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¿Neocones o neoprogres?

El movimiento liberal y muchos conservadores en EEUU marcan claras distancias con los neoconservadores, a quienes acusan de haber traicionado los principios anti-estatistas de la vieja derecha; y el propio Kristol no se consideraba a sí mismo liberal.

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Irving Kristol, padre del movimiento neoconservador americano, falleció el pasado 18 de septiembre a los 89 años. Kristol era uno de los pocos neoconservadors que aceptaba el distintivo y se explayaba en su significado en artículos como The Neoconservative Persuasion o en libros como Neo-conservatism: The Autobiography of an Idea. Pero hoy en día casi nadie se preocupa por el significado original del término "neoconservador" o "neocón", que se ha convertido en arma arrojadiza de la izquierda contra quienes no comulgan con sus ideas, especialmente los liberales. Algunos han reaccionado aceptando el epíteto como si fuera un piropo –declarándose liberales a fuer de neocones–, sin reparar en la grieta ideológica que separa el neoconservadurismo del liberalismo clásico. No en vano el grueso del movimiento liberal y muchos conservadores en Estados Unidos marcan claras distancias con los neoconservadores, a quienes acusan de haber traicionado los principios anti-estatistas y aislacionistas de la vieja derecha. El propio Kristol no se consideraba a sí mismo liberal, ¿por qué tendríamos que considerarnos neocones los liberales?

En el albur de la Segunda Guerra Mundial, Irving Kristol era de convicciones comunistas y se enfrentaba a la disyuntiva de cómo responder al pacto de Hitler y Stalin y a la ocupación de Europa por parte de dos regímenes totalitarios. El debate en el seno del principal grupo trotskista americano, el Socialist Workers Party, llevó a enfrentar a los trotskistas ortodoxos favorables a la Unión Soviética con los revisionistas, liderados por Max Shachtman y James Burnham. Esta segunda facción se escindió, Kristol se fue con ellos y otros le siguieron.

Kristol evolucionó a posiciones anti-comunistas, pero dentro de los parámetros de un progresismo centrista alineado con el Partido Demócrata. En 1965 fundó la revista The Public Interest, junto con Daniel Bell, que aglutinó a la que sería la primera generación de neoconservadores: Nathan Glazer, James Q. Wilson y Seymour Martin Lipset, entre otros. Norman Podhoretz, otro prominente neoconservador que venía de la izquierda, editaba por aquel entonces la revista Commentary.

Kristol acuñó la frase "un neoconservador es un progresista asaltado por la realidad". El economista Lester Thurow propuso una definición distinta: "un progresista asaltado por la realidad que decide no presentar cargos". El neoconservadurismo nació en parte como reacción al exceso de intervencionismo de la Great Society de Lyndon Johnson, pero en general se mostró complaciente con el Estado del Bienestar. Kristol señalaba en su libro Reflections of a Neoconservative que "un Estado del Bienestar, adecuadamente concebido, puede ser una parte integral de una sociedad conservadora". En su artículo The Neoconservative Persuasion, Kristol afirmaba que el crecimiento del Estado en el pasado siglo no produce alarma ni ansiedad a los neoconservadores, es visto como algo natural e inevitable. "Los ideales decimonónicos tan nítidamente expresados por Herbert Spencer en su The Man Versus the State son una excentricidad histórica". Calvin Coolidge y Barry Goldwater, probablemente el presidente y el presidenciable más liberales que ha tenido Estados Unidos en el siglo XX, no eran santos de su devoción. En materia de políticas sociales y culturales, Kristol apuntaba que los neoconservadores no son muy tradicionalistas pero encuentran más puntos en común con la derecha religiosa que con la derecha de corte liberal.

En política exterior, el principal objetivo de los neoconservadores durante la Guerra Fría era la eliminación del estalinismo, ahora enemigo mortal, por medios militares (algunos defendieron un ataque nuclear preventivo contra la Unión Soviética). Se distanciaron de Reagan en su segundo mandato porque se aproximó a Gorbachov. Es significativo que Kristol dijera que "para mí no hay ningún ‘después de la Guerra Fría’". Refleja el estado mental de "guerra permanente" en la que los neoconservadores parecen inmersos. Esta actitud agresiva en política internacional sería el rasgo definitorio del neoconservadurismo, que alcanzaría el cénit de su influencia durante la Administración de George W. Bush.

En contraste con el conservadurismo de la época de Robert Taft o el paleoconservadurismo actual, los neocones se caracterizan, pues, por defender una política exterior ambiciosa e idealista. Pero esta actitud no tiene raíces conservadoras sino progresistas. El movimiento progresista de finales del siglo XIX y principios del siglo XX simpatizaba con la expansión territorial y fue Woodrow Wilson el que inició la cruzada para "hacer un mundo seguro para la democracia". Como señala el historiador William Leuchtenburg, "pocas personas veían un conflicto entre las reformas sociales y democráticas en casa y la nueva misión imperialista". Eran dos caras de la misma moneda. La vieja derecha se oponía, en cambio, al intervencionismo militar ideológico, arguyendo que la guerra es la salud del Estado y el interés nacional exige una postura defensiva y prudente, no aventurista.

Justin Raimondo, una de las plumas más críticas con el neoconservadurismo, ha calificado la "revolución global por la democracia" de Bush de neo-trotskista, poniendo en relación el pasado de neoconservadores como Kristol y la visión de Trotsky sobre la necesidad de extender la revolución por el mundo en lugar de circunscribirla solo a Rusia. Quizás Raimondo se excede en su interpretación, pero su conclusión sí parece acertada: Irving Kristol y los demás neoconservadores contribuyeron a alejar el movimiento conservador de sus posiciones radicalmente anti-estatistas y a concentrarlo en torno a una actitud pro-activa en política exterior. Hay quienes se sentirán cómodos con este cambio, pero algunos preferimos el conservadurismo de antaño.

Albert Esplugas Boter es miembro del Instituto Juan de Mariana, autor del libro La comunicación en una sociedad libre y escribe regularmente en su blog.

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