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La silenciosa epifanía de los presos vascos

La ETA dejó de matar cuando empezó a cumplir sus objetivos.

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Los términos de la polémica son bien claros. Si a uno le cae bien el Gobierno de Sánchez (o espera sacar algo de él), viene obligado a decir que está muy bien lo de acercar a los presos de la ETA a las cárceles vascas. (Todos dicen "presos de ETA" porque en vascuence no hay artículos). Si uno no espera nada del Gobierno de Sánchez, se percatará de que lo de acercar los presos de la ETA al País Vasco no pasa de un cándido eufemismo. Es fácil cavilar que, a continuación de tal acercamiento, el paso siguiente será la transferencia de la política penitenciaria a las autoridades vascas. Al final, se dejará caer algo parecido a una amnistía. Ya se ha producido en parte, al no investigarse cientos de asesinatos de la ETA. La razón de un proceso tan sinuoso es muy sencilla. Sánchez, con menos votos que nunca en la historia reciente de su partido, debe el cargo al Gobierno del País Vasco. Los favores hay que devolverlos. Es una regla de gente bien nacida.

Cabe argumentar que, dado que la ETA ha sido derrotada e incluso se ha disuelto, no tiene mucho sentido que haya presos de tal histórica banda. Pero el supuesto es falso. La ETA dejó de matar cuando empezó a cumplir sus objetivos. Sus herederos gozan de puestos en el Parlamento vasco y en el español, aparte de en otras instituciones. El avance decisivo ha sido que Euskadi camina francamente hacia la independencia sin esconderse. La prueba es que su Gobierno dialoga de igual a igual con el Gobierno de España ("del Estado", dicen los vizcaitarras). De ahí que sea decisivo el forcejeo para ver si los presos vascos deben volver a casa. Esa casa es un término con varias significaciones, tanto en vascuence como en castellano o en catalán.

El cuento anterior (ahora se dice "relato") se puede aplicar del mismo modo a los presos catalanes que intentaron hace poco una sublevación, alzamiento, sedición o como se llame. Resulta que los independentistas catalanes, con asiento en las Cortes Españolas, también han hecho el favor de aupar a Sánchez hasta la Moncloa. Así que, de nuevo, para cumplir con las normas de la cortesía, hay que devolver el regalo. Nada más equitativo que tratar de que los presos catalanistas regresen a casa. Primero, a unas cárceles donde no tengan que mezclarse con individuos indeseables. Enseguida, la amnistía y el homenaje. ¿Será por dinero?

Ahora se ha descubierto un nuevo derecho de los delincuentes: deben estar presos cerca de sus familiares. Es una maravilla de compasión. La consecuencia lógica es que, para ser justos, en la siguiente fase salgan a la calle. Pasó a la historia la pena de destierro, tan típica de los antiguos romanos. Todo eso de la cercanía de los presos a las familias está muy bien, aunque no se aplica a los delincuentes extranjeros. La prueba es que bien lejos se encuentran de sus tierras de origen cuando se ven encarcelados en España. Pero los vascos y los catalanes son de "los nuestros", al menos para esta ocasión. Después de todo, nos unen la liga de fútbol, la Renfe y los episodios meteorológicos. Es lo que va quedando de la vieja nación española.

Todo esto sucede porque al Gobierno de Sánchez lo que le interesa de forma primordial es perdurar. De momento, su acción prioritaria es devolver favores, ir colocando de forma sistemática a sus hoplitas en donde circule el dinero público. Eso es el poder; todo lo demás son macanas. Cuando toda esta ingeniería se haya desplegado, podrán convocar elecciones, naturalmente para ganarlas con toda limpieza democrática. Otra cosa es que para entonces quizá ya no se pueda seguir hablando de España, ni siquiera de un Estado más o menos federal. Pero todo eso solo son menudencias.

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