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Pedro de Tena

La democracia y la muerte

Nadie puede tener claro algo tan grave y decisivo en asuntos para los que que no se disponen de segundas oportunidades.

Un grupo de curiosos se reúne en el hospital donde se le ha practicado la eutanasia a Noelia Castillo. | EFE

Hay una inquietante confusión entre los que se dicen demócratas, pero no lo son ni lo quieren ser salvo en apariencia interesada , y los que se dicen, y tratan de ser, demócratas, acerca de la muerte. Sobre todo en España, no es ya que haya confusión. Es que hay barullo, diarrea mental, intencionada o no. La democracia se entendía en la oposición de la que formé parte , si bien tangencial y moral, durante el franquismo, como un régimen opuesto a la muerte y defensor de la vida en libertad.

Callemos ahora sobre las muertes diseñadas por los dirigentes social comunistas y separatistas de la II República y sobre las ejecuciones de Franco tras vencer en la Guerra Civil. Hablemos sólo desde 1960. Desde ese año a 1975, Franco y su régimen autoritario condenaron a muerte a 29 personas, con ciertas garantías legales. En ese mismo periodo, ETA condenó a muerte y ejecutó a 44 personas sin respeto alguno por sus derechos. No es un tema de cantidad, pero es una señal.

Durante los primeros años de la Transición, desde 1976 a 1982, no se cumplió ninguna condena a muerte por orden del Estado. Desde 1978, como es sabido, la pena de muerte había sido eliminada de la Constitución, impulsada muy deliberadamente por una izquierda que ignoró que en esos años, ETA condenó a muerte, sin juicio, ni garantías, ni ley, a 354 personas y aun así, había muchos, que se consideraban de izquierdas, que justificaban tales asesinatos. Muertes, no pero sí, según y quiénes y por qué, pero siempre sin marcha atrás posible.

Tras loa asesinatos políticos, el más grave escándalo por razón de muerte de inocentes sin defensa, fue el de los abortos. Dejemos ahora a un lado las razones o sinrazones de su ataque y defensa y vayamos a los hechos sin edulcorar. No sabremos nunca los que hubo bajo el dominio franquista porque el aborto era considerado un crimen y naturalmente era ocultado. Habrá habido muchos, pero sólo desde el siglo XX, la democracia lo ha amparado legalmente y puesto su procedimiento en manos del Estado.

Se ha calculado que desde 1985, fecha en que la que se despenalizaron tres supuestos para consumar la interrupción voluntaria del embarazo, se han practicado en España más de 3 millones de abortos, casi 700.000 desde 2018 cuando llegó al gobierno la coalición Frankenstein liderada por PSOE y Podemos.

Se puede discutir todo lo que se quiera sobre el aborto. Pero no cabe duda de que es una interrupción voluntaria del proceso que, de continuar, daría como resultado un ser humano vivo. O sea, se considere ideológicamente al feto un ser humano pleno o no, con los meses que sean, lo que no es discutible es que algo vivo es frustrado por decisiones ajenas a él mismo, que no puede intervenir ni tiene defensa legal alguna.

Luego está lo del suicidio y la eutanasia. Difícil es saber cuántos suicidios se consumaron desde 1939 a 1975 porque eran inmorales, además de ilegales, y podrían disfrazarse como "accidentes" o "asuntos circunstanciales". Lo que sí parece sentado es que desde 1975 a 2026, la cifra de suicidios ha ascendido hasta los 149.000, algo que contradice en bastante medida que la democracia sea la mejor organización socio-política para el cultivo de la vida.

Si atendemos a la eutanasia, esto es, al suicidio gestionado y pagado por el Estado en nombre de todos nosotros, desde su legalización en España en 2021, se han practicado casi 1.500 intervenciones consumadas, lo que da una idea no sólo de que los hechos van por delante de todo argumento aunque nadie recuerde en realidad un debate de nivel entre sus partidarios y quienes la consideran una conducta mora inadecuada, máxime si está mediada por el Estado.

Leía hace poco el libro autobiográfico de mi admirado Jaime Mayor Oreja y me conmocionaba comprobar cómo su vida había estado circunstanciada por la muerte, por los asesinatos de ETA, por los miles de abortos, por los suicidios, por los eutanasiados por el Estado. Yo no tengo la seguridad, léase fe, que él tiene sobre todo, pero sí creo que esta oscura relación de la muerte y la democracia debe ser digna de un gran diálogo nacional. ¿Qué le pasa a nuestra democracia, si es que es tal, que tiene en tan poca estima la vida de tantos?

Hablaba hace pocos días con mi amigo, y diría que profesor y soportador, Agapito Maestre, y le confesaba que yo no tengo claro nada sobre el aborto y sobre la eutanasia a pesar de mi defensa de la libertad personal, en la que el individuo nunca nace solo y es inscrito en unas comunidades sucesivas. Me sorprendió su elogio ante lo que yo sinceramente creía una falta de reflexión y sedimentación. Nadie puede tener claro algo tan grave y decisivo en asuntos para los que que no se disponen de segundas oportunidades.

Cuando he pensado en nuestra desgraciada Noelia, no lo he hecho rebuscando en principios liberales ni cristianos ni mixtos. Mucho menos en doctrinas socialistas que, al considerar al individuo una propiedad del Estado, siempre han considerado una aberración el suicidio, la eutanasia y el aborto, salvo que fueran en interés del partido (véase su prohibición en la época estalinista).

He pensado en quién y cómo era yo a los 25 años y cómo he cambiado después debido a la reflexión y a la experiencia de alegrías y sufrimientos. ¿No se merecía ella la oportunidad que le podría haber proporcionado el tiempo como me la proporcionó a mí? Pero no fue sólo su decisión personal, sino la decisión de un Estado. Por eso, sí, creo que esta democracia que nos hemos dado, como acusa el reciente libro de Iván Vélez, tiene un problema con la muerte.

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