
El presidente español compareció en nombre del miedo. Conoce a su electorado. Hay amenazas que dan miedo y otras que no, por motivos a veces inexplicables. Por eso, Sánchez se puede permitir la contradicción de apoyar una guerra en un sitio y cantar el "no a la guerra" en otro. No es que las convicciones extiendan siempre un paraguas moral, pero para el caso sirven las que son del tipo clínex. Entre las amenazas que dan miedo está desde hace más de dos décadas el yihadismo en sus cambiantes formas. En España, dejó un rescoldo de temor que ahora quiere reavivar el Gobierno a ver si saca del letargo electoral a sus bases.
No es tan difícil hacerlo. Ya se hizo. Basta ayudar a que el miedo siga el curso natural de desplazarse de lo más desconocido e incontrolable a lo más próximo y cercano. Es lo que sucede desde que se hizo aparente la globalización del terrorismo islamista. El miedo se traslada de los que ejecutan y patrocinan el terror a los que están dispuestos a combatirlo. El "no a la guerra" originario venía a decir que el verdadero peligro eran los Estados Unidos, no el islamismo. Y la misma consigna, en su retorno, dice que la amenaza son los Estados Unidos y no el régimen de los ayatolás.
En este teatrillo de operaciones políticas, no hay lugar para considerar que el régimen iraní lleva años tratando de fabricar armas nucleares y que las negociaciones y la diplomacia no han logrado detenerlo. Ni que, a pesar del revés sufrido por el ataque norteamericano el verano pasado, estuviera otra vez en ello. Todo eso es complicado y no tiene sentido embarullar un guion conocido y fácil. Lo humanitario, la dictadura represiva, los iraníes masacrados se gestionan con una frase, para aliviar la conciencia progresista, pero la prioridad es oponerse a Trump. Es opinable si Sánchez ha querido provocar a Trump o no, porque podía haber mantenido una posición menos exhibicionista. El hecho es que en su declaración no lo mencionó. Una poda prudente. Con un cara a cara no se atreve.
El mundo gubernamental está eufórico con la declaración de Sánchez, porque son pocas las buenas noticias que puede celebrar. Pero la euforia sólo tiene sentido si el "no a la guerra" resulta ser la chispa que vuelve a encender el motor de la izquierda. Y hay que hacer una visita al pasado para calibrarlo. Porque se ha magnificado mucho el poder de aquella movilización. El caso es que después de muchas manifestaciones masivas, camisetas y farándula, las elecciones autonómicas y municipales de 2003, justo dos meses después del inicio de la invasión de Irak, consolidaron el poder del PP de las Azores. Y al año siguiente, las encuestas vaticinaban una mayoría absoluta del PP en las generales del 14 de marzo.
El gran efecto político del "no a la guerra" se produjo porque hubo una masacre, la de los trenes de Atocha, tres días antes de las elecciones. Fue entonces cuando se manifestó el poder de la consigna y su subtexto. Se manifestó rodeando las sedes del PP y atribuyendo la masacre a una represalia islamista por haber apoyado Aznar a Bush. Fue una tragedia inesperada y excepcional la que permitió que el "no a la guerra" destilara su potencial político divisivo y tóxico. Pero la historia difícilmente se repite. No va a tener el Gobierno meses de "no a la guerra" por delante. Sánchez no ha sacado de la botella al genio que le va a dar el respiro electoral que le falta.
