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¡Uy, lo que ha dicho!

Hay palabras que en la España actual no se debaten, se castigan. "Prioridad nacional" es el último anatema de moda. No se analiza, matiza o contrasta.

Hay palabras que en la España actual no se debaten, se castigan. "Prioridad nacional" es el último anatema de moda. No se analiza, matiza o contrasta.
El presidente portavoz del Grupo Parlamentario Vox, Óscar Fernández Calle, en el pleno de investidura de María Guardiola. | Europa Press

Esa leve línea electrificada, esa alambrada de espinos que se ha instalado en la vida política juzgándolo todo con el pulgar redentor de Torquemada. ¿Se podría hacer hoy La vida de Brian…?

La política ya no es un territorio de confrontación de ideas, se ha convertido en una guerra de anatemas. Da la sensación de que tras la Segunda Guerra Mundial, la derrota del nazismo y la creación de los Derechos Humanos, los límites del pensamiento político estén delimitados por los estigmas derrotados. Sobre todo el fascismo, y en determinados ámbitos, el comunismo, pero menos. Y como salsa de todas las alambradas, el racismo y el feminismo. En todas sus versiones. ¡Pobre del que sea señalado por alguno de esos anatemas!

Hay palabras que en la España actual no se debaten, se castigan. "Prioridad nacional" es el último anatema de moda. No se analiza, no se matiza, no se contrasta. Se condena. Y con ella, a quien ose razonarla o simplemente pronunciarla.

Lo llamativo no es el eslogan, sino la reacción. Porque "prioridad nacional" no es una aberración ideológica: es, en su formulación más básica, el principio operativo de cualquier Estado. Un Estado existe para garantizar la vida, los derechos y la prosperidad de sus ciudadanos. Sin esa prioridad funcional, el Estado deja de ser sujeto político y se convierte en una entelequia retórica.

Pero en España, afirmar lo evidente tiene coste moral. El Gobierno y su ecosistema ideológico han construido un marco en el que determinadas ideas no pueden ser discutidas sin pagar peaje reputacional. No se responde al argumento: se desacredita al interlocutor. No se rebate: se señala.

Es una estrategia consciente. Convertir una cuestión política en un tabú moral permite evitar el debate real. Y el debate real es incómodo: ¿cómo se gestionan recursos limitados en un contexto de presión migratoria creciente? ¿Cómo se sostienen servicios públicos tensionados sin introducir criterios de prioridad? ¿Cómo se evita que la percepción de agravio entre ciudadanos erosione la cohesión social? A estas preguntas no se responde con etiquetas. Pero las etiquetas son más útiles electoralmente que las respuestas.

Así, quien habla de prioridad nacional es expulsado al territorio del sospechoso: insolidario, reaccionario, cuando no directamente xenófobo. Y siempre con el comodín infalible: fascista. Con ese gesto, el Gobierno y la megafonía sincronizada que le acompaña no sólo evitan el debate: lo clausuran. Blindan su posición bajo una superioridad moral autoproclamada que les dispensa de argumentar.

La paradoja es flagrante. Quienes apelan a los derechos universales lo hacen desde un Estado concreto que sólo puede garantizar esos derechos si prioriza, organiza y limita. No hay derechos sin estructura. No hay estructura sin frontera. Y no hay política sin decisiones responsables. Negar esto no es humanismo: es irresponsabilidad. Y muy infantil.

Porque los problemas no desaparecen al ser silenciados. Se enquistan. Y cuando lo hacen, reaparecen con mayor crudeza, alimentando precisamente aquello que se decía combatir. La historia reciente europea está llena de ejemplos.

"Prioridad nacional" no es la solución si la intención última no es la regulación ordenada, sino la exclusión del distinto. Pero tampoco es el problema. El problema es una política que ha renunciado a pensar en términos de realidad y se ha refugiado en la comodidad del anatema.

En una democracia adulta, las ideas se combaten con argumentos, no con inquisiciones. Se analizan sus riesgos, se delimitan sus excesos, se integran - o se rechazan - tras el contraste racional. Aquí no. Aquí se prefiere el pulgar abajo, la descalificación preventiva, la hoguera simbólica.

Clausewitz advirtió que la guerra es la continuación de la política por otros medios. En la España de hoy, el riesgo es más inquietante: que la política haya empezado ya a comportarse como una guerra… sin necesidad siquiera de cambiar de medios.

Si decir "prioridad nacional" te convierte en sospechoso, el problema no es la palabra: es el miedo a debatirla. Porque una democracia que no tolera preguntas incómodas acaba generando respuestas peligrosas. La deriva es conocida: primero se prohíben las palabras. Después, las ideas. Y al final, las personas.

PD: Las declaraciones de Rufián tachando de racistas a PP y Vox por lo de "prioridad nacional" son las más enternecedoras: ¿Cómo es posible que este zascandil hilvanado con citas de TikTok tenga crédito en la capital? ¿Qué termómetro intelectual utilizan periodistas y políticos del resto de España para no haber descifrado aún el enigma de su apellido? –Una muestra del anatema cuestionado en el artículo. Sorry– Pero es que quienes contemplamos el espectáculo desde Cataluña, nos asombra que un personaje de Arniches les esté tomando el pelo a la prensa de la capital en pleno, y pase en el Congreso como el mejor orador. Rasquen, rasquen… y verán. Para mondarse.

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