
Javier Bardem ha soltado en el Festival de Cine de Cannes: "Vengo de un país muy machista que se llama España, donde hay una media de dos mujeres asesinadas al mes por sus maridos o exnovios". Sólo le faltó decir: "Pero yo no soy español".
Qué cansinos resultan estos seres superiores que van suspirando emociones sublimes ante cualquier cámara que se les ponga a tiro. Se erigen en modelos morales de la humanidad con la conciencia impoluta a costa de ensuciar la de todos los demás. En psicología moral –y en la vida corriente– a eso se le podría llamar acoso moral con alfombra roja.
Lástima que su argumento es para párvulos emocionales: siguiendo su lógica, si en España mueren 376 ciudadanos al año –incluyendo las 24 mujeres que denuncia–, entonces en España mueren asesinados 31 ciudadanos españoles al mes. De lo que habríamos de deducir que España es un país de asesinos o al menos de violentos. Su generalización es obscena y ridícula. Pero encima, demuestra una ignorancia sobre el particular que delata su impostura: no son dos mujeres asesinadas al mes por sus parejas o exparejas, sino aproximadamente cuatro. En los últimos cinco años, España ha registrado 254 víctimas mortales de violencia de género: 49 en 2021, 50 en 2022, 58 en 2023, 49 en 2024 y 48 en 2025. La tragedia es real, los muertos también. Lo tramposo no es denunciarla; lo tramposo es convertirla en una acusación moral contra todo un país.
Y ya de paso, relacionó el comentario con los genitales de Trump, Putin y Netanyahu: "Estos tipos que dicen: mi polla es más grande que la tuya y te voy a bombardear".
Lástima que este ser superior, siempre adornado con el pañuelito palestino al cuello y plataformas internacionales privilegiadas a su disposición para explayarse contra el mal en el mundo no saliera aquel fatídico 7 de octubre de 2023 a condenar la masacre perpetrada por Hamás desde la Franja de Gaza palestina contra el festival de música Nova en Israel y otros puestos fronterizos y militares donde murieron 1.195 personas y se llevaron secuestradas 251 más al mismísimo infierno de los túneles de Gaza. Lástima que, en su catálogo viril de monstruos con misil, no haya encontrado hueco para las pollas teocráticas de los ayatolás iraníes, tan eficaces a la hora de encarcelar, ahorcar, torturar y aplastar a mujeres por no someterse al despotismo religioso. Por lo visto, el islamismo chií debe de ser el feminismo de última generación. Ni palabra ayer. Ni palabra hoy.
Anna Grau nos recordaba en "Injusticia ciega", el horror de aquel 7 de octubre tras leer los informes de la Comisión Civil sobre la masacre. Pero hay horrores que ciertos moralistas administran con cuentagotas. Unos les sirven para indignarse; otros les estropean el decorado.
Es descorazonador que, asistiéndole razones sobradas para exigir comportamientos más humanos y democráticos a machirulos con misiles, sea tan selectivo. Un criterio moral, o es universal, o no es.
Su comportamiento es muy general en el mundo del cine español. Por razones que exceden estas líneas, la ideología liberal y la nación española siempre son sospechosas en ese mundo. Y zaherirlas su deporte favorito. Me ha venido a la memoria a propósito de esta impostura de hoy, la del actor Pepe Rubianes de hace 20 años cuando se explayó a gusto contra España en TV3: "Y que se metan a España ya en el puto culo a ver si les explota dentro y les quedan los huevos colgando de los campanarios. Vayan a cagar… con la puta España…"
España es un país con defectos, con crímenes, con injusticias, con miserias y con víctimas. Como todos. Pero no es ese estercolero moral que algunos españoles con micrófono necesitan pintar para sentirse limpios. Su superioridad moral consiste muchas veces en eso: en manchar al país propio para blanquearse a sí mismos.
Bardem no denunció sólo una violencia. Denunció un país. Y ahí dejó de hablar en nombre de las víctimas para empezar a hablar en nombre de su personaje favorito: él mismo.
