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Indultos y síndrome de Catalunya

Lo peor de la independencia ya lo estamos sufriendo ahora mismo.

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Supongamos que la concesión de indultos sea una razón de Estado para dirimir una cuestión práctica que acabe de una vez con el empecinamiento del independentismo. Y supongamos que debiésemos escoger entre dos dilemas incompatibles: cumplimiento de la ley a rajatabla o política de apaciguamiento.

En realidad es el escenario en que estamos desde la Transición. De hecho, sólo se ha utilizado la política de apaciguamiento. Incluso en momentos donde se debería haber actuado con determinación: en la Loapa, donde el TC impidió la armonización autonómica (1983); el caso Banca Catalana (1984), donde el Gobierno de Felipe González claudicó ante el chantaje de Pujol; en los referéndums del 9-N de 2014 y el 1-O de 2017, consentidos por el PP de Rajoy, y, sobre todo, las leyes de desconexión del 6 y 7 de septiembre de 2017 en el Parlament, con la traca final de la proclamación y aborto en 8 segundos de la república catalana, el 27-O de 2017. Ni siquiera en el juicio que encausó a los principales instigadores se les condenó por rebelión, sino por una fantasmal "ensoñación" sediciosa. En todos los casos, incluida la consideración de la condena, se actuó con prudencia enfermiza para no ofender y, sobre todo, demostrar un garantismo legal que lo único que demostraba era la debilidad del Estado de Derecho ante una atmósfera nacionalista muy consentida. Jamás se ha reparado, como no se reparó en su caso con las víctimas de ETA, en los ciudadanos catalanes no nacionalistas que los sufren a diario. Mimados unos, ignorados otros.

¿Resultados prácticos? En 1984 Jordi Pujol pudo haber sido condenado por corrupción, por el contrario, acabó llevando a cabo el Programa 2000 para nacionalizar a la Cataluña que nos ha traído hasta aquí. Dueños de la realidad, ya no guardan ni las apariencias ante los indultos: "Lo volveremos a hacer".

Nunca se ha utilizado el cumplimiento estricto y sin complejos de la Ley. Perdón, sí, una sola vez: la aplicación del 155, pero con voluntad apaciguadora, sin tomar el control de los Mozos de Escuadra, intervenir TV3 o durante el tiempo necesario para restaurar el Estado de Derecho en Cataluña.

¿Resultados prácticos? A la vista están. Nunca habían pasado del 50 %. Ya lo han hecho. ¿Se ha logrado algo con la política de apaciguamiento? Sí, hacerlos más fuertes e insolentes.

Más allá de ese Fernando VII que tenemos de okupa en la Moncloa, me sorprenden ciertos personajes públicos en Cataluña que, habiendo abandonado las madrigueras del nacionalismo al tomar conciencia de su sectarismo, vuelven a las andadas justificando los indultos. Tres ejemplos: Joaquim Coll, llegado del entorno más nacionalista del PSC y defensor de la inmersión a ultranza, llegó a vicepresidente de SCC, combatió el independentismo y no ha mucho se atrevió con la inmersión; Paco Moreno, decepcionado de la deriva del PSC, es un gran emprendedor en el mundo de la cultura, fue fundador de Crónica Global y dirige El Liberal, y Josep Ramon Bosch, proveniente del PPC, fundador de SCC, presidente de la Fundación Joan Boscà, recaudador de posibles y repartidor a voluntad, que ha vuelto al catalanismo con la Lliga Democràtica. Los tres argumentan la necesidad de cerrar con el indulto la etapa independentista.

¡Qué inmenso error! El problema no está en la independencia de mañana, sino en esta sociedad estamental de hoy, que domina y excluye a cuantos no pertenecen a la tribu. La de ahora mismo, la que domina todas las instituciones desde hace 40 años como si Cataluña fuera suya. Consolidar este monopolio supremacista de hoy por evitar la amenaza secesionista de mañana es consolidar la exclusión lingüística, su odio a España y el desprecio a cuantos nos identificamos con ella. Lo peor de la independencia ya lo estamos sufriendo ahora mismo. Quizás no de la misma manera que ellos.

PD. ¿Por qué personas sensatas afirman ahora lo que ya habían desechado como error ayer? Quizás porque ellos han mamado esa atmósfera catalanista tan suya que se pega en el alma e impide ponerse en el lugar de quienes nunca pertenecieron a ella. El Complejo de Cataluña, una culpa difusa e inconsciente que nunca acaba de saldarse con el país oprimido.

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