenes o sesiones de risoterapia; spoiler: cascó a los 82.
Lo mejor de la mala salud es asumirla. Tanto en el reino animal como en el vegetal, el aspecto externo es el reflejo del interno. La pechuga de pollo que duerme diez días a la intemperie da muestras evidentes de no estar en su mejor momento. Todos somos, de algún modo, pechugas de pollo. Uno aprende que la cara es el espejo del alma después de levantarse un día de resaca pasados los 40; en la última, el color de mi rostro era indistinguible de unas natillas. "Como buen hipocondríaco, usted siempre está enfermo pero no siempre está lesionado", escribe Gorman, "el mundo es un lugar lleno de heridas que están esperándole para atacarle". En caso de emergencia, recomienda, "asegúrese de que respira", "no sangre", y "observe su aspecto general. ¿Está amarillo? La ictericia siempre significa algo".
Sin embargo, ante la enfermedad y la vejez, a lo largo de su evolución, algunos animales han encontrado la manera de disimular sus dolencias, bien para impresionar a las hembras, bien para engañar a los machos hostiles. Sobre todo el hombre, gracias a la medicina estética. Otras bestias que no tienen acceso al bótox han encontrado en el mal humor una manera bastante eficaz de ocultar su débil salud. Leo en una viejísima enciclopedia del mundo animal que ciertas aves y primates, si se sienten enfermos, exageran sus comportamientos agresivos para aparentar estar sanos frente a rivales o depredadores. Y a menudo lo exageran contra otros más débiles.
Por lo demás, sigo desde hace muchos años a Miguel Ángel Pérez y nunca le he visto publicar una trola.

