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Amando de Miguel

Las malditas contraseñas

Da la impresión de que todo este manglar de las contraseñas es un pretexto para que las organizaciones todas nos tengan supervisados, controlados, aherrojados.

Amando de Miguel
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El misterioso proceso de digitalización avanza impertérrito. Para el profano consiste en que los trámites, negocios y diligencias que antes se despachaban con una persona física ahora se realizan cómodamente desde el ordenador, el teléfono o la tableta. Se supone que todos se han provisto de tales archiperres. Lo cual supone un enorme ahorro de tiempo, aunque también implique el aumento del ejército de parados, que antes trabajaban como empleados de las grandes organizaciones.

Pero existe un inconveniente mayor y poco perceptible. Resulta que una gran proporción de españoles (ahora se dice "ciudadanos") no alcanzan a manejar con soltura la cacharrería informática para las operaciones onlain.

Surge una nueva complicación, que va a más. Para manejar con eficacia los dispositivos telemáticos hay que proveerse de la adecuada contraseña. Cada vez son más necesarias estas misteriosas claves de caprichosos dígitos y letras o de palabras sin sentido. Son imprescindibles para adentrarnos en las anfractuosidades de la red informática. Para hacerse con ellas hay que rellenar caprichosos formularios, todo a través de la red.

Hasta hace poco la personalidad de uno quedaba autentificada con el número del Documento Nacional de Identidad, pero ahora eso ya no sirve; entre otras razones porque la tarjeta del DNI se la fotografían a uno en los hoteles y oficinas de todo tipo. Además del DNI hay que guardar diferentes combinaciones de santo y seña para acceder a los sistemas de los bancos, los hospitales y demás organizaciones públicas y privadas con las que nos tenemos que relacionar para subsistir. Tanto es así que va siendo necesario disponer de una libretica conde se apuntan las caprichosas consignas. No está claro qué procede hacer cuando se extravíe la dichosa libretica. ¿Y si nos la roban?

A pesar de que las probabilidades son bajas, no está claro cómo se resuelve la cuestión de que dos personas hayan decidido la misma contraseña. Más frecuente es el problema de que el sujeto olvide la clave que se le había pedido o confunda una con otra.

Por si fuera poco, los cacharros para comunicarse onlain exigen una arbitraria y continua actualización de sus entrañas, a lo que se añade la firma electrónica. Ya irán inventando más complicaciones. La cosa es dificultarnos la vida, hacernos conscientes de nuestra pequeñez ante la magnificencia de las organizaciones. Para hablar con el funcionario se nos exige muchas veces una cita previa (valga la redundancia), que hay que tramitar informáticamente.

El asunto viene de lejos y empezó en los países más adelantados que el nuestro. Recuerdo que durante mi primera estadía en los Estados Unidos, hace más de medio siglo, me dieron un llamado número de la Seguridad Social que era imprescindible para cobrar mi beca de estudiante. Cuando varios lustros después volví otra vez a los Estados Unidos como profesor, la universidad me exigió mi número de la Seguridad Social. Naturalmente, se me había olvidado. Se me ocurrió pedir uno nuevo, pero fue imposible y se armó la tremolina. Resultaba que el famoso número de la Seguridad Social era el mismo para toda la vida. Costó Dios y ayuda (in God we trust) encontrarlo.

Da la impresión de que todo este manglar de las contraseñas numéricas o alfanuméricas es un pretexto para que las organizaciones todas nos tengan supervisados, controlados, aherrojados. Hay cámaras de vídeo en algunas tiendas y oficinas de toda índole. El otro día me invitó un colega a su casa. Vive en una urbanización muy segura en un barrio elegante de Madrid. En la entrada hay guardas que permanecen por turnos las 24 horas del día. El coche que atraviesa la barrera de entrada es fotografiado para anotar su matrícula (otra contraseña). Hay cámaras de vídeo a lo largo de todas las calles. Por si fuera poco, el vecino de mi colega ha instalado en su parcela unos altos postes, cada uno con un racimo de cámaras orientadas a los cuatro puntos cardinales. Todo en nombre de la seguridad, como si todo el territorio fuera el Museo del Prado o el complejo de la Moncloa.

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