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EDITORIAL

Sánchez y las bases americanas

Lo que dice Trump respecto al papel de la OTAN y de sus miembros europeos en Irán es muy cierto, por mucho que lo diga con su (mal) estilo habitual.

Puede que Donald Trump tenga las formas de un auténtico patán y es difícil negar que sus idas y venidas, sus subidas y bajadas no sólo transmiten una imagen de muy poca seriedad sino que, al menos por lo que hemos visto hasta ahora, tampoco facilitan la consecución de los que se supone que son sus objetivos estratégicos. Así ha sido en Irán, en la relación con Rusia, en su política arancelaria…

Sin embargo, eso tampoco significa que todo lo que dice o emprende Trump sea un error: golpear a un régimen criminal como el de los ayatolás, que asesina a sus propios ciudadanos de forma masiva y exporta el terrorismo a todos los continentes es algo positivo para Estados Unidos, para el resto del mundo civilizado e incluso para los propios iraníes, que quizá así tengan una oportunidad de acabar con esa dictadura vil.

Y lo que está diciendo Donald Trump respecto al papel de la OTAN y de sus miembros europeos es muy cierto y tiene toda la razón, por mucho que lo diga con su (mal) estilo habitual. Desde la II Guerra Mundial Europa ha delegado buena parte de su defensa en Estados Unidos. Es cierto que a los americanos también les interesaba que sus aliados se interpusiesen entre la antigua URSS –o la no tan nueva Rusia de Putin– y su costa, pero también lo es que países como España o Alemania han podido disfrutar de un estado del bienestar que en una parte significativa se financió con el dinero que no se invertía en defensa, gracias a la presencia del hermano americano.

Este es el caldo de cultivo previo, que ya había irritado –e insistimos, con razón– a la Administración Trump y en el que ha llegado lo ocurrido los últimos 40 días con la guerra de Irán. Un conflicto que es cierto que Estado Unidos e Israel empezaron sin consultar a sus aliados europeos –que tampoco tienen el derecho de veto que parecen reclamar, dicho sea de paso–, pero que después ha derivado en problemas que afectaban a todos los demás, sobre todo a raíz del cierre del estrecho de Ormuz, por cierto, en contra de todos los principios de la legalidad internacional.

Pero es que naciones europeas como España, especialmente España, no sólo no han colaborado de ninguna forma en el esfuerzo bélico, sino que se ha dedicado a poner palos en las ruedas y, encima, lo han hecho con recochineo, al menos en el caso de nuestro país, que ha hecho bandera de su negativa a colaborar con sus aliados y, encima, poniéndose del lado de una repugnante dictadura teocrática, asesina y terrorista.

Lo peor de todo, quizá, sea que pese a toda la retórica sentimentaloide, Sánchez no ha hecho nada de esto por esos principios de los que tanto presume y carece, sino por puro, rastrero y cortoplacista interés electoral y sin ninguna consideración por los intereses de España.

Ahora resulta que Estados Unidos puede vaciar las bases militares que tiene en nuestro territorio, en un gesto que es muchísimo más que simbólico, porque sin el apoyo –moral, material y militar– de nuestros aliados, España puede enfrentarse a un serio problema: no olvidemos que somos el único país europeo que tiene dos ciudades y todo un archipiélago reclamado por una potencia extranjera. Y si a ustedes les parece que esto no puede derivar en un problema militar deberían aprender un poco más sobre qué tipo de país es Marruecos, que no tiene nada que ver con una democracia occidental y, ya de paso, revisar la historia no tal lejana de la Marcha Verde o, todavía más cercana, de Perejil.

Lamentablemente, si llegase a producir ese adiós de los soldados americanos, no sólo no provocaría la caída del Gobierno, sino que más que posiblemente beneficiaría a Pedro Sánchez, de hecho ya le está beneficiando en las encuestas. Es un ejemplo paradigmático de una verdad que se cumple con tanta regularidad que parece una ley de la física: todo lo que es malo para España es bueno para Sánchez y viceversa.

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