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La definitiva desintegración de España

Los españoles son vitalistas, dinámicos, siempre dispuestos a todos los cambios posibles. Pues bien, los catalanes, como españoles al cuadrado, todavía más.

Amando de Miguel
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Se dijo un día "España invertebrada" y punto redondo. Pero no es así. No es que España sea un espécimen gelatinoso, sin esqueleto. Mejor sería argumentar que resulta desvertebrada, esto es, que alguien ha roto o desencajado la columna vertebral que nos mantiene como sociedad organizada y autosuficiente. Ese alguien no es un enemigo exterior, sino nosotros mismos, los españoles, especialmente los que nos dirigen en todos los terrenos (ahora dicen "ámbitos").

También podríamos etiquetar a nuestra querida patria como desintegrada, descuajaringada, descoyuntada, desconcertada, desbarajustada, desarticulada. Resulta maravillosa la capacidad expresiva del prefijo des-, que nos hace entender el carácter adverso de lo que viene a continuación. Cuando no se tiene ni idea de la causa de un suceso, se dice "no se descarta ninguna hipótesis". Hay algo misterioso en los vocablos que empiezan por des-.

La cosa empieza en el nivel elemental de las menudas relaciones personales. A pesar del estereotipo de la simpatía, los españoles no se llevan bien con sus iguales en los asuntos particulares. Sobresale el gesto desabrido, el desacuerdo básico, el desprecio hacia el que destaca, el desaire respecto al débil, el desengaño frente al posible entusiasmo, el desaliento en el esfuerzo. Eso es así especialmente cuando anda por medio el dinero, como en los asuntos de herencias. Son actitudes generales que en el mundo del trabajo se manifiestan en la tradicional desgana o desidia. El número de desempleados no es tan llamativo como el de los ocupados desanimados.

No se vea solo un talante colectivo desmadejado. Los españoles son primeros actores que cultivan la desmesura, el despropósito, el desenfreno. Les gusta llamar la atención, aunque siempre con el cuidado escrupuloso de no hacer el ridículo. Eso sería caer en la peor de las desgracias.

Todo lo anterior confluye en un ambiente público dominado por la desconfianza hacia el poder y el desencanto de los contribuyentes (que dicen "ciudadanos"). Como proyección de tales desalmados sentimientos, se perciben los políticos como desacreditados y hasta descerebrados, sobre todo si son de la cuerda contraria. No se entiende bien por qué los que medran en la esfera del poder aparecen tan desprestigiados. Quizá porque el Estado se muestra como la máquina para freír a los españoles a impuestos. Históricamente, la decadencia política española, que pasó por tantos episodios, se manifestó en lo que ahora llamamos deuda pública descomunal.

De nada vale que tal o cual político pretenda ordenar un estado de cosas tan desgraciado. Perecerá en el intento. Aumentará todavía más la sensación de desgobierno que caracteriza la política española de todos los tempos. De ahí que acabe destacando el político que simplemente no hace nada, en todo caso, el que se limita a ayudar con dinero público a los parientes, afines y conmilitones.

El diagnóstico anterior podrá parecer excesivamente simplificador y pesimista, y es así. Pero se apoya en el conocimiento y en la experiencia. Para completar el análisis habría que recordar un hecho fundamental: los españoles son vitalistas, dinámicos, siempre dispuestos a todos los cambios posibles. Pues bien, los catalanes, como españoles al cuadrado, todavía más.

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