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Amando de Miguel

Nombres de pila

No solo no estoy contra el vascuence, sino que entiendo que debe ser cultivado, sobre todo para producir ciencia, pensamiento y literatura. Lo que ocurre es que si, hablando en castellano, al vascuence lo denominamos euskera, lo empequeñecemos.

Amando de Miguel
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Belén Roger (Oviedo) da cuenta de algunos pormenores onomásticos de su familia:

Algunos nombres de la familia de mi marido en León: Ovén (¿Obén?) que era su abuelo y así se llama nuestro hijo; Protogenes, Eufrasia y Exuperancia, tíos. Baltasara (Doña Sara), la maestra de su padre. A el lo iban a bautizar como Landó Aldo; le pusieron Enrique Martín. Yo tuve una compañera de instituto que se llamaba Santa Silvina. Respecto a apellidos he conocido gente de la talla XXL de apellido Tocino y Manteca. Una amiga muy pacifica se apellida Guerra.

A mí lo que me fascina es que una mujer pueda llamarse Belén.

Jorge García-Soto Retuerta comenta que el extraño nombre de Airjordan proviene de un famoso jugador de baloncesto de la NBA, Michael (Air) Jordan. El apodo de derivó de su gran capacidad para saltar.

Luis Jesús Hernández Amo relata que, en el pueblo de su madre, "hay una familia de apellido Miguel que gasta nombres como: Wigberto, Eleufrido, Dorimedontes, Hermógenes o Posidio".

Germán Pedraz Calvo se maravilla de que existan nombres de mujer que en realidad son adjetivos. Es el caso de los que se llaman Blanca, Dulce o Inmaculada. La razón es que está implícito el primer nombre de María. Añado que más curioso es que algunos de esos nombres de mujer sean masculinos como Rocío, Camino o Pilar, entre otros muchos. En España un varón puede llamarse Jesús María y una mujer María Jesús, lo que puede chocar a algunos extranjeros.

Carlos Freile Salgado (Ecuador) me dice que no es seria la teoría de que en España haya apellidos netamente judíos. Debo entender que con la excepción de algunos inmigrados recientes.

Por lo demás es muy posible que las familias españolas, sobre todo las de clase media para arriba, tengan algún antepasado judío, como es el caso de los Cepeda y Ahumada de Santa Teresa, con larga descendencia en Ecuador (yo desciendo de un primo hermano de la santa).

María Troconis González (Venezuela) narra el espíritu creativo de los venezolanos para poner nombres a sus hijos:

Conocí dos hermanas que se llamaban Yuribí y Yubirí. Y una niña del colegio que se llama Ilgora, que juega con las letras del nombre de su madre Gloria. Pero la tradición más aquilatada corresponde a la ciudad de Maracaibo. Mi padre contaba de un Amorfiel Martínez y de un Cinematógrafo Pérez, al que llamaban cariñosamente Don Cinecito.

En mi casa nos llamamos María, Francisco, Inés, Santiago, Jorge, así hasta once, todos muy castizos. Cuando iba a nacer el niño número 10, la chica le preguntó a mi madre que cómo lo iba a poner. "Andrés", contestó. Y la chica, de lo más quejosa le espetó: ¡Ay, Misia Belén! ¡Con tanto nombre bonito y usté le pone a los niñitos unos nombres tan simples!"

Varias veces hemos comentado aquí la obsesión que existe ahora en el País Vasco por vasquizar los topónimos, los nombres de pila o los apellidos. Es algo perfectamente criticable, como lo es la querencia de algunos países iberoamericanos por importar nombres atrabiliarios de los Estados Unidos. En ningún caso esos comentarios significan un desprecio a los pueblos respectivos o a las personas que así se comportan. Sin embargo, Íñigo Martínez-Labegeria arremete iracundo contra mí porque algunos libertarios han deslizado esa crítica respecto de los vascos. No hay razón para esa espantada de don Íñigo. Cierto es que el vascuence es el idioma privativo del País Vasco y zonas limítrofes, pero la mayor parte de los vascos cultos han hablado toda su vida en castellano. Así pues, creo que no procede la invectiva que me dirige don Íñigo, quien me llama "mi pobre amigo" y se despide así: "Sigue descalificándose con sus, permítame que se lo espete, baratas consideraciones antivascas (porque verá, "estar" contra el euskara –y es obvio que lo está–, vascuence o vasco, lo crea o no, es indiscutiblemente ser antivasco)."

Una vez más reitero que no puedo ser antivasco porque lo vasco es parte de mi biografía personal y de mi tradición cultural. No solo no estoy contra el vascuence, sino que entiendo que debe ser cultivado, sobre todo para producir ciencia, pensamiento y literatura. Lo que ocurre es que si, hablando en castellano, al vascuence lo denominamos euskera, lo empequeñecemos. Claro que la opinión contraria no implica ser antiespañol.

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