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Cristina Losada

"¡No es nuestra guerra!", imploran

El "no es nuestra guerra" suena a imploración a los ayatolás para que, mientras tengan unos misiles y drones, no se confundan de objetivo.

EFE

Los poderes europeos han declamado, uno tras otro, que la guerra que se libra contra el régimen de los ayatolás no es su guerra en absoluto. Nadie les preguntó por anticipado, eso es cierto, pero también es altamente probable que de haberles consultado su respuesta hubiera sido la misma, y no hay duda de que esa consulta habría tenido el efecto de privar a Estados Unidos e Israel del elemento sorpresa, cosa importante cuando el primer golpe consiste en liquidar a la cúpula del régimen. Pero la falta de consultas previas no es la razón primordial por la que han querido distanciarse de una operación que consideran un grave error, aunque se acerque más a la verdad decir que la califican de grave error para justificar la toma de distancia. Los poderes europeos han compuesto un memorial de agravios contra los Estados Unidos de Trump y contra él personalmente, y se lo están devolviendo con su "no es nuestra guerra".

Quedar fuera de cualquier participación militar en la Epic Fury era una situación ventajosa para los Gobiernos europeos, pero no tardaron nada en echar a perder la comodidad que ofrecía la exclusión. Tenían a mano la posibilidad de mostrarse un poco menos hostiles con los que están librando la guerra y un poco menos complacientes con el régimen iraní, y han hecho lo contrario. El "no es nuestra guerra" suena a imploración a los ayatolás para que mientras aún tengan unos misiles y unos drones no se confundan de objetivo y se aseguren de lanzarlos contra otros. Suena a típica maniobra de apaciguamiento. Dirigida, nada menos, a un régimen que esponsoriza el terrorismo internacional y masacra, periódicamente, a los que se levantan en protesta. Para los bardos del "no es nuestra guerra", lo determinante será lo primero. Los derechos humanos, ya se sabe: depende.

En las democracias europeas, la política es muy dual. Hay materias en las que no tiene en cuenta para nada a la opinión pública y es decididamente despótica, mientras que en otras, ay, a lo único que hace caso es a las encuestas. Y las encuestas las mueve el diablo. Sólo hay que comparar. Por los palestinos de Gaza se generó gran simpatía; por los iraníes masacrados por sus gobernantes, muy poca. Cosas que pasan, no por casualidad. Para excitar los ánimos contra Israel y los Estados Unidos hace falta muy poco. La base es sólida. En consecuencia, el organismo mediático está segregando un relato sobre la guerra que confirma los dictámenes de los poderes europeos, feliz coincidencia, tampoco casualidad. Es un relato que parte de una premisa no declarada y que, por resumir, dice que Donald Trump tiene que fracasar. El resultado práctico cotidiano es que a lo que diga el régimen iraní se le da credibilidad y a lo que digan los Estados Unidos no se le da ninguna. Es lo de Hamás como fuente fiable y absolutamente veraz, elevado al cubo.

Los poderes europeos han renunciado a la ventaja que les daba no haber sido invitados ni presionados a participar en una guerra para intentar cobrarse una victoria política frente a Trump por estos y aquellos agravios. ¡Te buscaré en Groenlandia! Más los aranceles, la OTAN, qué sé yo. No han elegido el mejor momento para una venganza. Con miopía política, están empeorando su situación. Para terminar de fastidiarla, sólo les falta hacer una cosa más, si hay tiempo y oportunidad: negociar con lo que queda del régimen iraní el pago del chantaje por pasar por el Estrecho de Ormuz. Ante todo, no arriesgar.

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