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Incongruencias de la vida pública

La política es también un lenguaje, una manera de entenderse como de no entenderse. La diferencia con otros lenguajes es que este de la política se impone desde arriba, como los impuestos. A veces las palabras del poder son como un impuesto más.

Amando de Miguel
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Queda claro que la política es también un lenguaje, una manera de entenderse como de no entenderse. La diferencia con otros lenguajes es que este de la política se impone desde arriba, como los impuestos. A veces las palabras del poder son como un impuesto más. Es decir, se aceptan sin rechistar.

José María Navia-Osorio me escribe una epístola desazonada sobre esa noticia del Gobierno francés que ha definido un nuevo delito. Se trata del hecho de penalizar la negación de las matanzas de armenios en Turquía durante la primera guerra mundial. Es decir, es un delito de pensamiento, no ya de opinión. Es algo insólito que nos retrotrae a la época de la Inquisición y tribunales similares. A los españoles no nos sorprende demasiado ese desaguisado porque aquí tenemos la ley de memoria histórica. Concluye el de Oviedo que "si a Zapatero le dejan una legislatura más empezaría a multar a quienes negaran los crímenes del franquismo. Algún seguidor de esa corriente ya quiere imputar a Fraga el delito de colaboración con los crímenes del franquismo". Mientras, en España se producen otras incongruencias del lenguaje político. Señala don José María que una señora de su parentela se ha quedado sin plaza en una guardería del centro público donde trabaja. La razón es que para esa plaza tiene preferencia un inmigrante en el paro.

Lo anterior es solo un ejemplo de incongruencias del lenguaje político. Mi amigo Víctor Miguel Pérez Velasco acaba de presentar su último libro La España orwelliana (Sepha). Su tesis es muy clara. La "neolengua" de la fantasía de Orwell en 1984 se puede aplicar muy bien a la política de la época de Zapatero, fundamentalmente por la ley de memoria histórica. Añado que ese anacronismo continúa vivo actualmente; no lleva trazas de cambiar.

Siguen dominando los eufemismos consoladores en la vida pública española. Esa tontería de "violencia de género" continúa teniendo valor oficial. Se entiende que es la violencia extrema de los varones contra las mujeres dentro del círculo afectivo o familiar, pero hay un tabú para no mencionar la voz "sexo". Por otra parte, esa violencia de género no incluye los casos cuando la víctima es un niño o un viejo (de cualquier sexo) o un varón. Son ganas de retorcer las cosas. No me extraña que algunos críticos empiecen a hablar del "femeninazismo" o términos análogos. Son muchos más los nuevos eufemismos de reciente circulación oficial. Por ejemplo, "solidaridad" (para hablar de la reacción ante la subida de impuestos, como si fuera posible una solidaridad obligatoria). Para mí gusto el favorito es "consolidación fiscal" para la subida de impuestos. Se entiende que esa subida es solo "temporal", es decir, de dos años. Donosa medida del tiempo. Queda ya establecido lo del "diálogo social" para indicar la desproporcionada presión de los sindicatos y los empresarios en la confección de la política laboral. Se trata de un resto corporativista del franquismo que nadie discute. Tampoco hay objeción a que el "proceso de paz" sea el triunfo de los terroristas en la vida política. Habría que hacer un homenaje literario al político que dio en llamar "salud sexual y reproductiva" al aborto. George Orwell no llegó a imaginar una pirueta léxica como esa. Obsérvese que no necesitamos un régimen comunista para hacer avanzar la "neolengua" orwelliana. Nos esperan días de gloria. Animo a los libertarios curiosos a que hagan acopio de los términos más imaginativos de la "neolengua". Propongo que se erija un monumento a George Orwell en la plaza de Cataluña en Barcelona.

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