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Del derecho a la vida

Ese sentimiento de culpabilidad es el que parece haber desaparecido de una "clase política", la española, ante el hecho terrible de que más 100.000 fetos al año son abortados antes de su nacimiento.

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El terrorismo generalmente queda impune. Repárese, por ejemplo, en el 11-M. También el crimen político rara vez lleva aparejado un castigo. No ha habido castigo capaz de compensar el crimen comunista y nazi. La historia de la humanidad muestra que, salvo raras excepciones, nunca existe un castigo capaz de compensar humanamente el crimen cometido. Es menester, pues, estudiar la impunidad del crimen político, porque pudiera reproducirse fácilmente en democracias de baja calidad, o sea, basadas únicamente en unas meras votaciones como es el caso de la española, donde las diferencias con las dictaduras de un régimen de derechos más o menos amplios son mínimas.

Además, porque el criminal político se resiste siempre a reconocer su culpa, difícilmente el hipotético e imaginario castigo que pudiera aplicársele tendría algún efecto de reparación moral sobre la víctima, y menos aún serviría para rehabilitar al asesino. Cuando entre el crimen y el castigo no hay nada que haga relación a la culpa, o mejor, a un sentimiento de culpa del criminal, podemos decir que estamos en sociedades totalitarias. El sentimiento de culpa es civilizador o no es. La eliminación de ese sentimiento por parte del poder implica la desaparición del individuo. Es obvio que no hablo de las manifestaciones anormales de ese sentimiento, que tan bien ha atajado la terapia psicoanalítica, sino de aquellas otras que brotan de la naturaleza del ser humano que se debate constantemente entre una cosa y su contraria, entre el bien y el mal, en fin, hablo del sentimiento de culpabilidad como un mecanismo de defensa contra un mal, que pudiera haber surgido del derecho íntimo que tiene todo ser humano a la libertad.

Ese sentimiento de culpabilidad es el que parece haber desaparecido de una "clase política", la española, ante el hecho terrible de que más 100.000 fetos al año son abortados antes de su nacimiento. Que a la casta política española no le produzca ningún desasosiego moral, ningún sentimiento de culpa, que la ley actual del aborto produzca tal salvajada, es peor que lamentable. Es un ejemplo de que el crimen político no tiene castigo. Es impune. Los socialistas y el resto de los políticos utilizan el asunto en términos electorales. Terrible. La vida y la muerte han quedado reducidas a un puñado de votos. Miserables. Nadie utiliza argumentos morales y políticos de calado. Nadie de la clase política es capaz de sentir bochorno público e indignación moral ante las propuestas de los aborteros socialistas. Todos parecen imitar el argumento de Eichmann, el criminal nazi, que jamás sintió culpa, cuando fue acusado de crímenes políticos contra la humanidad, porque había aplicado las leyes positivas del Estado legalmente vigente, el nazi.

Sí, sí, porque Eichmann obedecía las leyes vigentes no tenía sentimiento alguno de culpa de haber hecho el mal; al contrario, era un ciudadano ejemplar. Es lo mismo que dice el PP: la actual ley es magnífica, aunque impida el nacimiento de más de 100.000 niños al año; el PSOE va un poco más lejos en el salvajismo: según esta gente, es menester otra ley que despenalice el aborto, toda vez que nunca se ha castigado a nadie por abortar; es menester convertir el delito en un derecho. Si ha desaparecido el desasosiego moral en nuestros políticos ante el aborto, si nadie parece tener remordimientos de conciencia o sentimientos de culpabilidad por el indecente asunto de convertir en derecho un delito, en fin, si apenas hay voces políticas que digan algo contra los aparatos de los partidos políticos respecto al aborto, ¿quién nos asegura que no estamos a las puertas de todo vale contra la vida humana? Porque ésta no vale nada para la casta política si desatiende a sus consignas.

El derecho a la vida es, en verdad, el que está radicalmente puesto en cuestión. El derecho es sustituido por la fuerza del más fuerte. La famosa mayoría aritmética. Prevalece la ley del más fuerte que, parapetado en la aplicación torticera de unas leyes discutibles, renuncia "racionalmente" a cualquier sentimiento de culpabilidad. Este civilizador sentimiento ha sido sustituido, como ya hiciera en el pasado Eichmann, por la fe en el partido. Por este camino, el derecho a la vida, el único derecho absoluto junto al de la libertad, pronto será sustituido por el catecismo socialista. La fe en el partido propuesta por Zapatero en la campaña electoral está triunfando. Es el regreso del individuo desarrollado a la caverna salvaje.

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