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Un futuro para las minorías

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No me refiero a la minoría estética, exquisita y privilegiada. Esa es la de la exclamación de Juan Ramón Jiménez: "¡A la minoría siempre!", un punto aristocrática, por mucho que nuestro poeta muriera en el exilio republicano. Hablo de "las minorías" en plural por ser las desasistidas, las que carecen de voz y voto.

El eslogan del PSOE en las pasadas elecciones fue asaz desgraciado: "Un futuro para la mayoría". Las banderolas se sentían avergonzadas de repetir tal sandez. No, la mayoría se defiende bastante bien. Son las minorías las que necesitan de la acción del Gobierno. Esa es la verdadera señal de la democracia y el progreso. Un eslogan tan lamentable como el que digo corre parejo al descalabro electoral del PSOE. Cuando esto se escribe todavía no ha dimitido su líder.

Hay minorías que tienen más suerte: todos las miman. Así, los niños ("los más pequeños"), los jóvenes y en algún caso los mayores. Pero el criterio de la edad no es el que provoca más discriminación; tampoco el sexo. Hay otros varios que determinan conjuntos minoritarios y que se sienten arrinconados por las dádivas del Estado de Bienestar. Por ejemplo, negros africanos ("subsaharianos"), enfermos crónicos, estudiantes que no estudian, hogares forzadamente morosos por la crisis, analfabetos, discapacitados. Hay muchos más. Habrá hogares que pertenezcan a más de uno de los conjuntos minoritarios necesitados. No es cuestión de dejar que se las apañen con las acciones caritativas o las individuales. El grueso de las subvenciones públicas deberían ir a esas minorías y no a grupos privilegiados, como los partidos políticos, los sindicatos o ciertas empresas.

Una democracia sana es la que procura atender a las minorías que digo. Tan marginales son a veces que los partidos no suelen prestarles atención. El problema de esas minorías es que son relativamente invisibles, no saben constituirse en grupos de presión exitosos, como pueden ser los ecologistas, los feministas o los de sexualidad desviada.

Los partidos políticos tienden a dejar sin ayuda a ciertas minorías por una razón lógica: su interés se centra en la mayoría, de la que obtienen los votos. De ahí que se necesite la corrección que digo.

Otra consecuencia de mi tesis es que los partidos gobernantes deberían dedicar una mayor atención a los partidos pequeños, incluso los que no obtienen suficientes votos para sentarse en el Congreso. Detrás de ellos suelen ocultarse minorías dignas de protección.

El juego antedicho impone que la política del gasto público tenga que ser necesariamente austera. Alguna vez habrá que superar el sentido desdeñoso que se da a la voz austeridad, y no digamos esa tontería mayúscula de austericidio.

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