
Las crónicas de cámara del fin de semana pasado cuentan con multitud de detalles melodramáticos la despedida de María Jesús Montero. Nos dicen que la pobre desgraciada, radicalmente contraria a dejar el Gobierno, le dio el sí al único que podía pedirle tamaña renuncia. Que naturalmente no es otro que el gran muftí de la izquierda mundial, el preclaro Pedro Sánchez, que le ha solicitado a la gran estadista el doloroso martirio de abandonar el oficioso cargo de mujer más poderosa de España para intentar levantar las pobres perspectivas del PSOE en Andalucía. Los socialistas le montaron a la Juana de Arco andaluza en el Congreso una despedida acorde con su generosidad. Es todo tan falso, el montaje y cómo se cuenta, que da vergüenza ajena contemplar el espectáculo o leer las piezas que lo narran.
A María Jesús Montero no la ha elegido Sánchez como candidata a la Junta de Andalucía por tener más posibilidades que cualquiera de lograr un buen resultado. Si acaso, al contrario. Porque, si Montero tuviera una probabilidad razonable de ganar, no habría sido seleccionada. Puestos sus reales en el Palacio de San Telmo, Montero se convertiría en una rival de Sánchez en caso de perder éste las generales. Como lo sería cualquier socialista que fuera capaz de ganarle a Moreno Bonilla. Como lo es Page, siendo la presidencia de Castilla-La Mancha menos importante que la de Andalucía. De forma que el haber sido escogida no se debe a ser una buena candidata, sino precisamente a ser el petardo que en realidad es, alguien cuya derrota está más que garantizada. Además, enviándola al matadero, el presidente la castiga por haberse estado tímidamente postulando para la secretaría general del PSOE durante los cinco días de reflexión que el marido de Begoña se tomó bajo amenaza de dimisión. Hace falta ser mendruga para, conociendo como conoce al personaje, creerse en su momento que el sujeto estaba de verdad dispuesto a marcharse a su casa. Mucho menos por una razón sentimental. En el pecado lleva la pobre la penitencia.
La única ocasión que tiene Montero de volver a ser la mujer más poderosa de España depende de que Sánchez se mantenga en la cumbre o en que, aunque sea descabalgado, vuelva a encaramarse a ella. A eso va Montero a Andalucía. A controlar aquella federación en nombre de Sánchez y que éste no pierda la secretaría general del partido por adversas que sean las circunstancias futuras, que pueden llegar a serlo mucho. Y si llegan a serlo tanto que Sánchez se hunde, que a Montero (y a López y a Puente y a Bolaños) no le quepa duda de que se hundirá con él. En el castillo de Sánchez, se entra por la puerta grande, pero de allí no se sale como no sea para ser arrojado al foso de los caimanes o camino del exilio, marchando cabizbajo tras el caudillo. Y qué tiene esto que ver con los abrazos, las lágrimas, las despedidas, los sacrificios y demás monsergas. Nada. Todo es a mayor gloria de Sánchez. Y los periodistas de cámara no pueden ignorarlo. Ellos sabrán por qué prefieren ocultar la verdad y contar, ellos también, lo que a la gloria de Sánchez convenga.
