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Grandeza y miseria del voto negativo

Hoy me siento arbitrista. Tengo la solución para la ley electoral que mejor se adapta a la manera de ser y pensar de los españoles: el voto negativo.

Amando de Miguel
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Hoy me siento arbitrista. Tengo la solución para la ley electoral que mejor se adapta a la manera de ser y pensar de los españoles: el voto negativo. Consiste en que depositemos en las urnas una papeleta con el nombre del partido que nunca querríamos ver en el Gobierno de nuestro municipio, región o nación. Sería la papeleta del odio, pero no hay que alarmarse. Los españoles expresamos mejor los odios que los amores. Sería fácil el escrutinio de los votos que propongo en mi arbitrio. Bastaría con establecer una clasificación inversa. Gobernaría el partido con menos votos negativos, siempre que cumpliera algunas otras condiciones menudas.

Tendría que decir eso que tanto de oye ahora por imitación del inglés: "Es broma". Cabría algún arreglo para que la propuesta fuera hacedera. Por ejemplo, se puede diseñar un sistema mixto al combinar el voto positivo tradicional con el voto negativo, papeletas blancas y negras.

Fuera de bromas, el esquema real de la contienda electoral se basa mucho en la intención del voto negativo que llevan en la mente muchos ciudadanos. Es claro que el sorprendente ascenso de dos partidos nuevos como Podemos y Ciudadanos se basa en una actitud general de desencanto.

Por eso mismo, debemos pensar que el favor que reciben las nuevas formaciones es más alto en la opinión (conversaciones, tertulias, encuestas) que ante la urna. Ahí reside la grandeza del voto secreto; es más auténtico. En la urna se deposita la verdadera intención. Un voto negativo secreto tendría que ser la expresión más certera de la voluntad popular. Pero ya digo que mi propuesta no pasa de ser una chanza.

El voto negativo va bien para la campaña electoral, en la que los candidatos y el público se desahogan contra los partidos que no son de su gusto. En el caso actual sucede una divertida paradoja. El PP pone a caldo a su rival Ciudadanos (y al revés), pero eso dificulta los posibles pactos que luego tendrán que hacer los dos partidos. La verdad es que a los pocos días se van a olvidar las rencillas. Pasa lo mismo en el otro campo, considerado como radical o de izquierdas. Podemos es el rival del PSOE y de IU, pero su intención es fagocitarlos. El propósito no se consumará del todo, pero en el entretanto las relaciones entre unos y otros son bastante penosas. Es gran error, pues dentro de poco los tres partidos de la izquierda van a tener que pactar si quieren tocar poder. Lo malo no es el voto negativo del electorado sino el que parte de los dirigentes. Al menos así se asegura el espectáculo, que en este año está siendo grandioso.

Otra cosa buena del panorama electoral. Esta vez ya no se va a votar tanto a "los nuestros" sino a las expectativas de que los gobernantes lo vayan a hacer mejor que en el pasado. Por tanto, se trata, paradójicamente de un voto más racional, por muy apasionado que parezca. Por encima de todos los vaivenes dichos resalta la realidad de que a los españoles nos gusta votar.

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