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Gobierno degradado

Cualquier cosa puede pasar, en efecto, cuando el pueblo, la ciudadanía, ha sido degradada a masa electoral fácilmente manipulable por la casta política.

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La degradación no tiene límites en la política española. La leve confianza que suscitaba Sánchez a los españoles desapareció el día que dijo que agotaría la legislatura. Seguiría hasta el 2020. Mintió a todo el mundo y, sobre todo, se mintió a sí mismo. No presentó la moción de censura para echar a Rajoy y convocar elecciones. Su objetivo no era otro que mantenerse en el poder el mayor tiempo posible… Todo esto ya es muy sabido. No merece la pena perder una sola línea con las mentiras de este señor. Es lo que hay.

La cuestión ahora es otra más grave: ¿tiene este político alguna posibilidad de convertirse en un líder creíble desde la jefatura del Gobierno de España?, ¿le saldrá rentable al PSOE seguir utilizando la institución del Gobierno como principal soporte de una larguísima campaña electoral como la que estamos viviendo?, ¿quedará alguien legitimado en el Gobierno socialista para regenerar el tejido político podrido de estos meses de gobernación convulsa y atrabiliaria? Para este cronista todas esas preguntas quedan abiertas, entre otras razones, porque uno no confía mucho en la conciencia democrática de las masas de votantes españoles. Cualquier cosa puede pasar, en efecto, cuando el pueblo, la ciudadanía, ha sido degradada a masa electoral fácilmente manipulable por la casta política, por el poderío de los medios de comunicación y por la incultura democrática generada por las universidades y centros de educación.

De un país fanatizado que tiene abierto en canal su Estado-nación, como es hoy España, nadie espere que surja algo bueno. Todo es empeorable, incluso el experimento bienintencionado de Valls en Barcelona puede acabar con lo único sensato que ha dado la política española en la última década: el partido Cs. Por lo tanto, nadie descarte que Sánchez, el más genuino representante de la quintaesencia de la degradación de una profesión no menos honorable que la de periodista, se apalanque en el poder hasta que Dios quiera…

El estado de ánimo de la mayoría de los españoles es fácilmente descriptible. Lo recogen los periódicos, las radios y la televisión. Se manifiesta en los parlamentos y en los bares, incluso hay miembros del Gobierno que lo expresan en los mítines. El grito empieza a ser unánime: convoque, señor Sánchez, elecciones. Pero no lo hará. Nadie mejor que él sabe cuál es el estado de ánimo de los españoles, pero se niega a darle salida, porque también sabe que su figura ya apenas es nada en campo abierto, o sea, en un proceso electoral libre de coacciones y presiones. Seguirá embarrando la vida política y manipulando al electorado todo lo que pueda. La señora Rosa María Mateo, la jefa de la tele, es su principal aliada: agitación y propaganda a tope.

Estamos, pues, ante un imparable proceso de degradación de la vida política al que Sánchez no sólo no pondrá fin sino que agitará aún más, porque es su única tabla de salvación. A partir de ahora, su tesis, las dimisiones y ceses de ministros, las mentiras del jefe del CIS, el señor Tezanos dando unos resultados espectaculares en intención de voto al PSOE, las ineptitudes y meteduras de patas del ministro de Asunto Exteriores ante el Brexit, etcétera, nos parecerán asuntos menores… Ya todo está permitido, sencillamente, porque las palabras no valen nada. Ahí tienen las declaraciones del señor Marlaska como ejemplo extremo de encanallamiento de la vida pública: ha negado estar ofendido con la señora Delgado. El ministro del Interior no se cansa de repetir que "las palabras no importan". Da igual lo que diga su compañera en el Consejo de Ministros sobre su figura y su vida privada. Él no se molesta por las habladurías y las grabaciones secretas de gentes sin escrúpulos. Lo único importante son los hechos para el bueno de Marlaska. ¿Son o no un hecho las conversaciones de la ministra con el policía?, ¿son o no un hecho las preferencias sexuales del señor ministro del Interior? En fin.

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