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Amando de Miguel

Inventos necesarios

No es verdad que nos encontremos en un mundo tecnológico con una espiral de descubrimientos deseables cada vez más prácticos y asombrosos.

Amando de Miguel
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No es verdad que nos encontremos en un mundo tecnológico con una espiral de descubrimientos deseables cada vez más prácticos y asombrosos. Hace más de un siglo se inventó el automóvil eléctrico, antes que el de combustión; este último es un motor con más piezas y muy contaminante. Ahora volvemos al principio y hay que recobrar la primitiva opción del automóvil eléctrico. No se ha conseguido todavía un modelo más barato. De momento, el cambio de uno a otro sistema va a suponer un enorme trastorno, la basurización de muchos millones de vehículos movidos por gasolina o derivados. Encima, el cambio nos pilla en medio de una pavorosa crisis económica, la más fuerte de todas las conocidas. Cabe la esperanza de que, a lo largo de la historia, los inventos decisivos se han producido en medio de los periodos de crisis económica, de escaseces.

El problema de la ingente acumulación de residuos no degradables constituye la primera preocupación del mundo, aparte de la ocasional pandemia del virus chino. Nos vemos obligados a que los científicos inventen un plástico barato, reciclable y fácilmente degradable. No tendría que ser difícil, una vez superados los magnos intereses industriales en juego. La cosa no se arregla simplemente con añadir un impuesto más al uso de los plásticos.

Hablando del virus chino (se evita llamarlo así), todos los esfuerzos de los laboratorios punteros se orientan a producir una vacuna eficaz. El mundo entero la espera como si fuera la panacea. Sin embargo, el esfuerzo me parece vano y costosísimo. Aun suponiendo que la vacuna tuviera éxito, sería más bien escaso si lo podemos en relación con el capital invertido. Lo peor es que la tal vacuna no sería muy práctica, dado que el maldito virus muta continuamente, se presenta con nuevas caras. ¿Será un virus inteligente? Más útil sería concentrar los esfuerzos mancomunados de los laboratorios de todo el mundo para desarrollar una terapia eficaz contra el virus chino. Vendría a ser el equivalente de los antibióticos para las infecciones bacterianas. En el bien entendido de que, bacterias y virus, como tales y sin mayores especificaciones, constituyen un elemento necesario para la vida entera del planeta. El verdadero invento sería el modo de aprovechar esa función positiva de nuestros diminutos compañeros de la biosfera. Es lo que empezaron a hacer nuestros ancestros hace miles de años con la fermentación (cerveza, vino, queso, etc.). Representó un gran avance para la civilización. ¿Vamos a ser nosotros menos imaginativos?

No me imagino qué maravillas nos puede deparar el ulterior refinamiento de la electrónica y la informática. De momento, los avances conseguidos son espectaculares. El progreso debe orientarse ahora hacia un lado cualitativo para hacer más amable la vida cotidiana. Por ejemplo, habrá que conseguir que las jóvenes parejas heterosexuales estén dispuestas a tener más hijos. La natalidad en España ha llegado a un mínimo histórico insoportable. Añádase la imparable corriente de inmigración ilegal y se verá que el resultado puede llegar a ser catastrófico. Pero queda claro que no son los inventos de la tecnología ingenieril los que van a resolver nuestras angustias. Lo más difícil y perentorio es hacer que la organización de la vida social y política sea más conveniente para todos y con menos impuestos, esto es, la cuadratura del círculo.

Persiste el viejo sueño de los trasplantes del cerebro, ya que se ha conseguido los de otros órganos. Si se alcanzara tal desiderátum, se presentará el problema de quién es el nuevo sujeto vivificado: el donante del cerebro o el que los recibe. Estupendo problema; es decir, no tiene solución.

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