La homofobia de la izquierda
Lo ocurrido entre Sarah Santaolalla y Vito Quiles durante la última semana evidencia que la izquierda no combate la intolerancia, sino que sólo aspira a monopolizarla.
Madrid, 7 de julio de 2019. Era la tarde de un sábado caluroso y acudí a la manifestación del Orgullo, como ya llevaba años haciendo. En el pasado, había ido con UPyD, pero en ese momento lo hice con Ciudadanos. ¿El motivo? Me gustaba reivindicar mi derecho a la libertad sexual desde una posición no colectivizante, sino como un sujeto político que ejerce sus derechos fundamentales, y el espacio del liberalismo reformista me parecía el más apropiado para ello.
Sin embargo, para una buena parte de la izquierda, la presencia de quienes pensaban como yo resultaba intolerable. Ciudadanos acababa de pactar de pactar varios gobiernos autonómicos y locales con el PP y Vox y esa fue la excusa para que, desde determinados sectores, se exigiera que se nos expulsara de allí. Durante la primera parte del recorrido hubo insultos aislados, pero llegó un momento en que un grupo organizado se situó delante y no nos permitió avanzar.
Ese fue el momento en el que comenzó el infierno: nos rodearon, nos empujaron, nos increparon y hasta nos lanzados objetos y líquidos. Los mismos que llenan discursos enteros con apelaciones al amor, la tolerancia y el respeto se comportaron como una turba enfurecida, con esa mezcla de fanatismo moral y agresividad física que suele acompañar al sectarismo político.
Casi siete años después, el fondo del problema sigue siendo exactamente el mismo. Lo hemos vuelto a ver en el episodio protagonizado por Sarah Santaolalla cuando esta afirmó que Vito Quiles "se había enrollado" con varios hombres. Al margen de que esto sea cierto no –Quiles lo desmiente y afirma que le gustan las mujeres–, es vergonzoso que quienes se envuelven en la bandera arcoíris recurran a estas prácticas.
Nadie tiene derecho a sacar a otro del armario a la fuerza, por más deleznable que le parezca esa persona. Es más, al hacerlo público, Santaolalla le da una carga peyorativa, ya que lo encasilla en algo que se puede utilizar para desmerecer al adversario.
La hipocresía de todo esto radica en que quienes más afirman defender los derechos inherentes a la libertad sexual son quienes menos reparos tienen en usarlos como trapos cuando consideran que estos pueden ser usados para ayudarles a conseguir sus objetivos políticos. No obstante, la cuestión de fondo es aún más grave de lo que parece, pues revela que para la izquierda los derechos no son principios universales que deben respetarse siempre, sino herramientas retóricas que se enarbolan cuando conviene y se arrinconan cuando estorban.
Mientras sirven para construir una imagen de superioridad moral, se invocan sin descanso. Pero cuando esos mismos derechos protegen a alguien incómodo, a un disidente o a un rival, dejan de ser sagrados para relativizarse, retorcerse o directamente pisotearse. Y es ahí donde aflora la impostura: no estaban defendiendo la libertad sexual como un concepto inherente al ser humano, sino como un patrimonio ideológico del que creen ser dueños y que administran de forma arbitraria.
El problema, en definitiva, no es solo la bajeza de este episodio en concreto, sino la degradación moral de una izquierda que ha dejado de creer en las libertades como límite frente al abuso para convertirlas en un simple instrumento de poder. Las invoca cuando refuerzan su superioridad impostada, pero las aplasta cuando protegen al disidente. Y así, entre tanta pancarta, tanta consigna y tanto discurso grandilocuente queda al descubierto la verdad más incómoda de todas: no odian la discriminación, sino el no poder administrarla ellos.
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