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La superchería meteorológica

Tanto profesionales de la meteorología como los de la sociología creen prestigiarse cuando alarman a la población.

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Ha ocurrido varias veces, pero esta merece ser registrada en los anales. La Agencia Estatal de Meteorología anunció, con una semana de anticipación, que el domingo 28 de octubre (San Judas) iba a caer sobre toda la Península una impresionante borrasca, una galerna inusitada. Era la consecuencia de una desoladora ola de "frío polar". Concretamente, en la zona de la Sierra madrileña, donde vivo, la nieve caería a partir de los 600 metros de altitud (sobre el nivel del mar en Alicante, habría que precisar). Mi casa supera la cota de los mil metros, por lo que había que estar precavidos. Pero amaneció el día de San Judas con un sol radiante, más propio de un plácido otoño. Así se mantuvo toda la jornada. Ese mismo día el parte meteorológico de TVE precisó que al día siguiente en la zona madrileña donde vivo la cota de nieve se situaría en los 800 metros. Tampoco fue así. Nevó solo en las cumbres, supongo que por encima de los dos mil metros.

Repito que no es la primera vez que la dichosa agencia realiza un anuncio apocalíptico, con toda suerte de aparataje científico, que luego no se cumple. La perfidia resulta más irritante porque luego la autoridad meteorológica nunca pide disculpas por el error. No resultaría difícil reconocer que los meteoros suelen ser un tanto caprichosos. Añado que los sociólogos también cometemos abundantes pifias cuando anticipamos los resultados electorales a través de las encuestas, que no se cumplen o solo en parte. Pero al menos en mi gremio se procura explicar las razones de los desvíos, si bien no siempre son convincentes. La diferencia está en que en el negocio de los sondeos sociológicos funciona un mínimo de pluralismo: hay empresas privadas y organismos públicos. En cambio, la información meteorológica sigue siendo un monopolio del Estado. No se entiende que, en la época de profusión de satélites artificiales, los datos sobre los meteoros sigan siendo una especie de secreto militar como en la época del desembarco de Normandía. Si funcionaran varias empresas meteorológicas, el medio que difundiera los análisis podría elegir una u otra. La competencia asegura siempre la calidad.

Quizá funcione el respeto taumatúrgico que nos inspiran los meteoros, etimológicamente los fenómenos que están en lo alto del aire, en el cielo. Los griegos tenían ya la idea de "estar en las nubes" como andar despistado por la vida. El verbo helénico meteorocopeo indica ese estado. La voz meteorología se incorpora a las lenguas occidentales a finales del siglo XIX, bastantes años después que la de sociología. Ambas ciencias, al tratar de predecir, se mueven por aproximaciones, todavía más groseras las sociológicas. Los profesionales de ambas disciplinas creen prestigiarse cuando alarman a la población. La razón de esa extraña conducta es que así se curan en salud cuando llega la desgracia. "Ya lo habíamos avisado", vienen a decir. Lo que tienen menos estudiado es qué argumentar cuando los vaticinios no se cumplen.

Una última identidad entre la sociología y la meteorología como disciplinas. Los respectivos objetos de estudio, la sociedad y la atmósfera, son realidades que siempre se están moviendo. Bien es verdad que también la física actual nos asegura que propiamente no hay cuerpos sólidos; en su íntima estructura son partículas diminutas que se trasladan de una manera incesante. Pero esos movimientos no los apreciamos con nuestros sentidos (menos mal). Sin embargo, las alteraciones en la atmósfera o en la sociedad, continuas como son, las observamos a simple vista. Prometo dedicar un espacio a los errores de las encuestas, de los que he aprendido mucho.

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